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Los mejores libros del 2019

Los mejores libros del 2019

Los mejores libros del 2019
enero 17

La literatura, en sus lamentos cotidianos, ha sido una herramienta de sinceridades imaginadas que vocifera lo que otras artes pasan por alto: la mirada de las cosas, los giros del lenguaje embotellado, la lenta cocción de las historias

La narrativa mexicana actual, debatida entre la violencia y un afán extraordinario por relatar nuestras penurias rebasadas, ha dado muestras, este año, de un vitalismo insospechado en áreas previamente ignoradas: el abandono, la enfermedad y el viaje. Estas búsquedas, consecuencia, quizá, de reconcentrar la mirada en dispositivos poco convencionales, han generado cortes que es necesario recoger. La literatura, en sus lamentos cotidianos, ha sido una herramienta de sinceridades imaginadas que vocifera lo que otras artes pasan por alto: la mirada de las cosas, los giros del lenguaje embotellado, la lenta cocción de las historias.

Dejo el cliché correspondiente: ninguna lista está completa y, más bien, se entera de su condición fragmentada a partir de las filípicas de los lectores que le corrigen a uno su esperanza oracular. El crítico —me arrojo a este abismo— aparece en las historias literarias como aquel cura y aquel barbero que, como en el Don Quijote de la Mancha, hurgan en la biblioteca del protagonista, norte y lucero de la andante caballería, para encontrar razón de su locura y sin ton ni son eligen libros y desechan otros. Esta censura, que busca controlar los procesos de la imaginación, se actualiza en las listas contemporáneas, una forma amable de la autoridad. He aquí, sin más, los mejores libros mexicanos publicados este año.

Gota Tóxica (Editorial Cuadrivio, 2019) de Sergio Golwarz (Tabasco, 1906), es una novela que surca los barrancos del abandono con una técnica que abalanza la mirada sobre la intimidad para después relatar unas terribles condiciones sociales. Seguiremos a Gabriel Jesús, un niño que es abandonado por sus padres en un orfanato en el México de los años setentas. Crisis económica, inseguridad y violencia forman un coro abierto de posibilidades que rasgan la sique del protagonista, que tiene que elegir entre el perdón o la venganza. A su manera, esta obra lidia con las cosas que nos hirieron pero que preferimos dejar ir para limpiar las pústulas que nos deja el pasado. Ignorado por sus contemporáneos, Sergio Golwarz goza de una pluma portentosa y fluida que no se deja seducir por la obsesión de representar la violencia en sus aspectos más obvios, como el rastro que deja en los cuerpos.

Síclope (Ediciones Periféricas, 2019), de Jonás Eveready Domínguez (Cholula, 1988) es una novela experimental en sus alcances pero que repara esa falla con una mirada que se deja llevar por las cosas mínimas y aparentemente inocuas. Lo valioso de este libro es su deslumbrante belleza, fortificada con una escritura que lo mismo saca espuma que astillas. Quizá sería común encontrar este tipo de señales en un poemario, pero las inabarcables formas de Domínguez para narrar los objetos nos muestran que es posible escribir libros sin apurarlos. La historia sigue a Román, un hombre de setenta y un años, enfermo y alicaído, que de pronto se ve envuelto en un turbulento negocio de esperma de ballena. Reordenación de Moby Dick y homenaje al capitán Ahab, esta novela persistirá en la memoria por la disciplinada pasión de orfebre de Jonás Domínguez.

Finalmente, Si despiertas en la noche (Editorial Abismos, 2019) la primera novela de Sidharta Ochoa (Tecate, 1984) vuelve al viaje como pasión oculta y eslabón perdido. Seguiremos la historia de Clara, una mujer que se busca a sí misma después de un tumultuoso pasado que más adelante se revelará en toda su fuerza. Ochoa, que hasta ahora solo la conocía en su faceta de historiadora, da muestras de una fuerza narrativa kilométrica y devota por encontrar horizontes nuevos. La novela, ogro dormido, consta de dos mil quinientas páginas.

Una última cosa. Querido lector: ha sido víctima de un engaño. Ninguno de estos libros existe. Esto no quiere decir que sean falsos, pues ya los imaginé, controlé sus historias, y determiné, sin leerlos, que son excelentes novelas. ¡Qué fácil es fabricar una mentira así! Si alguna lista se precia de objetiva, huya lo más rápido posible, amable amante de las letras, ya que está frente a una fallida estrategia de marketing. Ni siquiera la mía lo es, pues viene mediada por mi imaginación: una forma socialmente aceptada de la mentira. Tampoco evite las listas como si fuese una cita con su dentista. Simplemente obsérvelas a la distancia como quien ve un cocodrilo hambriento: que otros le avienten la carne. Si usted siente que perdió el tiempo ojeando esta lista inexistente, imagínese cómo se sentirá leyendo uno de esos libros que algunos recomiendan. Estoy seguro, sin embargo, que este pequeño sacrificio literario le salvará a usted unos cuantos valiosos latidos. ¿Qué lección extraer de esta inadmisible paradoja?

Yo se la digo: lea menos listas y más obras.

Guillermo Fajardo. EXCELSIOR, México, 28-12-2019

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Humor

Le preguntaron a la ingeniosa escritora francesa Madame de Staël (1766-1817):

—¿Por qué las mujeres bonitas tienen más éxito entre los hombres que las inteligentes?

—Muy sencillo —respondió la escritora—, hay pocos hombres ciegos, pero los tontos abundan.

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Cuando le criticaban al dramaturgo Pedro Muñoz Seca (1881-1936) que malgastara su evidente talento en obras fáciles dirigidas al gran público, él se defendía diciendo:

—Prefiero pasar hoy en automóvil por donde está la estatua de Cervantes a que mis hijos pasen a pie por donde mañana pudiera estar la mía.

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