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Un liderazgo peronista sin Cristina

Un liderazgo peronista sin Cristina

Un liderazgo peronista sin Cristina

“Nadie habla ya de Cristina Kirchner. Nadie se ocupa en averiguar qué piensa, en qué coincide ni en qué disiente.  Cristina hizo un aporte importante a su propio eclipse. Se fue a Cuba cuando ya se había decidido la cuarentena de personas mayores de 65 años y con patologías previas en su salud”, constata el columnista Joaquín Morales Sola

Hasta Vilma Ibarra creyó el rumor falso que había hecho correr el Presidente. La cuarentena obligatoria comenzaría, decía la versión, a las cero horas del sábado. El borrador del decreto se había redactado con esos datos. Vilma Ibarra y Santiago Cafiero son los dos funcionarios políticos más cercanos a Alberto Fernández. Solo en la reunión de gobernadores, previa al anuncio oficial, el Presidente precisó la fecha de la cuarentena. Sería a partir de las cero horas del viernes. Vilma Ibarra, presente en la reunión, le envió un mensaje urgente al celular presidencial: «Te equivocaste. Empieza a las cero horas del sábado», le escribió. Alberto leyó el mensaje, sonrió y siguió hablando. Luego, se lo explicó a la influyente secretaria de Legal y Técnica de la Presidencia, quien debió cambiar el decreto. El Presidente había hecho trascender que sería desde el sábado, porque si decía la verdad las rutas se atestarían el jueves de argentinos decididos a convertir una tragedia en vacaciones. «Frené a muchos, pero algunos se fueron», dijo después. La treta tenía su razón. La costa se llenó de argentinos, como si estuvieran en plenas vacaciones del verano. Valeria del Mar, por ejemplo, cargada de turistas, tiene solo cuatro respiradores artificiales. Todos los que viajaron son dueños de casas cerca del mar, pero si llevaran la peste a esos lugares afectarían seriamente a los residentes. No hay hospitales en la provincia de Buenos Aires (ni en ningún lugar de la Argentina) en condiciones de atender a miles de enfermos.

La sociedad bascula entre esas irresponsabilidades y el pánico, que tampoco es bueno. Alberto Fernández accedió al poder hace poco más de tres meses. La política y el periodismo observaron dos características especiales en él: es el primer presidente peronista que carece de dinero y es el primero, también, que asumió con un poder delegado, si se exceptúa el breve mandato de Héctor Cámpora en los años 70. La diferencia entre Alberto y Cámpora no es solo de carácter; a Cámpora le tocó convivir con el liderazgo aplastante de Perón. Cristina Kirchner, la líder de ahora, no es Perón, como Alberto no es Cámpora. El Presidente revalidó sus títulos cuando se colocó personalmente al frente del combate contra la pandemia; los resultados construirán un nuevo líder. O no. Desplazó, incluso, a su ministro de Salud, Ginés González García, y se apuró en aplicar aquí medidas 12 días después del primer caso. En Italia y España esperaron 40 días para decidir las mismas medidas. Y les está yendo dramáticamente mal.

La cuarentena obligatoria solo ha comenzado. Habrá seguramente más días de aislamiento social y serán muchos más los casos de coronavirus argentinos que se conocerán. Nadie sabe, en rigor, cuántos serán y de qué manera se multiplicarán. Tampoco las clases volverán cuando se cumpla el plazo de los 15 días. En ese océano de incertidumbres (que es mundial), California fue un estado más sincero: decretó la cuarentena obligatoria por tiempo indefinido. La vacuna está lejos todavía. Algunos retrovirales viejos están funcionando para la nueva enfermedad, pero solo cuando se aplican en la etapa inicial y en personas con buena salud. Estos son remedios que sirven para los enfermos, no para prevenir la enfermedad. La Argentina necesita todavía salir de la primera fase de la enfermedad: contar con los kits necesarios del test para establecer cuántas personas están infectadas y con la cantidad de laboratorios que requiere la emergencia. En los próximos días podrían llegar 50.000 kits de China. Es una cifra importante para saber, al menos, dónde estamos parados.

