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EL ADOLESCENTE SOVIÉTICO QUE SE CONVIRTIÓ GRACIAS A UN ÍCONO

EL ADOLESCENTE SOVIÉTICO QUE SE CONVIRTIÓ GRACIAS A UN ÍCONO

EL ADOLESCENTE SOVIÉTICO QUE SE CONVIRTIÓ GRACIAS A UN ÍCONO
marzo 19

Aleksandr Sokolov: “La misma pintura puede ser una oración no verbal. El trabajo, cuando se entiende no como fabricación sino como una práctica ascética, te lleva a un modo sano de vivir.”

Aleksandr Mijáilovich Sokolov nació en 1960. Estudió en la moscovita Escuela Artística de la Academia de Bellas Artes y en el Instituto Superior de Arte e Industria de Moscú, actualmente Academia Estatal de Arte e Industria Stroganov. Participó en la reconstrucción del monasterio moscovita de San Daniel (residencia del patriarca), y en las pinturas murales de los templos de Santa Parasqueva en el pueblo de Piatnitsa (región de Vladimir), en San Juan Apóstol en Moscú, en el templo de madera de Sugawa en Japón y en varios templos en EEUU y Polonia. Casado con la pintora María Vishniak y padre de 4 hijos, fue maestro de iconografía en Rusia y Japón. Aquí cuenta cómo llegó a la fe y al arte.

El famoso restaurador Adolf Ovchínnikov dijo una vez: “Cuando hacíamos nuestro primeros pasos en la restauración, sólo apreciábamos las piezas de antes de los mongoles. Ahora reverenciamos los iconos del siglo XVIII».

Las imágenes únicas se encuentran en todos los tiempos. Igual que los ejemplos de dudosa calidad. Una vez vi un icono pintado por el famoso teólogo del s. XIX Teófanes el Recluso. ¡Vaya desastre, qué falta más absoluta de gusto! Me impresionó el contraste entre su gran experiencia espiritual-ascética en su vida y su literatura ¡y su ceguera artística en la pintura!

Todos reprueban el copiar de los patrones. Pero, ¿cómo se puede pintar? ¿Cómo encontrar un camino equilibrado, sin desviarte ni hacia una “realización del yo” ni hacia un copiado mecánico?

Pienso, desde luego, que es mejor copiar iconos para ganarse la vida que pintar algunas cosas contrarias a nuestros principios. Eso, de alguna forma, te lleva hacia la Iglesia.

»Pero al final, sacar iconos a gran tirada, copiar, está muy mal, ya que disminuye el nivel de las exigencias hacia el icono, al igual que tergiversa su comprensión.

»En general, el mal mayor del arte religioso contemporáneo es un gusto poco exigente de los clientes, consumidores. Lo que les importa es el tamaño, es el argumento. Nadie espera que un icono sea una imagen divina. Son muy escasos los entendidos (sacerdotes, obispos), los puedes contar con los dedos de las manos, así que no pueden influir mucho sobre la triste situación actual.

»Lo que florece es la industria de los objetos de culto, mientras que el arte sacro – sagrado, espiritual – sigue siendo cosa de “freaks”.

– ¿Freaks en qué sentido?

– El arte sacro, por una parte, es de élite: por definición, la persona ha de saber y entender mucho. Por otra parte, es marginal: es la esfera de los que nunca se verán entre los “dueños de este mundo”. El arte sacro está abierto para todos, pero no todos lo necesitan.

– ¿Cómo un iconógrafo puede evitar transformarse en un copista?

– Formándose. Leyendo. E intentando hacer lo menos posible (en la vida, en su taller) cosas inconscientes. Como solía decir un amigo mío, orfebre de iglesia: “las personas viven y mueren sin recuperar el conocimiento”.

– ¿Cuándo vio, conscientemente, un icono por primera vez?

– Tenía unos 14 o 15 años, estudiaba en un instituto de artes de la academia de Bellas Artes. En aquel tiempo se ubicaba enfrente a la Galería Tretiakov. Recuerdo mis sensaciones cuando entraba en la sala donde se exponía el “Salvador de Zvenigorod” de Andrey Rubliov. Se me puso la piel de gallina… Sin ninguna exaltación, de la que, creo, no soy capaz, pero percibía una luz que se desprendía del icono, y la percibía como si fuera una Aparición.

