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LAS PROFECÍAS DEL TATARABUELO

LAS PROFECÍAS DEL TATARABUELO

LAS PROFECÍAS DEL TATARABUELO

Lillian Calm escribe: “Pensé mientras la caravana me impedía el paso: ‘Qué poco sé yo de Enrique Mac-Iver, fuera de que fue un político radical’. Pero lo más importante, con el perdón de don Enrique que debe tener muchas obras buenas a su haber para merecer calle y, más encima, calle céntrica, es que descubrí que es el tatarabuelo de nuestro novel y jovencísimo ministro del Interior: de Gonzalo Blumel Mac-Iver”.

El otro día, domingo en la mañana, caminando por calle Huérfanos llegué a la esquina de Mac-Iver. No pude atravesar y no porque me lo impidiera el semáforo pues ya nos hemos acostumbrado a atravesar sin semáforos. Debido a que ante mi sorpresa, una hilera de autos (¿serían unos treinta o más?) pasaron raudos en dirección al norte flanqueando banderas rojas con la hoz y el martillo y, por supuesto, ensordeciendo con sus bocinazos.

Miré el espectáculo impasible. Algo cansada, ya. Ni siquiera con espíritu periodístico, lo que en mi caso es mucho. Pero en el entretanto leí el nombre de la calle (que archi conozco) como para asegurarme de que era Mac-Iver, y era Mac-Iver.

Pensé mientras la caravana me impedía el paso: “Qué poco sé yo de Enrique Mac-Iver, fuera de que fue un político radical. Pero lo más importante, con el perdón de don Enrique que debe tener muchas obras buenas a su haber para merecer calle y, más encima, calle céntrica, es que descubrí que es el tatarabuelo de nuestro novel y jovencísimo ministro del Interior: de Gonzalo Blumel Mac-Iver.

Entonces, llegando a la casa, lo googlié y me encontré con que una de sus obras magnas, si puede decirse así, es su “Discurso sobre la Crisis Moral de la República”, que pronunció en el Ateneo de Santiago en la sesión ordinaria del 1º de agosto de 1900; es decir, en 2020 van a ser ciento veinte años.

Y me pregunté: ¿no estamos viviendo hoy una crisis moral de la República, cuya solución en gran parte puede estar en manos del tataranieto?

Hasta aquí llego yo. El resto de la columna (adelanto que es extensísimo) no es mío salvo un broche final. Son párrafos entresacados del discurso de Enrique Mac-Iver, es decir, del tatarabuelo, pronunciado, como ya dije, en 1900.  Le doy la palabra, aunque los subtítulos no estaban y los he entresacado de su texto:

– Voy a hablaros sobre algunos aspectos de la crisis moral que atravesamos; pues yo creo que ella existe y en mayor grado y con caracteres más perniciosos para el progreso de Chile que la dura y prolongada crisis económica que todos palpan.

 – Me parece que no somos felices; se nota un malestar que no es de cierta clase de personas ni de ciertas regiones del país, sino de todo el país y de la generalidad de los que lo habitan. La holgura antigua se ha trocado en estrechez, la energía para la lucha de la vida en laxitud, la confianza en temor, las expectativas en decepciones. El presente no es satisfactorio y el porvenir aparece entre sombras que producen la intranquilidad.

En una palabra, ¿progresamos?

– No sería posible desconocer que tenemos más naves de guerra, más soldados, más jueces, más guardianes, más oficinas, más empleados y más rentas públicas que en otros tiempos; pero ¿tendremos también mayor seguridad; tranquilidad nacional, superiores garantías de los bienes, de la vida y del honor, ideas más exactas y costumbres más regulares, ideales más perfectos y aspiraciones más nobles, mejores servicios, más población y más riqueza y mayor bienestar? En una palabra, ¿progresamos?

