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Vivir la fe en un mundo difícil

Vivir la fe en un mundo difícil

vivirDebemos enseñar a permanecer lúcidos y coherentes en la fe, a afirmar la identidad cristiana y católica, a dar testimonio de Dios, a ser Testigos de Cristo.

 

La “fe del carbonero”, que es aquella del que cree a ciegas, no sirve para una persona educada. Debemos educar nuestra fe tal como educamos el resto de nuestros conocimientos. Debemos conocer la voz del Buen Pastor, guiados por Él y a la luz de la doctrina de la Iglesia, para no equivocarnos siguiendo el llamado de extraños.

Dichos extraños abundan en este mundo, cuya globalización negativa se convierte en “dictadura ideológica” a través de diversas instituciones internacionales que:

  1. Atacan el núcleo fundamental de la sociedad: LA FAMILIA.
  2. Condicionan su ayuda “humanitaria” a los países pobres me­diante programas de control de natali­dad.
  3. Presentan en los medios de co­municación, reiterada y perma­nentemente, propagando tanto normas insidiosas como formas de vida inmorales e inhumanas.
  4. Propugnan una religión que fomenta lo fácil, lo que gusta, lo que conviene, aquello que no se rige por normas morales, marginando así “lo difícil y lo exigente”.
  5. Invitan a un progreso desbordante de tecnología, especialmente comunicaciones, transformando al hombre en “homo-videns”, en cuya vida rigen las imágenes más que los conceptos o los principios.
  6. Somete al hombre a una esclavitud de la imaginación, sin Ética, sin moral, y que destruye conceptos con el consecuente desborde en el campo médico.
  7. Los sectores marginados de la sociedad se sienten inútiles y buscan las soluciones a la desesperanza en la droga y en el alcoholismo, al ver cómo mientras el hombre llega a la luna, en nuestro planeta crecen los montones de basura.
  8. Proponen vivir en un “supermercado” cuya moral y Ética se eligen por el envase, con una frivolidad consciente, en que lo trivial tiene secuestra a la libertad, eligiendo el hom­bre lo inmediato y lo ruidoso.
  1. Hacen perder los puntos de referencia y con ello aparece el estrés.
  2. Proclaman parcialmente los derechos que exaltan el individualismo y el igualitarismo. Su resultado es la “cultura de la muerte”, que no menciona los “deberes del hombre” perdiéndose por tanto, el sentido de lo humano.
  3. Hace que el miedo se apodere de la sociedad y no se quieran enfrentar las verdades.

Todo lo cual conduce a un “neo-paganismo”, a un secularismo progresivo. El nuevo dios es la comodidad y el placer, se destierra todo lo difícil.  Se produce un distanciamiento de las raíces cristianas, el vagabundeo espiritual, la búsqueda sin anclaje que mezcla verdades.

Abunda la soberbia, enfermedad siempre presente en el hombre, que es un poder nefasto y destructivo, cuyo resultado es el endiosamiento que da como fruto la mentira y el eclipse de la razón.

Perdernos así la sensibilidad para percibir las realidades de los demás, endurecemos nuestro corazón y nos olvidamos de Dios.

Dios nos creó sin necesitarnos y lo hizo por amor. Por esto, debemos estar conscientes que no le soy indiferente. Yo soy una persona única e irrepetible, dotada de talentos y con una misión concreta que debo llevar a cabo en el tiempo que me ha sido dado. Es decir, si no cumplo con dicha misión, queda un vacío que nadie más puede llenar. Esta es mi gran responsabilidad y reconocerla es signo de madurez cristiana.

Por todo lo anterior y como contrapeso a esta avalancha que se nos viene encima, debemos crecer en la escucha de Dios, redescubrir el valor de la oración, vencer la pereza y la mediocridad y adquirir un fuerte compromiso de caridad con las personas más necesitadas, a través de quienes servimos a Cristo.

En este mundo tan difícil que nos toca vivir, debemos educar ayudando a los cristianos a ser “luz” y “sal”.

Asimismo, debemos enseñar a permanecer lúcidos y coherentes en la fe, a afirmar la identidad cristiana y católica, a dar testimo­nio de Dios, a ser “Testigos de Cristo”.

La oración, los sacramentos frecuentes, el estudio de la doctrina de la Iglesia, nos hace cada vez más grande en nuestra Fe, y a la vez nos hace más pequeños, más humildes, más caritativos, requisito indispensable para “pasar por la puerta pequeña” hecha para los niños en la cual caben sólo los más grandes a los ojos del Padre, aquellos que “son capaces de imitar al Hijo”.

Ivette de la Harpe. Catholic.net

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