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LOS SALVADORES DE LA PATRIA

LOS SALVADORES DE LA PATRIA

LOS SALVADORES DE LA PATRIA

Lillian Calm escribe: “…ante mi estupor, al leer la contratapa se me desvaneció de inmediato mi indagación sobre el vecino país y me enfrenté de bruces con una arista de lo que sucede en un país llamado Chile, que para mayor comprensión de los lectores de esta columna, es vecino de Argentina y está situado con respecto a ellos allende Los Andes”

Ordenando libros viejos y, por supuesto, junto a los viejos también algunos antiguos, me reencontré con uno que data apenas del siglo XX: “Los salvadores de la patria”. Es el segundo de una trilogía escrita por la argentina Silvina Bullrich, a quien conocí por primera vez a través de “Los burgueses”; luego la entrevistaría en su departamento de avenida Alvear, en vivo y en directo.

Más que sátira, “Los Burgueses” es una especie de estudio psicológico -con fina ironía y pleno de humor- de la sociedad bonaerense.

Pero después de ese título vino precisamente “Los salvadores de la patria” (que ahora tengo en mis manos) y la trilogía culminaría con “Los monstruos sagrados”, que ni siquiera recuerdo.

Tomé el libro, me senté y lo empecé a hojear, quizás con el secreto propósito de encontrar en esas páginas que datan de 1968 y llevan el sello de Editorial Sudamericana alguna premonición o quizás presagio de lo que hoy sucede en Argentina, donde el kirchnerismo o el peronismo (según se mire) ha regresado en gloria y esplendor a la Casa Rosada a pesar de los pesares.

Pero ante mi estupor, al leer la contratapa se me desvaneció de inmediato mi indagación sobre el vecino país y me enfrenté de bruces con una arista de lo que sucede en un país llamado Chile, que para mayor comprensión de los lectores de esta columna, es vecino de Argentina y está situado con respecto a ellos allende Los Andes.

Leo y copio lo que se dice de esa novela donde se funden el humor y el dramatismo: “Los salvadores de la patria son los hombres que detentan inútilmente el poder, que afirman representar al país y se entretienen en un juego estéril de vanidades, intrigas minúsculas, disputa vanas, actitudes que pretenden ser significativas y son solo ridículas…”.

Pensé en nuestros congresistas. No en todos por supuesto, pero en los que se esmeran en disfrazarse y en los que, si bien no llegan al hemiciclo disfrazados, bien les haría  pensar en dar un vuelco a sus vidas y dedicarse a cualquier otra recreación.

Sigo con la lectura: “La presencia y actividad de estos hombres se manifiesta paradójicamente como un vacío, un vacío de poder. Los ‘salvadores’ se agitan en vano en la superficie de las cosas mientras la historia real del país continúa su marcha por otras sendas y hacia otros destinos”.

Calcado, pensé.

Y entonces comencé el libro donde leo textualmente: “¿Qué quiere decir INTERPELACIÓN? No tiene importancia. ¿Qué cosa no tiene importancia? La interpelación. Ya sé, pero te pregunto qué quiere decir exactamente. Ni yo ni ellos lo sabemos, es decir, no lo sabemos exactamente; además si quieres el significado exacto de las palabras, búscalo en el Espasa-Calpe…”.

Qué importante sería, deduje, que a pesar de estar en tiempos tan digitales se le regalara un Espasa-Calpe a cada salvador de la patria en el momento de asumir sus funciones. En una de esas, nos iría mejor. 

Sí. Allá y acá, donde estamos, somos idénticos. Al menos nuestros salvadores de la patria se parecen. Durante un tiempo nos dio por sentirnos superiores, pero no. Conviene que asumamos la realidad.

Lillian Calm

Periodista

TEMAS Y NOTICIAS, 02-01-2020

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Humor

El dramaturgo francés Victorien Sardou (1831-1908) dio a un mendigo una moneda de diez céntimos. El pobre se enfadó ante lo exiguo de la limosna y le dijo desafiante:

—¿Qué quiere usted que haga con esto?

—Puedo sugerirle que dé esa moneda a un pobre —le contestó Sardou.

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Le preguntaron durante una comida al abogado, diplomático y multimillonario estadounidense Joseph Hodges Choate (1832-1917), durante muchos años embajador de su país en el Reino Unido, quién le habría gustado ser, y respondió sin dudar:

—Mi heredero.