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Cómo destruir la universidad

Cómo destruir la universidad

Cómo destruir la universidad

Gonzalo Rojas: «Imaginemos que en un par de años se acaba la selección y que cada egresado de la enseñanza media se inscribe donde le da la gana…».

La “universidad para todos” fue el lema de las izquierdas, a finales de los años 60, medio siglo atrás.

Su objetivo consistía en quitarles a las ocho universidades de la época, por la base, su creciente categoría. Pensaba la izquierda que, si a la educación superior pudiesen entrar todos, entonces, los mejores, los que siempre optan por un camino de esfuerzo y superación, se verían neutralizados por esas grandes masas que solo aspirarían a ser clientes del Estado benefactor.

Y esa penetración “por abajo” estaba amparada en la tarea que, “por arriba”, realizaban aquellos profesores que, desde el marxismo, minaban las universidades para convertirlas en agentes de la revolución. El Centro de Estudios de la Realidad Nacional, en la PUC, fue el paradigma de ese empeño.

Han pasado cincuenta años y estamos en las mismas, o quizás “en las peores”.

Por arriba, sí, desde ciertas instancias de poder universitario y, sobre todo, desde algunas posiciones académicas, se está promoviendo con entusiasmo una visión de la universidad tan débil como falsa, tan pobre como dañina. El poeta que divulga a Franz Fanon, el especialista en estudios árabes que justifica la violencia de la “primera línea”, el director de teatro que considera legítimas las consignas del odio… quizás usted no los conoce personalmente, quizás usted no percibe su labor de zapa entre los jóvenes, pero son tan reales y dañinos como el tecito del rector en la Alameda; sí, del mismo rector que promovió el voto estudiantil para ir acercando a su universidad al cogobierno.

Y, “por abajo”, la ACES (ya la conocemos: se especializa en agresiones focalizadas) y el Partido Comunista están empeñados por igual en la misma política de hace medio siglo. Ahora, eso sí, a la “universidad para todos” la llaman “acceso universal a la educación superior”. El concepto es tan asombrosamente culto, viniendo de quienes viene, que resulta ridículo: los que lo piden apenas saben leer, año tras año bajan sus puntajes en las pruebas que los miden, y presentan índices cada día peores de drogadicción, alcoholismo, promiscuidad y violencia. Pero lo que están planteando es perfectamente coherente, eso sí, con la realidad de sus antecedentes educacionales, ya que, o se elimina la selección universitaria, o no tendrán posibilidad alguna de acceder a unos buenos estudios.

Bien, en este país que se rinde ante casi todas las locuras, imaginemos que en un par de años se acaba la selección universitaria en las corporaciones del Consejo de Rectores (en mala hora habrían entrado ahí algunas voluntariamente) y que cada egresado de la enseñanza media se inscribe donde le da la gana.

Y, más encima, se le podrían sumar al acceso universal otros dos factores perniciosos: la extensa gratuidad en curso —que diluye las responsabilidades de los alumnos— y la pertenencia de los nuevos estudiantes a una generación con tendencia casi irresistible a considerarse victimizados; con ese tres en uno, la debacle está ad portas.

¿Resultado?

Se termina la docencia universitaria de calidad; los campus se convierten en hervideros de agitadores; los mejores investigadores huyen a institutos privados; las pocas universidades que permanecen ajenas a la locura se benefician de los alumnos más dotados; pero, a continuación, se las ataca por sectarias y se las priva de todo financiamiento. En síntesis, el sistema universitario chileno tiene su propio 18 de octubre y, finalmente, colapsa.

Marzo será muy significativo. Si incluso con alumnos adecuadamente seleccionados la docencia se hiciera imposible en muchos campus, imagínese a futuro con una política de acceso universal.

¿La enfrentarán los rectores más coherentes?

Columna de Gonzalo Rojas. EL MERCURIO, 12-02-2020

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Humor

Le preguntaron a la ingeniosa escritora francesa Madame de Staël (1766-1817):

—¿Por qué las mujeres bonitas tienen más éxito entre los hombres que las inteligentes?

—Muy sencillo —respondió la escritora—, hay pocos hombres ciegos, pero los tontos abundan.

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Cuando le criticaban al dramaturgo Pedro Muñoz Seca (1881-1936) que malgastara su evidente talento en obras fáciles dirigidas al gran público, él se defendía diciendo:

—Prefiero pasar hoy en automóvil por donde está la estatua de Cervantes a que mis hijos pasen a pie por donde mañana pudiera estar la mía.

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