– A los 13-14 años es la edad cuando dejan de ir a la iglesia. Y para usted fue la edad de venir a la iglesia ¿Cómo fue?

– A los 14 las personas comienzan a pensar en el sentido de la vida, y a veces con tanto dramatismo que sienten que sin el sentido no hay vida. Me parece que estaba en mí, en forma aguda, aquella tristeza juvenil, la obligatoriedad de entender el sentido de la vida: si el sentido no existe, ¿para qué vivir? No lo experimentaba yo solo: había algo en la atmósfera que insistía que las personas buscasen una salida de una realidad totalmente vacía del sentido. Luego a menudo me encontré con personas de mi generación que llegaron a la fe en el mismo tiempo que yo. Cuando este problema se me presentó a mí, me dirigí hacia la fe. Me dejaron una Biblia en finísimo papel de arroz traída por una tía clandestinamente del extranjero, y comencé a leer todo seguido.

»Al terminar los cuatro primeros libros (Génesis, Éxodo, Levítico y Deuteronomio), decidí cumplir lo leído a rajatabla y me dirigí a una sinagoga para circuncidarme. Allí hablé con un oficial poco simpático. Tras haberme interrogado sobre mi nacionalidad y aclarado que sólo poseía un cuarto de sangre judía y además, por parte paterna, me dijo más o menos lo siguiente: desde luego, puedes circuncidarte, pero nunca serás un judío de primera clase. Por suerte, no me circuncidaron allí mismo: el rabino estaba fuera.

»Mientras tanto, me puse a leer el Nuevo Testamento. Y ya no volví a la sinagoga sino que me dirigí a la Iglesia a bautizarme. Tenía 16 años. El trato con las personas creyentes comenzó después del bautizo. En seguida me encontré un director espiritual.

»Una vez bautizado, comencé a pensar en que estaría bien pintar un icono. No antes de terminar el instituto. Luego me fui al servicio militar y a la vuelta, en noviembre de 1980, me casé en seguida. En diciembre pinté mi primer icono, en una tabla que había preparado antes de la “mili”. Era una copia del icono de santa Parasqueva de la Catedral del Manto de la Virgen en el cementerio moscovita de Rogozhi. Aquel icono no se conservó, pero el segundo, “No me llores, madre”, sí y se guarda en nuestra casa.

– ¿Qué es iconografía para usted?

– Primero fue la sensación del encuentro con el icono. Quería saber más, entender. Y aún estaba muy lejos de comprender lo que es un icono.

»Sólo en el proceso de trabajo, pasado cierto tiempo, comencé a pensar que la iconografía estaba profundamente ligada con la vida de la Iglesia, con la filosofía cristiana. Y sólo últimamente he comenzado a entender qué es un icono, para qué es un icono.

»La primera sensación, cuando apenas empezaba, era juvenil, primitiva: creía que mi talento podría servir a la Iglesia y a las personas. Y luego apareció otra comprensión, totalmente distinta: que no era un servicio a la Iglesia y a las personas sino simplemente un camino. Una práctica ascética. Una persona puede dedicarse a la formación de su propia alma a través de cierta acción.

»No quiero ofender a nadie, pero a menudo las personas que trabajan con el arte sacro, fabrican objetos de culto. Con un noble fin: adornar un templo, dotar a la gente con un medio de oración y, lo que también considero digno, ganarse el pan. Pero, idealmente, todo eso ha de ser secundario.

»Y la finalidad primordial es la formación del alma de uno mismo. Si una persona se dedica al arte sacro, ha de sincronizarse con la armonía divina.

– ¿Dónde aprendió, con quién?

– Mi maestro principal fue nuestro director espiritual, mío y de mi esposa, el padre Anatoli Yakovin, párroco del pueblo de Piatnitsa de la región de Vladimir. Falleció hace unos 10 años. Para mí, al igual que para muchos otros iconógrafos, ha sido el experto número uno en el ámbito del arte sacro ruso antiguo, lo entendía y lo apreciaba.

»Hay que decir que el padre Anatoli no era un pintor. Pero arregló su templo de madera (construido en el 1925, época de las persecuciones religiosas) de tal modo que ahora lo considero un ejemplo de interiorismo eclesiástico. Allí trabajaron muchos de los iconógrafos contemporáneos. Yo también tuve ese privilegio.

