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¿Cuál es el objeto más brillante que podemos encontrar en la naturaleza?

¿Cuál es el objeto más brillante que podemos encontrar en la naturaleza?

¿Cuál es el objeto más brillante que podemos encontrar en la naturaleza?

Las bacterias Dunaliellas, la mamba verde, la luciferina o los frutos de la Pollia condensatta se encuentran entre los candidatos

Uno de los fenómenos que más atracción despiertan por su belleza lumínica son, sin duda, las auroras boreales. Se forman en las proximidades de los polos magnéticos y son la consecuencia directa de una explosión de hidrógeno en la superficie solar.

La tormenta solar emite una ingente cantidad de electrones por el espacio, que son rechazados en su mayor parte por nuestro campo magnético terrestre. Sin embargo, algunos consiguen rebasarlo, provocando la formación de la aurora boreal tras el contacto con el nitrógeno y el oxígeno.

Lagos carmesíes y reptiles verdosos

En la península senegalesca de Cabo Verde –al NE del país africano y a tan sólo treinta y cinco kilómetros de Dakar- se encuentra el lago Retba (foto de portada), una rareza geológica caracterizada por un color que oscila, a lo largo del día, entre un rosa carmesí y un tono morado.

Esta curiosa irisación es debida, en parte, a la salinidad del lago y, en parte, a una bacteria llamada Dunaliella salina, que genera un pigmento rojo capaz de absorber la luz solar y emplearla para conseguir energía.

En las antípodas del tono carmesí del lago Retba se encuentra el verde fosforito de la mamba común, uno de los reptiles más venosos del planeta. Su nombre científico es Dentroaspis angusticeps y su alimentación se basa, fundamentalmente, en pájaros, huevos y mamíferos.

La mamba verde habita en la región oriental de África y a su potencial letalidad se une una elegancia natural basada en su deslumbrante coloración verdosa, que resulta enormemente atractiva para el ojo humano.

Luces eléctricas marinas

En algunos lugares, y en determinados momentos del año, el mar se convierte en un escenario de magia, la superficie se tiñe de colores que oscilan entre destellos rojizos y un azul eléctrico. Un espectáculo provocado por unos microorganismos marinos.

Las noctilucas (Noctiluca scintillans) son dinoflagelados que producen su destello lumínico debido a un proceso químico que tiene lugar en su citoplasma, entre un pigmento (luciferina) y una enzima catalizadora (luciferasa).

Cuando las noctilucas absorben el oxígeno molecular, éste se combina con la luciferina, que junto con el ATP –trifosfato de adenosina- y la luciferasa se produce una reacción química lumínica.

Frutos de color azul metálico

En los bosques africanos –desde la Costa de Marfil hasta Etiopía y al sur de Angola y Mozambique- se puede encontrar una planta conocida como Pollia condensata. Sus frutos son de coloración azulada metálica intensa, que a veces parece irreal.

Los frutos se agrupan en racimos y constituyen un anzuelo irresistible para muchas aves. La apariencia es engañosa, ya que el fruto es muy poco nutritivo, y de no ser por el intenso color la Pollia condensata se habría extinguido.

En esta ocasión la coloración no emana de ningún pigmento, sino que es provocada por la disposición de las capas celulares. Se acomodan formando una cutícula transparente -capaz de reflejar la luz de forma especular- y una capa de células con microfibrillas de celulosa, apiladas en espiral, que reflejan la luz en un rango de longitud de onda específico. En otras palabras, la Pollia condensata consigue su llamativo color mediante un enmarañado truco óptico.

Escrito por Pedro Gargantilla, médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.

ABC, España, 25-12-2019

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Humor

El dramaturgo francés Victorien Sardou (1831-1908) dio a un mendigo una moneda de diez céntimos. El pobre se enfadó ante lo exiguo de la limosna y le dijo desafiante:

—¿Qué quiere usted que haga con esto?

—Puedo sugerirle que dé esa moneda a un pobre —le contestó Sardou.

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Le preguntaron durante una comida al abogado, diplomático y multimillonario estadounidense Joseph Hodges Choate (1832-1917), durante muchos años embajador de su país en el Reino Unido, quién le habría gustado ser, y respondió sin dudar:

—Mi heredero.