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San Josemaría y la afectividad

San Josemaría y la afectividad

josemaria«¿Os explicáis el desorden moral que supone dar huevos frescos a una gata, y pescado bueno a un perrote, mientras muchos hombres comen −beben− unos cazos de agua con arroz? El Dr. Manuel nos libre ¡siempre! de los desarreglos del corazón» (Carta de Josemaría Escrivá a los fieles del Opus Dei en Valencia, Madrid 26-V-1937).

Este mes de junio se cumplen 50 años de la preciosa homilía que san Josemaría dedicó al Corazón de Jesús[1]. Esta efemérides y el contexto del Año de la Misericordia en el que nos encontramos, nos permite reflexionar y profundizar en el tema de la afectividad tal y como la trata san Josemaría en la citada homilía.

Como fácilmente se comprende, no podemos ni intentamos agotar este tema. Sólo buscamos sacar a la luz un aspecto sobre el que vale la pena pensar, mucho más actualmente. Ya han salido algunos estudios más concretos sobre el tema de la afectividad a la luz de las enseñanzas y escritos de san Josemaría, a los que me remito [2], además de otras obras generales que también son necesarias para contextualizar mejor sus afirmaciones[3]. Con todo ello, serán siempre sus propios escritos la mejor fuente a la que poder acudir para poder conocer su pensamiento. En este artículo sólo nos vamos a ceñir a algunas ideas que pueden extraerse de la lectura meditada de la citada homilía.

Por tratarse de un santo y además tan reciente e innovador, es mucho lo que quedará siempre por decir. Como fundador del Opus Dei, san Josemaría no sólo ha sido un gran santo de nuestros días y como tal modelo de todas las virtudes cristianas, sino que sobre todo ha sido el instrumento del que Dios se ha servido para abrir un nuevo camino de santidad en medio del mundo, proclamando por todas partes la llamada a la santidad en el trabajo cotidiano y en las circunstancias ordinarias de la vida. Una llamada universal dirigida tanto a hombres como a mujeres, cada uno con su personalidad y modo de ser, sin otras distinciones que las que su naturaleza y la vida misma les dé, sin pretender sacar a nadie de su sitio.

Es en este contexto en el que deben proyectarse los comentarios que vamos a hacer. Se trata sólo −repito− de meditar algunas de sus ideas que nos ayuden a profundizar en un aspecto central de la vida cristiana, muy necesario por otra parte en este Año de la Misericordia: que toda persona ha de conformar su corazón a la medida del Corazón de Cristo, único modelo universal.

Abordaremos el tema desde la periferia hacia el centro. Primero hablaremos del problema que suscita el tema de los afectos en san Josemaría y su modo de plantearlo y resolverlo. Eso nos llevará a su trato con el Corazón de Jesús, y a partir de ahí de la necesidad de amar con un solo corazón y del binomio temático “caridad oficial–cariño humano”, temas recurrentes en su predicación y enseñanza. Al final podremos concluir que la espiritualidad de san Josemaría en este terreno puede ser calificada de una teología del “sentido común”.

Ojalá esta efemérides que celebramos nos sirva para leer calmadamente y con provecho la homilía, para meditar más en profundidad en el misterio insondable de amor que alberga el Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús y para que, finalmente, el propio san Josemaría nos anime a hacer nuestras unas palabras que él repetía incansablemente: “¡Gracias, Jesús mío, y danos un corazón a la medida del Tuyo!”[4].

El puesto de la afectividad en la vida del cristiano, según san Josemaría

La dimensión afectiva de la persona −igual que las tendencias biológicas− posee la misma dignidad humana de que gozan la inteligencia y la voluntad, aunque está en un orden diverso. No es menos humano sentir atracción hacia alguien que pensar. Desde esta perspectiva surge una visión necesariamente muy positiva de la afectividad humana, alejada tanto de una absolutización de los sentimientos, como de un falso espiritualismo: no somos ni “sólo afectividad” (impulsos, emociones, instintos), ni “sólo espiritualidad” (razón y voluntad): “Me dices que sí, que quieres. —Bien, pero ¿quieres como un avaro quiere su oro, como una madre quiere a su hijo, como un ambicioso quiere los honores o como un pobrecito sensual su placer? —¿No? —Entonces no quieres” [5] .