»El padre Anatoli me apoyaba y ayudaba como podía. Cuando nos casamos no teníamos nada: ni casa, ni dinero, ni trabajo. Y el padre Anatoli me daba encargos: copiar iconos, pero, creativamente, pensando en lo que estabas haciendo, era interesante.

»En los años de estudios en el instituto superior me ayudó mucho otra persona, hoy ya fallecida: Boris Andreev, también iconógrafo. Me lo había presentado mi tía, la de la Biblia… La tía jugó un gran papel en mi vida. Ella me llevó a la escuela de arte. Más tarde, cuando decidí bautizarme, me vigilaba, para que lo hiciera todo conscientemente, con entendimiento. Aunque ella aún no estaba bautizada.

»Boris Andreev trabajaba en el Centro Científico-Artístico de Restauración Grabar, y clandestinamente pintaba iconos. En aquellos años aún estaba en vigor el artículo del Código Penal de la “Fabricación de objetos de culto” (4 años de cárcel con confiscación de bienes) que quedó de los años 20 del s. XX, aunque en la práctica, en los 70-80 ya no se aplicaba.

»También yo comencé a trabajar en el Centro Grabar. Primero, de agente de logística. Luego, en la biblioteca, de conservador de muestras de exposición. Ayudaba a organizar exposiciones tipo “Pósters de los primeros quinquenios”. Lo importante era poder usar la biblioteca donde se guardaban muchos materiales interesantes, incluidos los no publicados, mecanografiados, traducciones de libros dedicados a la técnica del arte medieval, de la iconografía.

»En el Centro grabar trabajó y sigue trabajando Adolf Ovchinnikov que elaboró una tecnología detalladísima y correctísima de la iconografía. Ya entonces prestaba mucha atención a que, en el arte sacro, todos los procesos tecnológicos han de tener un significado especial.

»Dos años de estudios me dieron muchísimo. Podría haber seguido estudiando, pero en 1983 la Iglesia recuperó el monasterio de San Daniel, lo comenzaron a restaurar, y el Patriarca envió allí al famoso iconógrafo padre Zinon (Teodoro). Y trabajé con él un año en el monasterio de San Daniel.

– Hablando de maestros en el plano de la vida, espiritualmente, ¿a quién puede nombrar?

– Otra vez nombro al padre Anatoli. También, durante 6 años fui a los EEUU a visitar al protohereo Víctor Potapov, párroco de la catedral de San Juan Bautista en Washington que durante casi 30 años dirigía los programas ortodoxos en la “Voz de América”.

»Su templo, cuando nos conocimos, estaba tan cuidado que no se le podía ocurrir a uno qué aportar… En resultado, hice unos mosaicos en las fachadas del templo, mosaicos y pinturas murales en la capilla del cementerio de su parroquia. Seguimos siendo espiritualmente cercanos. Por desgracia, nos vemos poco…

– Usted es el autor del venerable icono “Cáliz Inagotable” que se guarda en el monasterio de Vysokiy en la ciudad de Serpujov en la región de Moscú. ¿Qué es un icono milagroso?

– Es una presencia misteriosa e inexplicable de la fuerza divina que se manifiesta en respuesta de algunas esperanzas, expectativas, oraciones de las personas. ¿Cómo pasa esto? No lo puedo decir. Un milagro no es un fenómeno, algo explicable científicamente. Un milagro es algo que influencia el alma, y da igual si de modo natural o sobrenatural. Si todo pasa sin ningún resultado para las almas humanas, sólo nos queda encogernos de hombros y constatar: “Ha habido un caso…”

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»Para una persona que participe en los sacramentos de la iglesia, los milagros son ordinarios. Si creemos en el milagro eucarístico, cuando el pan y el vino se transfiguran en el Cuerpo y Sangre de Dios, creemos que a través de la Comunión nosotros mismos nos comunicamos con la Vida Eterna, eso es mucho más fuerte que la curación de una dolencia física.

– ¿Existe una responsabilidad especial por haber pintado un icono milagroso?

– Me da vergüenza pensar que yo, el pintor de ese icono que media curaciones a los alcohólicos, también bebo a veces si la compañía es buena –se ríe el artista–.

