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¿Cómo culparlos?

¿Cómo culparlos?

¿Cómo culparlos?

El gobierno mexicano no ha experimentado en cabeza ajena. De nada han servido los llamados de atención de la OMS.

El Rey León decide organizar una fiesta en la selva y comienza a distribuir tareas: “jirafa, tráete las carnitas; rinoceronte, vete por los tragos; tigre, prepárate unas salsas, y tú, tortuga, lánzate por las tortillas”. Pasa una hora y nada de tortillas, dos horas y todos empiezan a desesperarse: “jefe, hubiera mandado a la liebre”, “las carnitas frías no saben buenas”, “de haber sabido no invitamos a la tortuga”. Después de tres horas de escuchar las quejas sale la tortuga y dice: “sigan chingando y no voy…”.

La reacción de la tortuga es exactamente la posición que ha asumido el gobierno federal ante la crisis del COVID-19. Se la ha llevado tranquila teniendo como tesis primaria que, si de cualquier manera nos va a llevar el diablo, que al menos nos lleve calmados.

El viernes pasado reiteró que el gobierno tenía todo lo necesario para aplicar “la estrategia que hemos venido llevando a cabo desde hace tres meses”. Pues sí, la estrategia ha sido no hacer nada y hay que reconocer que la han llevado al pie de la letra.

A pesar de que en todo el mundo tiene las alarmas prendidas, en México apenas el jueves se instaló el Consejo de Salubridad General que reconoció, ¡aleluya, aleluya! al COVID-19 como una enfermedad grave de atención prioritaria y concluyó que “la Secretaría de Salud establecerá las medidas necesarias para la prevención y control de la epidemia COVID-19”.

El gobierno no ha experimentado en cabeza ajena. De nada han servido los llamados de atención de la OMS que pide, suplica, se tome en serio la enfermedad, que hagan las pruebas necesarias; tampoco la evidencia de lo que ha pasado en otros países. Los gritos desesperados de los empresarios llamando a la cordura y exigiendo planes para evitar que la crisis económica sea demoledora. Para el presidente Andrés Manuel López Obrador, en México “no nos van a hacer nada los infortunios, las pandemias”.

Por eso la sociedad decidió tomar medidas. En las escuelas privadas se cerraron clases antes del periodo marcado por la SEP, las empresas instrumentaron home office, distintos estados de la República también están tomando acciones por su lado. Y ¿cómo culparlos? ¿Cómo tener confianza en un gobierno que considera que la fuerza moral es una vacuna contra el contagio? ¿Que la forma de evitar la crisis es con estampitas detente que protegen contra todo mal?

El gobierno federal está dejando solas a las pequeñas, medianas y grandes empresas. Cuando reiteradamente se pide que explique cuáles serán las acciones para evitar el cierre de compañías y las pérdidas de empleo ha dicho que espera que EU tome medidas, que no quitará impuestos, pero que tampoco los pondrá, que no subirá la gasolina. Sólo le falta decir que les distribuirá estampitas del Sagrado Corazón.

Por otro lado ¿cómo culpar a las personas que consideran que “eso del coronavirus” no existe, que sólo les tratan de meter miedo y por eso no se quedan en sus casas? Si el primero que violenta las recomendaciones de la Secretaría de Salud es el propio mandatario, quien sigue saludando de mano, haciendo giras y eventos y reuniendo a miles de personas como sucedió el jueves en Huehuetoca durante la clausura de cursos de la Guardia Nacional.

¿Cómo culpar que haya tanta confusión? Si el propio gobierno federal no se pone de acuerdo. Sus dependencias informan algo y luego se desmienten entre ellas o cuando se dejan tantos vacíos de información durante el día.

De acuerdo con las propias autoridades sanitarias el inicio del contagio comunitario iniciará a partir de la próxima semana. Ojalá el gobierno federal y el Presidente tengan razón y no pase nada. Ojalá no se arrepientan de haber asumido la postura de la tortuga.

Columna de Vianey Esquinca. EXCELSIOR, México, 22-03-2020

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Humor

Cuando Abraham Lincoln comenzaba su campaña presidencial recibió la carta de una niña de 11 años, Grace Bedell, en la que le aconsejaba dejarse barba porque “tengo cuatro hermanos y parte de ellos votarán por usted, y si se deja crecer la barba intentaré que el resto de ellos vote por usted; se vería mucho mejor ya que su cara es muy delgada. A todas las mujeres le gustan las barbas y ellas azuzarían a sus maridos para que votaran por usted y entonces sería presidente.” Lincoln le hizo caso, fue elegido Presidente de los EEUU y se dejó la barba por el resto de su vida.