La moral católica no observa con recelo a los sentimientos. Al contrario, da una importancia fundamental a su cuidado y su educación, pues tienen una enorme trascendencia en la vida moral. Orientar y educar la afectividad supone un trabajo indispensable de purificación, porque el pecado ha introducido la cizaña del desorden en el corazón de todos los hombres y es por tanto necesario sanarlo. Por eso escribió san Josemaría: “No te digo que me quites los afectos, Señor, porque con ellos puedo servirte, sino que los acrisoles” [6]. Los sentimientos aportan a la vida gran parte de su riqueza, y resultan decisivos para una vida lograda y feliz: “Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda sino un corazón enamorado” [7]. Y para ello hay que educar el corazón, aunque no siempre sea una tarea fácil.

En este terreno la mujer tiene en concreto para san Josemaría un papel principalísimo. La mujer, cuya riqueza afectiva es más intensa y extensa que la del varón, enseñará a este a vivir de un modo más afectivo. Él ha de aprender qué significa, ternura, delicadeza, detalle, oportunidad, mimo, complicidad… Ella ha de aprender que él está aprendiendo siempre y no termina nunca de conseguirlo [8].

Lograr ese equilibrio en la educación de los afectos nos ayudaría a vacunarnos de las dos enfermedades que suelen darse en este terreno: el peligro del sentimentalismo y el peligro del estoicismo. Peligros que, al mismo tiempo que se contraponen, suelen bascular en el tiempo y en el desarrollo de las personas, como defectos que se corrigen entre ellos sin poder llegar jamás a la armonía. Para san Josemaría el “sentimentalismo-pietismo” es una caricatura del verdadero amor y piedad cristiana. Así lo expresa con mucha frecuencia [9]. Pero si teme ese exceso enfermizo de sentimientos, aún le preocupa más que la afectividad pierda el calor y la viveza del Amor de Cristo, esto es, que el corazón se vea encorsetado, seco[10], rígido[11]. En definitiva alarma sobre el grave riesgo que supone entender la caridad tal y como la suele entender cierto tipo de laicismo moral muy frecuente en nuestros días: “caridad oficial, seca y sin alma” [12]. Quienes tienen una imagen tan distorsionada del amor piensan equivocadamente que “conservar un corazón limpio, digno de Dios, significa no mezclarlo, no contaminarlo con afectos humanos” [13]. Sería un gravísimo error que traería graves consecuencia en la vida interior pues, como él mismo declara con preciosa expresión, “somos enamorados del amor. Por eso el Señor no nos quiere secos, tiesos, como una cosa sin vida” [14]. Esto supone y lleva a san Josemaría a afrontar el riesgo de amar “demasiado afectivamente”. Prefiere pasar esa “prueba” antes que quedarse con un corazón angélico o encorsetado. Además, ¿quién está eximido de pasarla si lo que busca es el Corazón infinitamente amable de Cristo?

San Josemaría y el corazón como problema

En san Josemaría la afectividad es “un problema necesario” para solucionar los problemas. Su experiencia personal y pastoral le lleva a afrontarlo sin miedos y sin tapujos a pesar de saber que se está moviendo en arenas movedizas y que son muchos quienes examinan con lupa todo lo que diga, a veces para interpretarlo torcidamente. No le importa. Le importa más salvar la senda del corazón.

