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El dolor interior nos abre a una relación nueva con el Señor y con el prójimo

El dolor interior nos abre a una relación nueva con el Señor y con el prójimo

En su catequesis durante la Audiencia general del miércoles, el Papa ha hablado de la segunda Bienaventuranza, “Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados”

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos emprendido el viaje de las Bienaventuranzas y hoy nos detenemos en la segunda: Bienaventurados los que lloran porque serán consolados. En la lengua griega en que está escrito el Evangelio, esta bienaventuranza se expresa con un verbo que no está en pasiva −pues los bienaventurados no padecen ese llanto− sino en activa: “se afligen”; lloran, pero por dentro. Se trata de una actitud que se ha vuelto central en la espiritualidad cristiana y que los padres del desierto, los primeros monjes de la historia, llamaban “penthos”, es decir un dolor interior que abre a una relación con el Señor y con el prójimo; a una renovada relación con el Señor y con el prójimo.

Este llanto, en las Escrituras, puede tener dos aspectos: el primero es por la muerte o el sufrimiento de alguien. El otro aspecto son las lágrimas por el pecado −el propio pecado−, cuando el corazón sangra por el dolor de haber ofendido a Dios y al prójimo. Se trata, pues, de querer al otro de manera tal que nos vinculemos a él o a ella hasta compartir su dolor. Hay personas que permanecen distantes, un paso atrás; en cambio es importante que los demás hagan mella en nuestro corazón.

He hablado a menudo del don de lágrimas, y de lo precioso que es[1]. ¿Se puede amar de manera fría? ¿Se puede amar de oficio, por deber? Ciertamente no. Hay aflicciones que consolar, pero a veces también hay consolados que afligir, despertar, que tienen un corazón de piedra y se han olvidado de llorar. También hay que despertar a la gente que no sabe conmoverse del dolor ajeno. El luto, por ejemplo, es una senda amarga, pero puede ser útil para abrir los ojos a la vida y al valor sagrado e insustituible de toda persona, y en ese momento uno se da cuenta de lo breve que es el tiempo.

Hay un segundo significado de esta paradójica bienaventuranza: llorar por el pecado. Aquí hay que distinguir: hay quien se enoja por equivocarse. Pero eso es orgullo. En cambio, hay quien llora por el mal cometido, por el bien omitido, por la traición en el trato con Dios. Este es el llanto por no haber amado, que surge de la preocupación por la vida ajena. Aquí se llora porque no se corresponde al Señor que nos quiere tanto, y nos entristece el pensamiento del bien no hecho; este es el sentido del pecado. Esos dicen: “He herido al que amo”, y les duele hasta las lágrimas. ¡Bendito sea Dios si llegan esas lágrimas!

Este es el tema de los propios errores que hay que afrontar, difícil pero vital. Pensemos en el llanto de san Pedro, que le llevará a un amor nuevo y mucho más auténtico: es un llanto que purifica, que renueva. Pedro miró a Jesús y lloró: su corazón se renovó. A diferencia de Judas, que no aceptó haberse equivocado y, pobrecillo, se suicidó. Entender el pecado es un don de Dios, es una obra del Espíritu Santo. Nosotros solos no podemos comprender el pecado. Es una gracia que debemos pedir. Señor, que yo entienda el mal que he hecho o que puedo hacer. Esto es un don muy grande y después de haber entendido esto, viene el llanto del arrepentimiento.

Uno de los primeros monjes, Efrén el Sirio, dice que un rostro lavado por las lágrimas es indeciblemente hermoso (cfr. Discurso ascético). ¡La belleza del arrepentimiento, la belleza del llanto, la belleza de la contrición! Como siempre la vida cristiana tiene en la misericordia su mejor expresión. Sabio y bienaventurado es el que acoge el dolor ligado al amor, porque recibirá el consuelo del Espíritu Santo que es la ternura de Dios que perdona y corrige. Dios siempre perdona: no nos olvidemos de esto. Dios siempre perdona, incluso los pecados más feos, siempre. El problema está en nosotros, que nos cansamos de pedir perdón, nos encerramos en nosotros mismos y no pedimos perdón. Este es el problema; pero Él está ahí para perdonar.

Si tenemos siempre presente que Dios «no nos trata según nuestros pecados. ni nos paga según nuestras culpas» (Sal 103,10), vivimos en la misericordia y en la compasión, y aparece en nosotros el amor. Que el Señor nos conceda amar en abundancia, amar con la sonrisa, con la cercanía, con el servicio y también con el llanto.

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Humor

Le preguntaron a la ingeniosa escritora francesa Madame de Staël (1766-1817):

—¿Por qué las mujeres bonitas tienen más éxito entre los hombres que las inteligentes?

—Muy sencillo —respondió la escritora—, hay pocos hombres ciegos, pero los tontos abundan.

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Cuando le criticaban al dramaturgo Pedro Muñoz Seca (1881-1936) que malgastara su evidente talento en obras fáciles dirigidas al gran público, él se defendía diciendo:

—Prefiero pasar hoy en automóvil por donde está la estatua de Cervantes a que mis hijos pasen a pie por donde mañana pudiera estar la mía.

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