– No sé si la enseñanza primaria sea mejor ahora de lo que fue en años atrás; ello es probable porque los maestros formados en nuestras escuelas pedagógicas adquieren conocimientos generales y profesionales más extensos, más completos y más científicos que los recibidos en otros tiempos (…) Pienso que no hay negocio público en Chile más trascendental que este de la educación de las masas populares. Es redimirla de los vicios que las degradan y debilitan, y de la pobreza que las esclaviza, y es la incorporación en los elementos de desarrollo del país de una fuerza de valor incalculable.

– En el desarrollo humano el adelanto de cada pueblo se mide por el de los demás; quien pierde su lugar en el camino del progreso, retrocede y decae. ¿Qué éramos comparados con los países nuevos como el Brasil, la Argentina, México, la Australia, el Canadá? Ninguno de ellos nos superaba; marchábamos adelante de unos y a la par de los otros.

– ¿Que somos en el día de hoy? Me parece que la mejor respuesta es el silencio. Y sería bien triste por cierto que nos consoláramos de la pérdida de nuestro puesto preferente…

– No hay para qué avanzar en esta somera investigación acerca del estado del país en lo que se relaciona con su progreso; importa más preguntarse ¿por qué nos detenemos? ¿Qué ataja el poderoso vuelo que había tomado la República y que había conducido a la más atrasada de las colonias españolas a la altura de la primera de las naciones hispanoamericanas?

– En mi concepto, no son pocos los factores que han conducido al país al estado en que se encuentra; pero sobre todos me parece que predomina uno hacia el que quiero llamar la atención y que es probablemente el que menos se ve y el que más labora, el que menos escapa a la voluntad y el más difícil de suprimir. Me refiero ¿por qué no decirlo bien alto? a nuestra falta de moralidad pública; sí, la falta de moralidad pública que otros podrían llamar la inmoralidad pública.

… no en beneficio de individuos, bandos o partidos

– Mi propósito no es otro que el de señalar un mal gravísimo de nuestra situación, que participa más de la naturaleza de mal social que de mal político, con el objeto de provocar un estudio acerca de sus causas y sus remedios, y para el fin de corregirlo en bien de todos y no en beneficio de individuos, bandos o partidos.

– Quiénes son los responsables de la existencia de ese mal, no sé; ni me importa saberlo; expongo y no acuso, busco enmiendas y no culpas. La historia juzgará y su fallo ha de decir si la responsabilidad por la lamentable situación a que ha llegado el país es de algunos o de todos, resultado de errores y de faltas, o de hechos que no caen bajo el dominio y la previsión de los hombres.

– Hablo de la moralidad que consiste en el cumplimiento de su deber y de sus obligaciones por los poderes públicos y los magistrados, en el leal y completo desempeño de la función que les atribuye la carta fundamental y las leyes, en el ejercicio de los cargos y empleos, teniendo en vista el bien general y no intereses y fines de otro género.

– Hablo de la moralidad que da eficacia y vigor a la función del estado y sin la cual ésta se perturba y se anula hasta el punto de engendrar el despotismo y la anarquía y como consecuencia ineludible, la opresión y el despotismo, todo en daño del bienestar común, del orden público y del adelanto nacional.

–  Es esa moralidad, esa alta moralidad, hija de la educación intelectual y hermana del patriotismo, elemento primero del desarrollo social y del progreso de los pueblos (…)  Es ella la que condujo a nuestra República al primer rango entre las naciones americanas de origen español y que se personalizó en ciertos tiempos, no en un hombre sino en el gobierno, en la administración, en el pueblo de Chile.

– Yo no admiro y amo el pasado de mi país a pesar de sus errores y de sus faltas, por sus glorias en la guerra, sino por sus virtudes en la paz.

Falta de moralidad pública

– No han sido ni un régimen nuevo disconforme con las costumbres, ni el aislamiento, ni la ignorancia, ni otros hechos semejantes, los que mantuvieron y aún mantienen en parte a las repúblicas que nacieron a la vida en el primer cuarto de este siglo que concluye, en un perpetuo vaivén entre la anarquía y el despotismo y apartadas del camino del progreso; ha sido la falta de moralidad pública, ha sido el olvido del deber por el funcionario y el abandono de la función pública para dar paso a las ambiciones personales, al odio, a la venganza, a la codicia y al interés de bandería.