Para ello lo primero es saber guardar correctamente el corazón, como un tesoro recibido de Dios, como una parte esencial de nuestra imagen y semejanza divina. Se trata de un tema que era frecuentemente tratado ya en la tradición ascética española. En uno de los autores que más influyó en esa tradición −Francisco de Osuna− se puede leer por ejemplo lo siguiente: «Para darse el hombre a la oración, de que este Tercero alfabeto trata, es cosa muy esencial ceñir y apretar y encarcelar el corazón, y hacerle una jaula de perpetuo silencio donde le encerremos para evitar vagueaciones suyas, según aquello del Sabio: Guarda tu corazón con toda guarda, porque de él procede la vida (Pr 4, 23)» [15]. San Josemaría conocía y leyó con provecho el libro de Osuna, pero recibió y profundizó en el tema a través más bien de otros veneros, entre los que quizá destaca la escuela francesa de espiritualidad. En concreto, el tema recurrente en él de la “guarda del corazón” es tratado sobre todo en un libro muy apreciado por el autor: El alma de todo apostolado, del P. Chautard [16]. También fue enorme la influencia que recibió de los escritos de santa Teresa, cuyo paralelismo en este tema, tanto en el modo de afrontarlo como en el modo de solucionarlo, es sorprendente, mucho más aún si tenemos en cuenta que se trata de épocas, personalidades y espiritualidades tan distintas [17] .

El tema de la “guarda del corazón” (que en el caso de san Josemaría es como hablar del “problema de los afectos en la vida interior”) fue ya un tema frecuente en su vida y sus escritos desde los comienzos. Son del año 31 estas palabras: «La guarda del corazón: Jesús, que mi pobre corazón sea huerto sellado: que mi pobre corazón sea un paraíso, donde vivas Tú: que el Ángel de mi Guarda lo custodie, con espada de fuego, con la que purifique todos los afectos antes de que entren en mi pobre corazón» [18]. O en un retiro en Segovia (1932) escribía: «Mi pobre corazón está ansioso de ternura. Si oculus tuus scandalizat te… No, no es preciso tirarlo lejos: que no se puede vivir sin corazón» [19] . O un último ejemplo, de 1935, de uno de los documentos principales de formación que redactó san Josemaría para la formación de los miembros de la Obra, donde escribía: «¡El corazón! Leía, en la Santa Misa de la Dominica IV después de Pascua, la oración correspondiente, y me apresuré a hacer una ficha, con el fin de repetirla más de una vez. Aquí está: …da populis tuis id amare quod praecipis, id desiderare quod promittis: ut, inter mundanas varietates, ibi nostra fixa sint corda, ubi vera sunt gaudia; danos amar lo que mandas, desear lo que prometes: para que, en medio de las vicisitudes mundanas, allí estén fijos nuestros corazones donde están los verdaderos goces» [20].

Tal vez, entre las épocas de mayor crecimiento y madurez interior en la vida de san Josemaría, se encuentre el tiempo en el que tuvo que estar encerrado en la Legación de Honduras en Madrid, durante unos meses, escondido en plena Guerra Civil. Allí creció “para adentro” en muchos aspectos. Sus meditaciones en aquel encerramiento muestran cómo el Señor le ayudó a hacer mucho en su vida de piedad y también en su madurez afectiva. Desde allí, y con ese humor tan característico de sus cartas durante la guerra civil, escribía por ejemplo a un miembro de la Obra: «¡Calma, pequeño! Mucha calma: «Alma, calma», se leía en el mote de un repostero. Y es un mote que te recomiendo. –Y a todos: siete cerrojos en el corazón. ‘¡Pobre corazón!’ ¿Pobre? ¡Que sufra y se fastidie! ¿Pobre corazón? ¡Traidor corazón! Que no se me olvide: para esto del corazón, el abuelo tiene experiencia (los años), y D. Manuel (Dios)… ¡tiene cada receta más eficaz!…» [21].