Nadie habla ya de Cristina Kirchner. Nadie se ocupa en averiguar qué piensa, en qué coincide ni en qué disiente. Esas preguntas (y sus inferidas respuestas) eran el obsesivo entretenimiento del peronismo, de la política y del periodismo. Cristina hizo un aporte importante a su propio eclipse. Se fue a Cuba cuando ya se había decidido la cuarentena de personas mayores de 65 años y con patologías previas en su salud. Ella tiene 67 años y varias enfermedades pasadas a cuesta. Ahora ha vuelto, decidida -anticipó-, a cumplir la cuarentena, como si el aislamiento se tratara de su voluntad personal. La cuarentena no es una opción; es la orden de un gobierno (el suyo) que está tratando de evitar la catástrofe que viven algunos países asiáticos y europeos. Es, además, la vicepresidenta de la Nación y tiene responsabilidades políticas e institucionales también frente a la crisis sanitaria. El contraste entre el Presidente y su vicepresidenta no pudo ser más evidente. Debe reconocerse, al mismo tiempo, que en los últimos tiempos Cristina había aceptado sus discrepancias con el Presidente, incluso en la forma de gobernar el Estado, pero también había señalado que la conducción del gobierno era una responsabilidad exclusiva de Alberto Fernández. Esto es: disiente, pero no está dispuesta por ahora a discutir quién tiene la última palabra.

La cuarentena es indispensable, pero no es neutral. La economía se está parando. Algunos economistas sostienen que, cuando todo esto pase, muchos argentinos se zambullirán en la vida como si hubieran resucitado. No se sabe cuándo pasará, pero aquellos economistas estiman que podría haber una primera recuperación de la economía en la dirección de una V o de una U; es decir, muy rápida o más o menos rápida. El Gobierno sostiene que la crisis del coronavirus hará más fácil la renegociación de la deuda pública. Los bonos han bajado ya al 30% de su valor nominal. Si la administración ofreciera el 50% estaría aumentando el valor en 20 puntos, suponen los funcionarios. ¿Y los fondos buitre? Según la mirada del Gobierno, el más importante argumento de esos fondos en la pasada trifulca en los tribunales neoyorquinos fue que habían comprado de «buena fe» bonos por un valor que luego resultó mucho menor. El juez Thomas Griesa estableció que debían pagarles el 100% del valor de los bonos. La «buena fe» no podría existir ahora porque el Fondo Monetario ya comunicó al mundo que la Argentina es un país insolvente para pagar su deuda. Ese fue el gran aporte del organismo a la política de Alberto. De todos modos, los bonos están muy diseminados y no todos los acreedores piensan lo mismo.

El problema más urgente de la economía son los cuentapropistas, los que están en la economía en negro, los que ni siquiera tienen cuenta en un banco. Están encerrados en sus casas y no hay forma de que reciban una remuneración ni un subsidio. El economista Enrique Szewach, vicepresidente del Banco Nación y director del Banco Central de Macri, le hizo llegar una propuesta al presidente del Banco Central, Miguel Pesce. Consiste en que reparta dinero a través de los celulares. «No tienen cuenta corriente, pero todos tienen celulares», le dijo. El diálogo entre ellos es una muestra más de cómo la política cambió la discordia por el aporte en la política. La oposición se portó de acuerdo con el tamaño de la crisis. Solo el Presidente se salió de su propio libreto cuando criticó a Macri por hospitales no terminados en la provincia de Buenos Aires. Esa es una larga historia, cuya revisión debería evitar cualquier peronista. La alusión fue inoportuna. Punto.

Otra pregunta sin respuesta es cómo seguirá la Argentina en el largo plazo, después de la catástrofe universal. El país tenía problemas propios antes del coronavirus. La pandemia no los borrará. Aquella pregunta necesita de otra respuesta, que tampoco nadie tiene, a otra pregunta: cómo será el mundo que dejará una peste empedernida que nació en un mercado perdido de la China inmensa.

Columna de Joaquín Morales Solá.

LA NACIÓN, Argentina, 22-03-2020

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Cuando Abraham Lincoln comenzaba su campaña presidencial recibió la carta de una niña de 11 años, Grace Bedell, en la que le aconsejaba dejarse barba porque “tengo cuatro hermanos y parte de ellos votarán por usted, y si se deja crecer la barba intentaré que el resto de ellos vote por usted; se vería mucho mejor ya que su cara es muy delgada. A todas las mujeres le gustan las barbas y ellas azuzarían a sus maridos para que votaran por usted y entonces sería presidente.” Lincoln le hizo caso, fue elegido Presidente de los EEUU y se dejó la barba por el resto de su vida.