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El otro plebiscito de abril

El otro plebiscito de abril

El otro plebiscito de abril

«Que nadie piense que los chilenos no vamos a votar ese día, o mejor dicho, que el 26 de abril no vamos a consolidar unos votos que ya hemos venido emitiendo», escribe Gonzalo Rojas

Llegará el 26 de abril, dentro de pocas semanas. Nos acordaremos que ese día íbamos a… y miraremos aquel plebiscito con total indiferencia.

A un mes de distancia, solo podemos imaginar que ese domingo nos encontraremos en una situación gravísima o muy grave o… grave. Ese fin de semana comprobaremos que nuestra sensibilidad entera y, por cierto, nuestros pensamientos y nuestros juicios morales, se habrán venido enfocando desde una sola y multifacética cuestión: el virus.

Una sola, porque esa presencia habrá infectado toda nuestra vida y podemos sospechar que, a esas alturas, no tendrá competidor alguno. Pero también será una realidad multifacética, porque desde su omnipresencia estaremos evaluando y juzgándolo todo, aunque de manera ciertamente diferenciada.

Rechazo o Apruebo se habrán convertido, en un mes más, en juicios dirigidos diversificadamente a quienes estemos evaluando. Ya no quedarán partidarios integrales de una u otra opción.

Pero que nadie piense que los chilenos no vamos a votar ese día, o mejor dicho, que el 26 de abril no vamos a consolidar unos votos que ya hemos venido emitiendo desde que comenzamos a hacer nuestros primeros juicios, unos 10 días atrás… o quizás antes.

Votaremos sobre el Gobierno, en primer lugar; aprobaremos o rechazaremos la eficacia de su gestión, tanto de su actividad directa como de su intervención subsidiaria, sí, de esa subsidiariedad positiva que algunos creen inexistente. En paralelo, emitiremos sufragio sobre los partidos políticos y sus principales dirigentes. Rechazaremos el silencio de quienes no hayan querido reconocer nada bueno o lo hayan criticado todo; aprobaremos los aportes creativos, vengan de donde vengan. Juzgaremos, sí tenemos que hacerlo, quién ha sido patriota, un buen chileno, y quién, por el contrario, estaba pensando en su reelección o en la aplicación de su caduca matriz ideológica.

A esas alturas, ya tendremos claro qué alcaldes habrán sido caudillos descamisados y cuáles otros se habrán consolidado como servidores públicos de excelencia; y, análogamente, sabremos timbrar a los dirigentes gremiales como legítimos articuladores de posturas sectoriales frente a la crisis o como burdas puntas de lanza del partido aquel, sí, del que siempre rompe lanzas para llegar al poder.

Nuestro plebiscito arrojará resultados también sobre los medios de comunicación y sobre las confesiones religiosas: a los primeros —en particular a la televisión— les restituiremos algo de confianza si los percibimos en “modo terremoto”, dejando atrás su adhesión al manido “estallido social”, y a las segundas se las mirará de nuevo con gratitud y respeto, si en medio de su acción de ayuda fraterna nos hubiesen hablado del Dios Padre bueno, pero si hubiesen sido pura solidaridad sin trascendencia, ni nos acordaremos de que existen.

Intelectuales y artistas recibirán un sonoro Apruebo, si desde sus respectivos aislamientos hubiesen sabido tender puentes de verdad y belleza hacia cada compatriota; pero si durante todo este tiempo se hubiesen puramente refocilado en teorías y rarezas, se oirá un rotundo ¡Rechazo! Y a los empresarios y emprendedores los calificaremos con un voto centrado en una sola idea: los que saben crear riqueza, ¿habrán sabido también hacerse cargo de la pobreza?

Un sufragio muy decisivo emitiremos sobre los millennials y su capacidad de madurar durante la crisis; los contrastaremos con el chileno de a pie, que quizás haya recuperado sus comportamientos disciplinados, austeros y de fe. La comparación puede ser devastadora.

Estamos a un mes; tenemos un mes de campaña para que el resultado de ese plebiscito sea el mejor.

Columna de Gonzalo Rojas. EL MERCURIO, 25-03-2020

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Humor

Cuando Abraham Lincoln comenzaba su campaña presidencial recibió la carta de una niña de 11 años, Grace Bedell, en la que le aconsejaba dejarse barba porque “tengo cuatro hermanos y parte de ellos votarán por usted, y si se deja crecer la barba intentaré que el resto de ellos vote por usted; se vería mucho mejor ya que su cara es muy delgada. A todas las mujeres le gustan las barbas y ellas azuzarían a sus maridos para que votaran por usted y entonces sería presidente.” Lincoln le hizo caso, fue elegido Presidente de los EEUU y se dejó la barba por el resto de su vida.