Pero si leyendo los textos del periodo de la Legación de Honduras podemos tal vez concluir que la reflexión en torno al misterio del corazón humano fue especialmente viva en san Josemaría en esa época, en realidad se trata de un tema que se encuentra tratado con frecuencia en todos sus escritos, y que le preocupa. A veces subraya “el peso de las pasiones” en su sentido negativo[22]; otras la necesidad de “depurar” los afectos, de quemar sus “escorias”; otras el peligro de que al “derrochar ternura”[23] se puedan introducir sentimientos menos legítimos que signifiquen apegos del corazón que no se quieren cortar[24] o afectos que “atan a la tierra”[25]; otras veces, finalmente, se trata simplemente de la necesidad de combatir, porque el afecto se hace tentación o no se corresponde con la cualidad de la acción a la que acompaña[26].

Hemos hablado brevemente de en qué consiste “el problema del corazón”. ¿Cuál es la solución a ese problema? Como no podía ser de otro modo, la encontró recorriendo el único camino que Dios mismo nos ha facilitado: haciendo pasar por el crisol del corazón de Cristo los afectos del propio corazón [27]. Sólo el corazón de Cristo, perfectamente humano y divino, es capaz de armonizar los desequilibrios de todo corazón humano.

El Corazón de Jesús, paz de los corazones

San Josemaría emprendió desde el principio el camino hacia Dios a partir del trato con la Santísima Humanidad del Señor, contemplando especialmente las escenas de su Pasión. Como ocurrió en el caso de santa Teresa (recordemos la importancia que tuvo en este sentido su primer arrobamiento y el clima en que se encontraba su vida interior, marcada por la meditación constante de las escenas de Getsemaní y de la Pasión de Cristo), también san Josemaría recurría y recomendaba a las almas dirigirse directamente al Corazón de Cristo traspasado de amor por nosotros. Todo afecto que pase por ese Corazón será siempre un afecto agradable al Señor y bueno para el alma, y aumentará nuestra capacidad de amar: «Poniendo el amor de Dios en medio de la amistad, este afecto se depura, se engrandece, se espiritualiza; porque se queman las escorias, los puntos de vista egoístas, las consideraciones excesivamente carnales. No lo olvides: el amor de Dios ordena mejor nuestros afectos, los hace más puros, sin disminuirlos» [28]. San Josemaría subraya constantemente el cariño humano de Cristo como el verdadero modelo del querer cristiano en su relación con los demás [29]. Sólo ese auténtico cariño humano que hemos de vivir unos con otros manifiesta para San Josemaría el bonus odor Christi (cfr. 2 Cor 2,15). Más aún, a la hora de valorar la pureza de ese amor no importa si se trata de un amor de amistad, o de un amor de donación o de las manifestaciones más elevadas del amor místico. También en esas alturas sublimes de la relación del alma con Dios, el trato con la Humanidad Santísima de Cristo seguirá siendo el camino necesario y correcto, el único Camino [30].

De ese trato del alma con el Corazón de Cristo saldrán fundamentalmente dos ideas madres que pueden servir como síntesis de su pensamiento en este terreno. Por un lado recordar la necesidad de amar a Dios y a los demás “con un solo corazón”. Y, como consecuencia y corolario de ello, una segunda idea: acabar con esa pretendida distinción entre la “caridad oficial” y el “cariño humano”, como si se tratara de una auténtica antinomia. Con otras palabras: la caridad, si es la caridad de Cristo, ha de ser por ello mismo delicada y tierna, debe mostrar cariño real.

Sobre el primer aspecto, dice san Josemaría: «Para que se os metiera bien en la cabeza esta verdad, de una forma gráfica, he predicado en millares de ocasiones que nosotros no poseemos un corazón para amar a Dios, y otro para querer a las criaturas: este pobre corazón nuestro, de carne, quiere con un cariño humano que, si está unido al amor de Cristo, es también sobrenatural» [31]. Es esta una doctrina que repetirá frecuentemente en sus obras. Esa profunda compenetración de naturaleza y gracia que le lleva a decir y a repetir frecuentemente a sus hijos en el Opus Dei y a todas las personas que sólo siendo muy humanos podrán ser muy divinos: «¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser −en el alma y en el cuerpo− santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales» [32].

