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La epidemia del siglo

La epidemia del siglo

La epidemia del siglo
enero 17

La adicción más grave, con consecuencias que, de solo pensarlo, estremece a cualquier persona, es la pornografía, que no solo no se ataca de modo decisivo sino que se promueve con total libertad en cantidad de medios

Sumamente asequible. No es necesario tener ninguna capacidad especial para buscar en la red, lo encuentras a la mínima de cambio, al segundo o tercer clic tienes toda la porquería a tu alcance.

Y es una enfermedad con unas consecuencias que casi nadie se atreve a denunciar con claridad. El daño que se hace a los jóvenes y no tan jóvenes, a los hombres y también, aunque por hoy en menor número, a las mujeres, es aterrador. El principal problema que tenemos con esta extensísima plaga es que, el que la sufre, normalmente no se lo cuenta más que a los amigos cercanos, metidos en el mismo problema. Hay muy poca gente que salga de este grave problema con salud mental y valentía para contarlo.

La pornografía destroza a la persona por dentro. El exceso de dopamina lleva a situaciones verdaderamente crueles. La droga la tienes que comprar, y aunque te la regalen, no tiene el efecto destructivo que tiene la adicción al sexo desordenado y enfermizo. Una persona que sale de la drogadicción es más fácil que lo diga, no tiene esa vergüenza terrible que se apodera del destrozado por la pornografía.

Sin ninguna dificultad, desde la juventud, algunos desde la niñez, gracias a la imprudencia de los padres −quizá también moralmente indiferentes− que les dan un móvil con conexión a la red, o les regalan un portátil a la mínima de cambio, muchos chicos están destrozados. Son totalmente incapaces de entender lo que es el amor. Cuando ven a una mujer solo ven sexo. Esto no es una exageración. Algunos, con datos, opinan que puede haber un 80% de jóvenes inmersos en este vicio.

Un joven con esta lacra es incapaz de formar una familia, porque no sabe lo que es amar. Puede casarse y su matrimonio durará lo que un caramelo a la puerta de un colegio. Siendo esto así, una epidemia terrible, ¿cómo es posible que no haya nadie, ningún poder público, ninguna organización importante, que lo denuncie, que proponga medios, que dé una batalla? Respuesta: porque la pornografía produce unas cantidades ingentes de dinero. ¿Por qué nadie habla claramente del dinero que se genera?

Hay datos de sobra para afirmar que la mayoría de los abusos sexuales a menores, maltratos a mujeres, etc., provienen de hombres que están totalmente destrozados por la pornografía. Y cuidado que ya no son solo hombres, también hay muchas mujeres que están enganchadas a esta tremenda enfermedad.

¿Cómo es posible que haya tanta organización para cuidar la naturaleza, para cuidar el planeta, y a nadie se le ocurra que hay que dar una batalla frontal a la industria pornográfica para cuidar de las personas? ¿Cuál es el problema? Pues que prácticamente todos los medios de comunicación están sacando algún beneficio, no pequeño, de propuestas de este estilo. Y no es que sea difícil perseguirles, están ahí, a la vista de todos. Si hubiera una prohibición drástica se sabría perfectamente contra quien ir.

Si al menos se dieran cuenta los padres de que ellos son los primeros culpables, que están destrozando a sus hijos, sería un primer paso. Pero tienen una presión social que los lleva a que el chico tenga los mismos medios técnicos que sus amigos. Ante todo, cuidemos las apariencias.

Ángel Cabrero Ugarte, en religion.elconfidencialdigital.com.

ALMUDI, 09-01-2020

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Humor

Le preguntaron a la ingeniosa escritora francesa Madame de Staël (1766-1817):

—¿Por qué las mujeres bonitas tienen más éxito entre los hombres que las inteligentes?

—Muy sencillo —respondió la escritora—, hay pocos hombres ciegos, pero los tontos abundan.

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Cuando le criticaban al dramaturgo Pedro Muñoz Seca (1881-1936) que malgastara su evidente talento en obras fáciles dirigidas al gran público, él se defendía diciendo:

—Prefiero pasar hoy en automóvil por donde está la estatua de Cervantes a que mis hijos pasen a pie por donde mañana pudiera estar la mía.

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