»Hablando en serio, sí, la responsabilidad aumenta, pero no por un icono concreto, sino que viene con la edad, con la comprensión de que cada año te queda menos tiempo. Para mí la responsabilidad está en lo otro: intentar no hacer algo en contra de mi conciencia.

– ¿Tiene usted algunas imágenes, iconos favoritos que prefiere pintar?

– Me gusta la iconografía de Nuestra Señora de Quersoneso, y he tenido que pintarla varias veces. Muchas veces he pintado la Santa Faz. Pero como es un protoicono, tiene sentido volver a pintarlo una y otra vez – para constatar hasta dónde has llegado o no has llegado. Constantemente pinto a San Nicolás. Siempre es reconocible, es interesante pintarle.

»No me gusta demasiado pintar a los santos sin tener una buena imagen personal, con un rostro abstracto, cuando nadie sabe qué aspecto tenía el santo, cuando hay poca información sobre él… Resulta que estás creando una imagen esquemática. Es mucho más interesante pintar a un santo cuya memoria se guarda y se pasa cuidadosamente, o existen sus fotos.

»Más de una vez he pintado a los santos recientes, nuevos mártires. Me es importante transmitir los rasgos personales de un santo, iluminados por la Luz Divina.

– ¿Qué es más interesante, la pintura monumental o los iconos?

– Me gusta hacer de todo, sobre todo lo que no sé hacer. A menudo comienzo a hacer algo antes desconocido por mí. ¿Un interés deportivo? Me da fuerzas, inspiración.

»Aunque puedo repetir, humilde e interminablemente un trabajo de costumbre, como un músico que está tocando a Bach o Mozart por enésima vez. Es fabuloso.

»A veces, hay que hacer algo novedoso, por ejemplo, una pintura mural. Aunque ahora ya me es pesado físicamente y requiere fuerza de voluntad: uno ha de esforzarse, madrugar, trabajar horas y horas. Se requiere disciplina e interacción con otras personas. Dirigir una pintura mural, trabajo en equipo, es una profesión aparte, y muy dura. Por eso actualmente realizo unas pinturas murales en solitario – en el templo de Nuestra Señora de Kazán en el pueblo moscovita de Puchkovo.

– ¿En qué se diferencian el proceso de creación de un cuadro de un icono?

– El proceso de pintura de un icono está reglamentado. A través de cada acto, de repetición de ciertas fórmulas, la persona se comunica con lo que está haciendo. Idealmente, el trabajo del iconógrafo ha de ser un servicio consciente, cuando cada paso tiene su significado, comenzando con la elección del material.

»Tengo la experiencia de tallar tablas de un tronco, prepararla y luego pintar el icono. Todo tiene su significado, incluso el preparado de los tintes: reunir los ingredientes, mezclarlos… Comprar un bote de pintura, sin más, es distinto. En este caso dejas escapar algo muy provechoso para tu alma. El mismo proceso tecnológico contiene muchas cosas de importancia. Pero, en la vida real, todo esto que estoy diciendo sólo sale a medias

– ¿Su día comienza en el taller?

– Por la mañana, normalmente, estoy en la obra, luego voy al taller, donde trabajo al lado de mi mujer.

»Por la noche solemos ver películas, y así llevamos unos cinco años. Antes no teníamos televisión ni vídeo. Luego, todos mis hijos se compraron computadores, y yo, un dvd. Pero mis hijos crecieron sin televisión. No por una prohibición tajante, podían ir a ver algo con los vecinos… como lo hacíamos a veces nosotros mismos. Pero es imposible tener una tele en casa: es una violencia contra la persona, es que te absorbe, al pie de la letra, y además con tonterías…

– ¿Sus hijos no son pintores?

– Mi hija mayor es historiadora, y aunque sabe pintar y barnizar en oro… tiene tres críos pequeños. Otra hija es diseñadora de ropa, y también sabe barnizar en oro: actualmente me está ayudando en el templo. Mi hijo Iván sabe hacer de todo: pintar, esculpir… pero esculpe albóndigas: es cocinero.

Mi hijo menor también trabaja conmigo en el taller, pero es informático y ve su futuro entre ordenadores.

»Opino que hemos cometido muchos errores en su educación. Pero lo de haber elegido su propio camino, es normal.

– ¿Los niños crecieron y dejaron de ir a la iglesia?