Son textos que señalan bien el horizonte tan divino como sobrenatural en el que san Josemaría se mueve. La clave hermenéutica de la Encarnación del Verbo, un Corazón divino que no deja de ser humano: «Cierta mentalidad laicista y otras maneras de pensar que podríamos llamar pietistas, coinciden en no considerar al cristiano como hombre entero y pleno. Para los primeros, las exigencias del Evangelio sofocarían las cualidades humanas; para los otros, la naturaleza caída pondría en peligro la pureza de la fe. El resultado es el mismo: desconocer la hondura de la Encarnación de Cristo, ignorar que el Verbo se hizo carne, hombre, y habitó en medio de nosotros (Ioh I,14)»[33]. «Nadie puede ganar al cristiano en humanidad» [34], será su conclusión, pues no hay corazón más humano que el Corazón de Cristo.

Y como respuesta humana a esa unicidad del Corazón de Cristo, la necesidad de no partir el corazón si queremos de verdad amar a Dios y, por Él, a todas las criaturas de la Tierra [35]. A Dios hay que amarle con todo el corazón, “con el mismo corazón con el que queremos a nuestros padres, a nuestros hermanos, a los otros miembros de nuestra familia, a nuestros amigos o amigas: no tenemos otro corazón” [36] De ahí la necesidad de una piedad sencilla y sincera, filial, al mismo tiempo que una buena formación doctrinal para no caer en el sentimentalismo. Como en otros campos de su espiritualidad, se nota cómo a san Josemaría no le preocupa tanto caer en el “materialismo”, sino en el “espiritualismo” [37]. Si el Cristianismo es la religión de la Persona y para las personas, no podemos querer como ángeles sino como personas con alma y cuerpo, con cabeza y sentimientos, con un amor que sea totalmente divino y totalmente humano al mismo tiempo: “Dios nos quiere muy humanos. Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguras en la tierra. El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos quiere −insisto− muy humanos y muy divinos, con el empeño diario de imitarle a Él, que es perfectus Deus, perfectus homo” [38]. En realidad, san Josemaría no hace más que recordar la auténtica doctrina de la Iglesia cuando nos enseña que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona[39].

Por tanto, la enseñanza sobre un único corazón conlleva a que ese corazón no se conforme con un papel secundario, que sólo entre en juego en algunos momentos, para algunos asuntos, en algunas personas… Hemos de amar con un solo corazón, con todo el corazón y sin miedo al corazón, si queremos amar a Dios con el corazón que Él mismo nos ha dado para poder amarle así: “Fijaos en que Dios no nos declara: en lugar del corazón, os daré una voluntad de puro espíritu. No: nos da un corazón, y un corazón de carne, como el de Cristo. Yo no cuento con un corazón para amar a Dios, y con otro para amar a las personas de la tierra. Con el mismo corazón con el que he querido a mis padres y quiero a mis amigos, con ese mismo corazón amo yo a Cristo, y al Padre, y al Espíritu Santo y a Santa María. No me cansaré de repetirlo: tenemos que ser muy humanos; porque, de otro modo, tampoco podremos ser divinos” [40].

Para san Josemaría será el trato con Cristo y la lectura meditada y contemplativa del Evangelio lo que le ayudará a formar su conciencia ante los posibles enredos del corazón. San Josemaría meditaba con frecuencia tantos momentos en los que se pone de manifiesto cómo es el amor de Cristo, para poder concluir como san Pablo: “Tened en vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Phil. 2,5). No puede darse un cristiano que tenga un corazón seco, porque Jesús no lo tuvo [41], sino “un corazón de carne como el nuestro” [42]. Más aún, es precisamente ese modo tan humano de amar lo que manifestará mejor que nada su divinidad: «En lo humano nos da a conocer la divinidad» [43].