 – ¿Pensará alguien que no sufre verdaderamente el país de una crisis moral así como ha sufrido y sufre de una crisis económica? Me atrevo a creer que no; y si engañara, bastaría poner los ojos en las funciones más ordinarias y comunes del Estado para adquirir el convencimiento de que la moralidad pública se halla profundamente quebrantada entre nosotros.

– Esa conquista del trabajo de muchos años, ese fruto de las lágrimas de nuestras mujeres y de la sangre de nuestros conciudadanos, ese premio de la energía y de la perseverancia de nuestros políticos y del pueblo, esa base de nuestras instituciones, del buen gobierno y del orden público, es mercancía que se compra y que se vende, materia que se falsifica, tema de una burda y siniestra comedia.

– Permítaseme ahora formular una cuestión. En un país nuevo, cuyo fomento y cuyo progreso dependen más de la iniciativa y del esfuerzo del poder público que de la iniciativa y del esfuerzo particular, en que se desperdicia el tiempo y se malgastan los ingentes recursos que hubieran de destinarse a aquellos objetos ¿Se cumple la función gubernativa? ¿Se atienden debidamente los grandes intereses nacionales? Y si no atienden estos intereses ni se cumple esa función, ¿hay moralidad pública?

Ceguera sería desconocer que el país es víctima (empleo deliberadamente la palabra) tanto de una crisis económica, cuanto de una crisis moral que detiene su antigua marcha progresista.

Falta gobierno, no tenemos administración

– Consecuencia de innovaciones poco atinadas o efectos de vicios y pasiones, resultado de sucesos fatales u obra de la imprevisión y el abandono, el hecho es que no sería ya temeridad decir, dando a las frases una acepción general y sin referirlas a hombres ni a partidos determinados: falta gobierno, no tenemos administración.

– No pienso que deba disimularse la realidad de nuestro estado y mucho menos pienso que sea razonable desalentarse ente esa realidad. Estas crisis son plagas que azotan a los pueblos que se desvían de los caminos trazados por los principios que rigen la vida de las sociedades…

– Señalar el mal es hacer un llamamiento para estudiarlo y conocerlo y el conocimiento de él es un comienzo de la enmienda. Una sola fuerza puede extirparlo, es la de la opinión pública, la voluntad social encaminada a ese fin; y para formar esa opinión y convertirla en voluntad dispuesta a obrar, hay que poner de manifiesto la llaga que nos debilita ahora y nos amenaza para el futuro y hay que hacer sentir los estímulos del deber y del patriotismo, y aun los del interés por el propio bienestar.

– Tengo fe en los destinos de mi país y confío en que las virtudes públicas que lo engrandecieron volverán a brillar con su antiguo esplendor.

Post Scriptum:

Por todo esto llamo a leer y releer al tatarabuelo. Que nadie piense que estos párrafos son demasiados largos. Fueron escritos a principios del siglo pasado. Pero hay que leerlos quizás para poder comprender bien el presente.

Lillian Calm

Periodista

TEMAS Y NOTICIAS, 05-12-2019

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Humor

El dramaturgo francés Victorien Sardou (1831-1908) dio a un mendigo una moneda de diez céntimos. El pobre se enfadó ante lo exiguo de la limosna y le dijo desafiante:

—¿Qué quiere usted que haga con esto?

—Puedo sugerirle que dé esa moneda a un pobre —le contestó Sardou.

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Le preguntaron durante una comida al abogado, diplomático y multimillonario estadounidense Joseph Hodges Choate (1832-1917), durante muchos años embajador de su país en el Reino Unido, quién le habría gustado ser, y respondió sin dudar:

—Mi heredero.