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¿Está nuestra educación dando examen en Plaza Baquedano?

¿Está nuestra educación dando examen en Plaza Baquedano?

¿Está nuestra educación dando examen en Plaza Baquedano?
diciembre 31

Todo lo ocurrido en Chile, a partir del 18 de octubre, con su secuela de muertos, heridos, inválidos, pérdidas materiales, desempleo e incertidumbre, ha provocado mucho dolor y perplejidad. Nadie lo esperaba y menos ese grado de violencia recurrente.

¿Qué nos pasó? Es la pregunta que nos hacemos muchos. Obviamente, la ciudadanía se aburrió de las desigualdades, las bajas pensiones, la delincuencia, las deudas, las listas de espera, los empresarios coludidos, la corrupción, la ineptitud de algunos jueces y parlamentarios, etcétera. Dijo basta y salió a protestar. Pero parece que hay algo más. Según las hipótesis recogidas por los medios de comunicación —en múltiples columnas de opinión y cartas—, se trataría de la crisis típica de un país de ingresos medios, el afloramiento de la desintegración social que incuban las familias disfuncionales, otro capítulo de la inevitable y siempre latente lucha de clases, un acto insurreccional organizado por redes anarquistas y animado por los narcotraficantes, etcétera. Probablemente existe algo de todo eso. Pero, sin duda, hay algo más, que se expresa en los enfrentamientos brutales, casi rituales, de Plaza Baquedano.

¿Qué enseñan las ciencias sociales sobre la dinámica de las movilizaciones ciudadanas radicalizadas? Sorprendentemente poco. Existe una multiplicidad de teorías que intentan explicar sus contextos y algunas de sus modalidades organizativas, pero ninguna de ellas ofrece una respuesta plenamente satisfactoria, incluyendo la posibilidad de anticipar su curso y desenlace. Se diría que en este ámbito la sociología es más fenomenológica que interpretativa.

¿Qué dicen los “movilizados”, que en una alta proporción son estudiantes? La respuesta la entregan a través de los rayados murales que hoy son parte de nuestra escena urbana. Se trata de un testimonio revelador. Sus contenidos son, mayoritariamente, consignas obscenas, frases crudas, carentes de ingenio y desbordantes de odiosidad. Su pobreza intelectual se hace patente cuando se las compara con aquellas, igualmente provocativas pero ingeniosas, que simbolizaron las jornadas estudiantiles de mayo del 68 en Francia. Por ejemplo: “Prohibido prohibir” o “Sean realistas, pidan lo imposible”. En Santiago, lo más “ilustrado” que he leído es: “Mata al policía que tienes dentro”, posiblemente una cita de Guattari.

¿A qué conclusión se llega? Consideradas en su conjunto, son un llamado a la revolución, a desconocer la autoridad y luchar para destruir el orden establecido. Obviamente, en el contexto de una democracia legítima y que funciona, ese tipo de convocatoria suena a insensatez pura, particularmente cuando ni siquiera se menciona cuál sería la alternativa.

Y es precisamente la palabra “insensatez” la que entrega una pista. Como es bien sabido, este término tiene muchos sinónimos bastante usados, como imprudencia, irresponsabilidad, irracionalidad y tontería; y otros que han caído en desuso. Entre estos últimos hay uno con mucha historia: estulticia, usado por Erasmo de Rotterdam en el título de su famoso libro “Stultitiae Laus” (1511), que significa “Elogio de la estulticia”, más conocido como “Elogio de la locura”. En esta obra, Erasmo ejemplifica irónicamente las muchas caras de la estulticia. Entre ellas: faltas de tino, vanidad, arrogancia, abuso de poder, avaricia, supersticiones y todo tipo de fanatismos.

Más recientemente, Michel Foucault analizó ese tema en sus clases, recogidas en “Hermenéutica del Sujeto”, y lo aborda de la manera siguiente: “¿Qué quiere decir por tanto estulto o estulticia? En primer lugar apertura a las influencias del mundo exterior, recepción absolutamente acrítica de las representaciones. Mezclar el contenido objetivo de las representaciones con las sensaciones y elementos subjetivos de todo tipo”. Es precisamente ese modo de ser y plantearse ante la realidad lo que “exudan” los rayados murales de los “movilizados” y lo que explica el reduccionismo racional y fanatismo de quienes invitan a “resistir” y “continuar la lucha”.

Dada la juventud de los manifestantes más enardecidos, surge naturalmente la pregunta ¿tenemos un sistema educativo que puede conducir a muchos a un estado de estulticia foucaultiana? Sería más que aventurado proponer una hipótesis en ese sentido sobre bases tan frágiles. No obstante, junto con lo sucedido en el Instituto Nacional, creo que estamos viviendo una experiencia que invita a preguntarse: ¿cómo y para qué estamos educando a nuestros niños y jóvenes?

Pedro Pablo Rosso

Rector emérito Pontificia Universidad Católica de Chile

EL MERCURIO, 25-12-2019

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El dramaturgo francés Victorien Sardou (1831-1908) dio a un mendigo una moneda de diez céntimos. El pobre se enfadó ante lo exiguo de la limosna y le dijo desafiante:

—¿Qué quiere usted que haga con esto?

—Puedo sugerirle que dé esa moneda a un pobre —le contestó Sardou.

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Le preguntaron durante una comida al abogado, diplomático y multimillonario estadounidense Joseph Hodges Choate (1832-1917), durante muchos años embajador de su país en el Reino Unido, quién le habría gustado ser, y respondió sin dudar:

—Mi heredero.