En definitiva, san Josemaría sale al paso de aquellas personas que tal vez por ignorancia, tal vez por pusilanimidad, tal vez por mal entendida prudencia, no echan cerrojos al corazón sino que hacen del corazón un cerrojo. Su grandeza de ánimo le permitió dar paz a muchas almas que no sabían si se estaban tal vez excediendo en sus manifestaciones de cariño. Sin duda, como hemos dicho, puede darse ese exceso. Pero mucho más peligroso es el defecto a la hora de expresar el amor a alguien sin temores: “Tú y yo estamos en condiciones de derrochar cariño con los que nos rodean, porque hemos nacido a la fe, por el amor del Padre. Pedid con osadía al Señor este tesoro, esta virtud sobrenatural de la caridad, para ejercitarla hasta en el último detalle” [44]. Con frecuencia san Josemaría ilustraba esa aberración que supondría reducir la caridad a una actitud fría y sin alma, narrando la resignada queja de una enferma: “aquí me tratan con caridad, pero mi madre me cuidaba con cariño”. El amor que nace del Corazón de Cristo no puede dar lugar a esa clase de distinciones.

Toda la existencia humana debe estar impregnada de ese amor que sea al mismo tiempo cariño humano: la oración [45], el apostolado [46], la perseverancia [47]… Un amor que embriaga[48], que se hace apasionado[49], locura o chifladura[50], entusiasmo[51]. Y es justamente de Dios, del amor de Dios y del amor a Dios, de donde nace esta caridad que es ternura, afecto, cariño [52]. Si no existe este cariño, si no se “mete”, si no se «pone el corazón»[53] en el trato, en el servicio a los demás −como gustaba decir san Josemaría−, no se podrá hablar de caridad auténtica; de ahí que considere una desgracia «no tener corazón», la incapacidad de «amar con ternura»[54].

Conclusión

La tesis de que la Teología Moral no siempre ha valorado en su justa medida el papel de la afectividad en la vida cristiana, no encontrará probablemente excesivas objeciones. Es frecuente, en efecto, considerar que las personas dotadas de viva sensibilidad, de una afectividad fuerte, intensa, están expuestas a particulares peligros. Hemos sostenido que la vehemencia de ciertos sentimientos se interpreta con excesiva precipitación como ausencia de control, como un desorden, cuando en realidad el papel de los afectos en la vida cristiana resulta una necesidad, más aún en nuestros días. Es lo que hemos visto apoyándonos en ideas y textos de san Josemaría, sirviéndonos del modelo de Cristo y de la distinción “caridad oficial-cariño humano” que él emplea con frecuencia como recurso pedagógico.

Pero si bien es cierto que el corazón puede invadir un terreno que no le corresponde, mucho más lo es que las soluciones que se han dado con tanta frecuencia han sido remedios mucho peores que la posible enfermedad que se quería paliar. Hemos visto −también siguiendo el pensamiento del fundador del Opus Dei− dos de ellos, los principales: el sentimentalismo y el ideal de la indiferencia estoica, deteniéndonos más en este aspecto porque es a nuestro parecer más insidioso y enmascarado.

La conclusión que sacamos contemplando su vida y leyendo sus escritos (especialmente su homilía sobre el Corazón de Jesús), es que su vida de piedad, su trato con la Humanidad Santísima de Cristo, hace que pueda escribir y predicar sin temores sobre la necesidad de amar humanamente a Dios y a los demás, “con todo el corazón” de carne. La presencia de Dios y su decisión por Dios le llevó a ambos a la cima del amor de Dios sin perder nada de su modo humano de querer.

