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‘La mansedumbre conquista los corazones’

‘La mansedumbre conquista los corazones’

El Santo Padre continuó este miércoles, durante la Audiencia general, sus catequesis sobre las Bienaventuranzas, reflexionando sobre la tercera: “Bienaventurados los mansos porque ellos heredarán la tierra”

Queridos hermanos:

En la catequesis de hoy afrontamos la tercera de las ocho bienaventuranzas del Evangelio de Mateo: «Bienaventurados los manos porque heredarán la tierra» (Mt 5,5). El término “manso” aquí utilizado quiere decir literalmente dulce, amable, gentil, sin violencia. La mansedumbre se manifiesta en los momentos de conflicto, se ve por cómo se reacciona a una situación hostil. Cualquiera podría parecer manso cuando todo está tranquilo, pero ¿cómo reacciona “bajo presión”, si es atacado, ofendido, agredido?

En un pasaje, San Pablo recuerda «la dulzura y la mansedumbre de Cristo» (2Cor 10,1). Y San Pedro a su vez recuerda la actitud de Jesús en la Pasión: no respondía ni amenazaba, porque «se fiaba de aquel que juzga con justicia» (1Pt 2,23). Y la mansedumbre de Jesús se ve fuertemente en su Pasión.

En la Escritura la palabra “manso” indica también al que no tiene tierras en propiedad; y por eso nos llama la atención que la tercera bienaventuranza diga precisamente que los mansos “heredarán la tierra”. En realidad, esta bienaventuranza cita el Salmo 37, que hemos escuchado al inicio de la catequesis. También allí se relacionan la mansedumbre y la posesión de la tierra. Estas dos cosas, pensándolo bien, parecen incompatibles. Pues la posesión de la tierra es el ámbito típico del conflicto: se combate a menudo por un territorio, para tener la hegemonía de una cierta zona. En las guerras el más fuerte prevalece y conquista otras tierras.

Pero miremos bien el verbo usado para indicar la posesión de los mansos: no conquistan la tierra; no dice “bienaventurados los mansos porque conquistarán la tierra”. La “heredan”. Bienaventurados los mansos porque “heredarán” la tierra. En las Escrituras el verbo “heredar” tiene un sentido aún más grande. El Pueblo de Dios llama “heredad” precisamente a la tierra de Israel que es la Tierra de la Promesa. Esa tierra es una promesa y un don para el pueblo de Dios, y se convierte en signo de algo mucho más grande que un simple territorio. Hay una “tierra” −permitidme el juego de palabras− que es el Cielo, o sea la tierra hacia la que caminamos: los nuevos cielos y la nueva tierra hacia donde vamos (cfr. Is 65,17; 66,22; 2Pt 3,13; Ap 21,1).

Entonces el manso es el que “hereda” el más sublime de los territorios. No es un cobarde, un débil que vive una moral cómoda para quedarse fuera de los problemas. En absoluto. Es una persona que ha recibido una heredad y no la quiere perder. El manso no es un acomodaticio sino el discípulo de Cristo que ha aprendido a defender bien la tierra. Defiende su paz, defiende su trato con Dios, defiende sus dones, los dones de Dios, conservando la misericordia, la fraternidad, la confianza, la esperanza. Porque las personas mansas son personas misericordiosas, fraternas, confiadas y personas con esperanza.

Aquí debemos señalar el pecado de la ira, un movimiento violento que todos conocemos. ¿Quién no se ha enfadado alguna vez? Todos. Debemos darle la vuelta a la bienaventuranza y hacernos una pregunta: ¿cuántas cosas hemos destruido con la ira? ¿Cuántas cosas hemos perdido? Un momento de cólera puede destruir tantas cosas; se pierde el control y no se valora lo que de verdad es importante, y se puede arruinar el trato con un hermano, quizá sin remedio. Por la ira, muchos hermanos ya no se hablan, se alejan el uno del otro. Es lo contrario de la mansedumbre. La mansedumbre reúne, la ira separa.

La mansedumbre es conquista de tantas cosas. La mansedumbre es capaz de vencer el corazón, salvar las amistades y mucho más, porque las personas se enfadan pero luego se calman, se lo piensan y regresan sobre sus pasos, y así se puede reconstruir con la mansedumbre.

La “tierra” a conquistar con la mansedumbre es la salvación de aquel hermano del que habla el mismo Evangelio de Mateo: «Si te escucha, habrás ganado a tu hermano» (Mt 18,15). No hay tierra más hermosa que el corazón ajeno, no hay territorio más bello que ganar que recuperar la paz con un hermano. ¡Y esa es la tierra que se hereda con la mansedumbre!

ALMUDI, 19-02-2020

Foto: Lucía Ballester (ACI Prensa)

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