– Siguen yendo a la iglesia, pero para ellos no es lo mismo que para nosotros. Lo que no se compra a un alto precio, no suele valorarse. Ellos son parroquianos desde su nacimiento, para ellos todo es natural, tranquilo, sencillo, sin revelaciones. Espero que cada uno tenga por delante un encuentro verdadero con Dios.

– ¿Cómo se compagina una familia numerosa y la realización de uno mismo? ¿Cómo a menudo tuvo que trabajar sólo para conseguir dinero?

– De momento sigo sin poder rechazar trabajos por encargo para ganarme la vida. Ya me gustaría hacer sólo lo que me guste, de momento lo puedo permitir raras veces. Mis hijos aún no son del todo independientes. Sólo llevan un año ganando dinero para ellos mismos. Así que nunca he tenido la libertad de hacer lo que quisiera. Tengo muchos sueños por realizar.

– ¿Conoce la situación cuando parece que todo va mal, cuando se caen las manos, en depresión?

– No, desde los 16 años. Y entonces, también solo de resaca. En realidad, soy un hombre feliz. Tengo una mujer sin la cual no me imagino. Somos uno. Desde luego, a veces nos reñimos. Ella es de los cosacos, creció en el Cáucaso, con su temperamento correspondiente… ¡Así la depresión no tiene ninguna posibilidad!

– Su “Cáliz Inagotable” se suele tratar utilitariamente, sólo como un icono que cura el alcoholismo. ¿No le parece un sacrilegio?

– Es un sinsentido cuando la veneración de una imagen se transforma en un rito pagano con olor a ocultismo. El significado del icono es litúrgico. “Inagotable” – no se refiere a una copa que se bebe sin emborracharse. La traducción exacta sería “sin término”, Cáliz Eterno, aquel Cáliz en que cada día el vino y el pan se transubstancian en la Sangre y el Cuerpo del Señor.

»Es sabido que el icono fue obtenido y venerado precisamente por su intercesión en la lucha contra la borrachera. Y muchos acudían a él por esta razón y obtenían aquello que pedían. No creo que sea una tergiversación de su sentido: simplemente hay un lado teológico y otro, cotidiano. Y lo teníamos en cuenta cuando reproducíamos el icono. La idea era del abad del monasterio Vysokiy el padre Iosif (ahora es obispo).

»El icono original se había perdido definitivamente, se cree que destruido por los bolcheviques. No se conserva ninguna copia canónica; según testimonios escritos, era “al estilo griego antiguo”, o sea, postbizantino, de ss XVI-XVII. No queríamos estilizar el icono, solamente procuramos restaurar la iconografía según la descripción literal.

-¿Cuánto tiempo duró el proceso?

– Un mes. Normalmente no pinto una sola cosa sino varias a la vez, el proceso de crear un icono lo presupone. Después de acabar el dibujo, el pintor pasa el icono a otro artista que barnice en oro los nimbos. No es por eficacia, simplemente es una tradición en mi familia: yo quería que mis hijos participaran en el trabajo, así que ellos barnizan en oro.

-¿Empezó a pintar iconos en el período de su entrada en la iglesia?

– No, mucho más tarde. Me bauticé a los 16, y a los 2 años me fui al servicio militar. Intenté eludirlo, para lo cual quise entrar en la Academia de Bellas Artes: no tuve éxito, porque era el único de los aspirantes que no pertenecía a las Juventudes Comunistas. Así que serví 2 años en la Armada, pero en la costa, dibujando pósters. Al regresar, en seguida comencé a pintar iconos.

-¿Con qué icono ha realizado un camino que es el que más le ha importado?

– ¿Qué persona es la más importante en tu vida? La que tienes ahora delante. Igual con un icono: si eres sincero, el más importante es el que está enfrente. Es lo ideal. Pero en la práctica hay casos cuando has de terminar de prisa, como sea, sobre todo por falta de tiempo. Para un iconógrafo no hay nada peor que un cliente que mete prisas: para una fiesta, para la visita del obispo… Y así sale un icono con tufo de chapuza…

-¿Tiene usted algunas oraciones especiales o prácticas de ayunos para el proceso o para el comienzo de su trabajo?