Esa crisis en el mundo de los afectos, esa deficiencia de ternura y cariño que se trasluce en nuestros días, debe ser paliada en todos los corazones, tanto de hombres como de mujeres. Es aquí también precisamente donde san Josemaría toma conciencia de que, precisamente por ese modo mucho más afectivo que la mujer tiene de vivir el amor, corresponde a ella jugar un papel más relevante a la hora de mostrar y enseñar hasta qué punto es afectivo y cariñoso el amor que recibimos de la paternidad de Dios, del Corazón de Cristo o del Espíritu Santo, dulce huésped del alma.

Pensamos que en san Josemaría prima el sentido común y la pretensión constante de salvar el aspecto más humano del corazón. El mismo san Josemaría pide constantemente al Señor en su oración esa gracia [55]. «Este pobre corazón nuestro, de carne, quiere con un cariño humano que, si está unido al amor de Cristo, es también sobrenatural. Esa, y no otra, es la caridad que hemos de cultivar en el alma, la que nos llevará a descubrir en los demás la imagen de nuestro Señor» [56], pues “si no existiese ese cariño, amor humano noble y limpio, ordenado a Dios y fundado en Él, no habría caridad»[57]. O con otras palabras también suyas: «El verdadero amor de Dios −la limpieza de vida, por tanto− se halla igualmente lejos de la sensualidad que de la insensibilidad, de cualquier sentimentalismo como de la ausencia o dureza de corazón» [58].

Cada persona, en su propio camino, de modo diverso sin duda como varón o mujer, pero siendo fiel a la vocación humana y divina, puede realizar y realiza de hecho la plenitud de su personalidad. En el caso del varón tenemos el ejemplo cercano de san José, que fue y es quien mejor supo amar con todo el corazón y los afectos tanto a Cristo como a María [59]. Y en el caso específico de la mujer, no olvidemos que Santa María, Madre de Dios y Madre de los hombres, es el modelo más perfecto y más cercano que siempre tendremos para aprender a amar como Cristo ama. Así se entiende que una de las jaculatorias que más agradaba y repetía san Josemaría la dirigiera al Corazón de María como súplica desgarrada: Cor Mariae Dulcíssimum, iter para tutum. Que cabría traducir: Corazón Dulcísimo de María, prepáranos un camino seguro que no nos separe lo más mínimo del Corazón de Cristo, prepáranos un corazón dulcísimo que no nos desvíe en nada del camino que lleva hacia tu Hijo.

Antonio Schlatter Navarro.

ALMUDI, 16-07-2016

Breve bibliografía sobre el tema de la afectividad en san Josemaría

E. BURKHART – J. LÓPEZ, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría. Estudio de teología espiritual, I-III, ed. Rialp, Madrid 2010-2013.

B. CASTILLA Y CORTÁZAR, “Consideraciones sobre la antropología “varón-mujer” en las enseñanzas de San Josemaría”, Romana, Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, 21 (1998) pp. 434-447.

J. ECHEVARRÍA, “Mons. Escrivá de Balaguer, un corazón que sabía amar”, en AAVV, La personalidad del beato Josemaría Escrivá de Balaguer, Pamplona, EUNSA, 1994, pp. 243-261.

SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Obras completas. Especialmente:

Homilía “El Corazón de Cristo, paz de los cristianos”, del volumen de Homilías, Es Cristo que pasa. Puede leerse ya la edición crítica-histórica preparada por Antonio Aranda, del Instituto Histórico San Josemaría Escrivá de Balaguer, ed. Rialp, Madrid 2013, pp. 807-852.

Homilía “Hacia la santidad”, del volumen de Homilías Amigos de Dios.

Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, ed. Rialp.

Santo Rosario, ed. Rialp.

Voz “Corazón” en Camino, Surco, Forja.

