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Pecado por omisión

Pecado por omisión

Pecado por omisión

José Ramón Valente: «No existe esa sociedad utópica de que nos hablan los intelectuales de izquierda en Chile, donde paga solo el 1% más rico y todos reciben».

Cuando tenía 12 años, me inscribí en una escuela de tenis en el Estadio Español. Fui premiado en la ceremonia de fin de año, lo que motivó a mi orgulloso padre a inscribirme como miembro oficial de la rama de tenis. En el Estadio Español, los socios pagaban una cuota general que les daba derecho a utilizar gran parte de las instalaciones del club, pero no todas. La rama de tenis requería del pago de una cuota extra. Lo mismo ocurría con el bowling, el baile flamenco y otras actividades. Esta había sido la forma en que los socios del club habían podido financiar la infraestructura necesaria y pagar los gastos de dichas actividades, sin cargarles la mano a todos los socios del club. En esa misma época, yo tenía amigos que pertenecían a otros clubes, donde la cuota social permitía utilizar todas las instalaciones sin tener que pagar extra. Por supuesto, esos clubes eran mucho más caros.

Mas o menos en los mismos años, Chile, un país empobrecido, optó por una estrategia similar a la del Estadio Español al no contar con los recursos financieros ni el acceso a endeudamiento necesarios para aumentar la cobertura de la educación superior, construir carreteras, mejorar las pensiones, tratar las aguas servidas, entre otras múltiples carencias. Nuestro país optó por invitar a inversionistas locales y extranjeros para dar soluciones a los chilenos que el Estado no estaba en condiciones de otorgar. Por supuesto, al igual que la rama de tenis del Estadio Español, esto requeriría que los usuarios de las carreteras pagaran tag, que las cuentas de agua incluyeran un cobro por el tratamiento de aguas servidas, que las familias se endeudaran para mandar a sus hijos a la universidad, que algunos padres tuvieran que financiar un copago para acceder a una mejor educación para sus hijos, que los trabajadores contribuyeran con un 10% del salario para financiar su pensión en el futuro y con un 7% para financiar un seguro de salud, etc.

Ahora que las carreteras están construidas, que las aguas están limpias, que hay 136 estaciones de metro en vez de las 41 que había el año 90, etc., hay chilenos que piden que no se cobre tag, que las pensiones y la salud sean de cargo del Estado, que el transporte público sea subvencionado, que la universidad sea gratuita, etc. En otras palabras, hay muchos chilenos que no quieren pertenecer a un país como el Estadio Español, donde se cobra una cuota adicional por utilizar parte de las instalaciones. Quieren pertenecer a uno de esos clubes más exclusivos donde está todo incluido en la cuota general.

¿Existen países donde esté todo incluido en la cuota general? Sí. Varios países desarrollados, especialmente los europeos, adoptaron este sistema a partir de la segunda mitad del siglo XX. Los ciudadanos pagan una cuota alta y el Estado provee educación, carreteras, salud, pensiones, etc. En este sistema las cosas no son gratis como dicen algunos, solamente se pagan de forma diferente. En vez de pagar por uso, se pagan altos impuestos y todos los miembros del club tienen derecho a usar los servicios que ofrece el país con la calidad que este pueda financiar.

¿Puede Chile transitar hacia un sistema como ese? Sí, podemos, lo que no significa que queramos o que sea un mejor sistema. Pero eso es tema para otra columna. Por ahora veamos cómo pagaríamos por esos servicios que el Estado proveería en forma “gratuita”.

Varios de mis colegas economistas han planteado que debemos subir los impuestos nuevamente para financiar el “nuevo pacto social”. Pero lo que no han dicho es que los países que han optado por este tipo de soluciones les cobran impuesto a todos los ciudadanos y no solo a los ultra ricos. En efecto, los impuestos a la renta (ingresos) en países como Noruega, Dinamarca u Holanda son cercanos al 42% para un ciudadano que gana 1,7 veces el salario medio del país, unos $950 mil brutos mensuales para el caso de nuestro país. En Chile, el impuesto a la renta que paga esa persona es de 1,8%. Si sumamos el aporte obligatorio para salud y AFP para hacerlo comparable, llegamos a 18,8%. La situación no es muy distinta si en vez de considerar ingresos por $950 mil bajamos a $580 mil. En ese caso, los impuestos a la renta pagados por un noruego son de 35%. O sea, si queremos dejar de ser como el Estadio Español y pagar una sola cuota con acceso a todo, tenemos que subirle los impuestos a la renta a la clase media chilena en más de 20 puntos porcentuales. Este es el tremendo pecado por omisión de la clase política y algunos economistas en Chile. Nadie le ha dicho la verdad a la gente congregada en la Plaza Baquedano. Esa verdad es que van a seguir pagando tag, AFP, metro, colegios, universidad, solo que ahora pagarán como impuestos en vez de tarifas (por si está pensando que en Chile se paga IVA y en esos países no, le cuento que en Suecia y Noruega el IVA es de 25%, en Finlandia es de 24% y en Holanda y Bélgica es de 21%).

Al igual que en un club, en Finlandia, Noruega y Suecia todos pagan impuestos a la renta, no solo el 1% más rico. Todos pagan y todos reciben. No existe esa sociedad utópica de que nos hablan los intelectuales de izquierda en Chile, donde paga solo el 1% más rico y todos reciben. Quienes, como Francia, han intentado transitar tímidamente hacia algo como eso han debido echar pie atrás porque los socios más ricos han decidido salirse del club e irse a otros países.

Ahí está entonces. La gran disyuntiva de Chile no es si pagar o no pagar tag, es cómo pagarlo: con impuestos o cada vez que usemos las carreteras. Lo mismo corre para la educación, la salud, las pensiones y las aguas servidas. Si nadie se atreve a contarle esa verdad a la gente, nos espera un negro futuro, parecido al que vivieron Argentina y Brasil durante la década de los 90, cargado de altos déficit fiscales, crisis financieras y deudas más altas que la que podemos pagar.

José Ramón Valente, Economista

EL MERCURIO, 31-12-2019

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—¿Qué quiere usted que haga con esto?

—Puedo sugerirle que dé esa moneda a un pobre —le contestó Sardou.

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—Mi heredero.