– Antiguamente, en realidad, la vida de un iconógrafo debía someterse a un cierto reglamento, pero no solían cumplirse a rajatabla, como nos cuentan las vidas de los santos. Hoy por hoy mi director espiritual dice que tomarse algunas reglas, sean de oración o de ayuno por encima de las reglamentadas por la Iglesia, es insensato. A ver si soy capaz de cumplir lo básico…

»Las oraciones verbales durante el trabajo o frenan el trabajo, o frenan la oración. Pero supongo que la misma pintura puede ser una oración no verbal. El trabajo, cuando se entiende no como fabricación sino como una práctica ascética, te lleva a un modo sano de vivir. El arte como labor da mucho para el alma, el corazón, la razón. Si al final te sale un artefacto: un cuadro, icono, lo que sea, es un resultado colateral. El 90 % del sentido está en la labor misma.

»Por ejemplo, antiguamente el copiado de los libros manuscritos no era simplemente sacar tiradas, era un método de concentración, mantenerse en silencio. Probablemente el sentido del trabajo es esa búsqueda del espíritu de la paz, como ideal. El arte te permite sentir la alegría de vivir, a la par que la gratitud para con el Creador. Y la gratitud es la forma superior de la oración.

– Hablando de arte, ¿se refiere al arte sacro?

– No me gustaría separar el arte sacro y profano. Si llamamos arte sacro sólo aquello que se fabrica para interiorismo eclesiástico, es una definición muy estrecha. Es igual que considerar que la vida cristiana abarca sólo aquello que pasa durante la Eucaristía. Creo que un cuadro puede decirte no menos, y a veces más que un icono pintado mecánicamente. Tal icono se aproxima al arte abstracto es un conjunto de líneas y colores. Hay iconos pintados sin participación del alma. Y con el tiempo no se transformarán por más que se ore ante ellos, no se harán milagrosos, quedan de baja calidad. Entre los iconos antiguos, hay que decirlo, hay muchos de baja calidad.

– ¿Le proporcionó algo nuevo su trabajo en Japón?

– ¡Muchísimo! Japón me ayudó a comprender qué estaba haciendo. Antes había muchas cosas que hacía sin pensar. En Japón, en la tradición oriental, el arte y la filosofía van juntos. Es aquella “cosmovisión en colores” de la que se hablaba refiriéndose a la iconografía a principios del s. XX. Por desgracia, en Rusia a menudo el arte sacro se convertía en fabricación en masa, copiado, lo que llevó a la decadencia. Se evaporó el espíritu… Originalmente, en Rusia los iconos se consideraban como fabricación profana de objetos de culto, en las aldeas artesanas los pintaban mecánicamente, los vendían casi a peso, por cuatro duros… los que siguen valiendo ahora. Mientras que en la tradición oriental el arte es un método de comprensión de este mundo, un modo de comunicación con las fuerzas sobrenaturales.

»Por primera vez me vi en Japón gracias a una mujer maravillosa, Okawa-san que, en su vejez, decidió dedicarse a pintar iconos. Ella toda su vida ha sido ortodoxa, sus padres alcanzaron a conocer a san Nicolás Kasatkin, arzobispo de Tokio que dejó tras su misión a más de 30.000 cristianos ortodoxos en Japón y la catedral de Tokio que los japoneses llaman “Nikolai-do”.

»Okawa-san me invitó a Japón para que le enseñara a pintar iconos, y a cambio me dio muchísimo para entender lo que estaba haciendo. Por ejemplo, entonces comprendí que el icono era un Camino. La palabra japonesa de moda, “dao” o “do”, significa “camino”. Cuando decimos “aiki-do”, “ju-do”, no pensamos en eso. Pero en el oriente es lo mismo: la técnica del arte y su comprensión filosófica. O sea, se puede decir con toda certeza que la iconografía también es un camino, un camino de desarrollo espiritual: “Icono-do”

– ¿Cómo son los iconos japoneses? ¿Intentan dibujar algún símbolo japonés, o dar a los santos rasgos orientales?

– Eso lo practican los artistas católicos con un fin misionero, supongo: acercar la imagen a las tradiciones nacionales, hacerla más comprensible. Creo que es un fin erróneo, porque el icono es bastante universal y cosmopolita. En Rusia siempre apreciaron los iconos griegos. Ahora, en Grecia aman mucho los iconos rusos…

– ¿Qué piensa de que ahora hay que pintar unos iconos más contemporáneos? Por ejemplo, el manga es popular, hay que pintar al estilo del manga…

– Yo, como Mao, repetiría: “Permitir que 100 flores florezcan”. Mi director espiritual era más bien tradicionalista, conservador. Pero nunca se reía de mí cuando me entusiasmaba con algún aspecto del arte contemporáneo. Siempre con mucha atención trataba mi experiencia y me permitía enfermarme y convalecer por mí mismo. Porque después de una enfermedad la persona queda inmunizada.

– ¿A partir de qué edad sus hijos le ayudan en el taller?

– A partir de los diez, once, es individual. Lo importante es que sigan ayudando. Mi hijo menor ahora tiene 18, y cuando necesita dinero viene a preguntar si tengo algún trabajo para él. Y le invento algo, barnizar no sé qué, porque creo que un trabajo así sostiene al hombre, y si además le proporcionan el dinero, es un plus.

– ¿Quiénes, según usted, pueden pintar iconos?

– Hubo un tiempo que yo hablaba con escepticismo de varios cursillos a dónde venían personas de muy distinto nivel de preparación. Sobre todo están difundidos en el occidente, donde las ociosas abuelas jubiladas se entretienen con iconos, mosaicos, etc., sabiendo de antemano que no llegaran a grandes éxitos. Desde el punto de vista de un profesional es poco serio. Pero con el tiempo llegué a entender que esa gente se dedica, en general, a su alma, hacen algo que es importante para ellos personalmente.

»Hace tiempo pasé al lado de una cárcel y pensé. Allí la gente se dedica a tonterías tipo coser manoplas, fabricar escobas… Creo que sería más correcto proponer a los reclusos a familiarizarse con el arte sacro. Pueden preparar las tablas, rizas metálicas, se puede fundir, prensar, hacer mosaicos, azulejos, tallar en madera, o pintar iconos. Eso sería mucho más interesante y ayudaría muchos más que una terapia laboral formal. Porque no es lo mismo una labor que una fabricación.

»Todo el mundo puede dedicarse al arte sacro. En su idea es comunitario, anónimo. Incluso cuando dicen que un icono es de Andrey Rubliov, lo correcto es decir “la manera, escuela, ámbito de Andrey Rubliov”. El icono no es una autorrealización sino una parte de la liturgia. Si lo comparamos con la música, es el arte de la interpretación. Y los que interpretan la música, en gran medida, no son los solistas sino un coro, orquestra, grupo…

NOTA SOBRE El ICONO «CÁLIZ INAGOTABLE»

El icono “Cáliz Inagotable” fue encontrado en 1878. Un campesino que padecía mucho por su dependencia alcohólica, soñó tres veces con un anciano venerable que le indicaba que encargara una misa en honor al icono del “Cáliz Inagotable” del monasterio de la Madre de Dios en Serpujov.

El campesino, con sus piernas que ya casi no funcionaban, se puso en camino, a veces a cuatro patas, a veces con muletas. En el monasterio nadie había oído hablar de tal icono. Pero en un pasillo entre la catedral y la sacristía encontraron una imagen en cuyo reverso estaba escrito “Cáliz Inagotable”. Después de la misa el campesino regresó a casa con sus piernas curadas y dejó el vicio de la borrachera.

La voz sobre su curación milagrosa corrió por su comarca, y a Serpujov comenzó a venir gente que padecía alcoholismo con ansias de encontrar la curación de su pasión mortífera. En 1929, los poderes soviéticos requisaron el icono. Se sospecha que fue destruido.

Religión en libertad.

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Humor

Le preguntaron a la ingeniosa escritora francesa Madame de Staël (1766-1817):

—¿Por qué las mujeres bonitas tienen más éxito entre los hombres que las inteligentes?

—Muy sencillo —respondió la escritora—, hay pocos hombres ciegos, pero los tontos abundan.

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Cuando le criticaban al dramaturgo Pedro Muñoz Seca (1881-1936) que malgastara su evidente talento en obras fáciles dirigidas al gran público, él se defendía diciendo:

—Prefiero pasar hoy en automóvil por donde está la estatua de Cervantes a que mis hijos pasen a pie por donde mañana pudiera estar la mía.

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