J.L. ILLANES (coord) Diccionario de San Josemaría Escrivá de Balaguer, Instituto Histórico San Josemaría Escrivá de Balaguer, ed. Monte Carmelo, Burgos 2013 (especialmente las voces: Amistad, Amor a Dios, Caridad, Corazón y Fraternidad)

P. RODRÍGUEZ, Camino, edición crítico-histórica, Instituto Histórico San Josemaría Escrivá de Balaguer, Madrid, ed. Rialp, 2002, voces “Carácter”, pp. 213-263, y “Corazón”, pp. 340-362

P. URBANO, El hombre de Villa Tevere. Los años romanos de Josemaría Escrivá, ed. Plaza & Janés, Barcelona 1995.

A. VÁZQUEZ DE PRADA, El Fundador del Opus Dei, Vida de San Josemaría Escrivá de Balaguer, I-III, Madrid Rialp 1997-2003

J.M. YANGUAS, “Amar con todo el corazón (Dt 6,5). Consideraciones sobre el amor del cristiano en las enseñanzas de San Josemaría Escrivá”, Romana, Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, 26 (1998) pp. 144-157.

Antonio Schlatter Navarro

[1] Homilía “El Corazón de Jesús, paz de los cristianos”, publicada en junio de 1966 y luego recogida en el volumen de homilías Es Cristo que pasa, Rialp, Madrid, 1973. Puede leerse ya la edición crítica-histórica preparada por Antonio Aranda, del Instituto Histórico San Josemaría Escrivá de Balaguer, ed. Rialp, Madrid 2013, pp. 807-852.

[2] Pueden leerse sobre el tema el Diccionario de San Josemaría Escrivá de Balaguer (coord. José Luis Illanes), Instituto Histórico San Josemaría Escrivá de Balaguer, ed. Monte Carmelo, Burgos 2013 (especialmente las voces (Amistad, Amor a Dios, Caridad, Corazón y Fraternidad); Ernst Burkhart-Javier López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría. Estudio de teología espiritual, I-III, ed. Rialp, Madrid 2010-2013; J. Echevarría, “Mons. Escrivá de Balaguer, un corazón que sabía amar”, en AAVV, La personalidad del beato Josemaría Escrivá de Balaguer, Pamplona, EUNSA, 1994, pp. 243-261; Pedro Rodríguez, Camino, edición crítico-histórica, Instituto Histórico San Josemaría Escrivá de Balaguer, Madrid, ed. Rialp, 2002, voces “Carácter”, pp. 213-263, y “Corazón”, pp. 340-362; Blanca Castilla de Cortázar, “Consideraciones sobre la antropología ‘varón-mujer’ en las enseñanzas de San Josemaría”, Romana, Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, 21 (1998) pp. 434-447; José María Yanguas, “Amar con todo el corazón (Dt 6,5). Consideraciones sobre el amor del cristiano en las enseñanzas de San Josemaría Escrivá”, Romana, Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, 26 (1998) pp. 144-157.

[3] Aunque ya han salido bastantes biografías sobre él, destacamos por su influencia en el tema que tratamos dos de ellas: A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, Vida de San Josemaría Escrivá de Balaguer, I-III, Madrid Rialp 1997-2003; y Pilar Urbano, El hombre de Villa Tevere. Los años romanos de Josemaría Escrivá, ed. Plaza & Janés, Barcelona 1995. Hemos querido añadir al final de este artículo una breve bibliografía para quien quiera profundizar más en el tema.

[4] Surco, n.813.

[5] Camino, n.316.

[6] Forja, n.750.

[7] Surco, n.795.

[8] Aunque nos desvíe del hilo conductor, pensemos tan sólo que esto que acabamos de decir supone como consecuencia lógica la conveniencia de elaborar programas formativos distintos, aunque paralelos, adaptados a la diferente madurez y sensibilidad de mujeres y varones. Incluso supone la necesidad de especificar edades, situaciones y temas concretos: la crisis de la adolescencia, las relaciones de noviazgo, el regreso del pudor, la educación en la castidad y la pureza, la rehabilitación de la maternidad, la importancia de la moda, la recuperación del asombro por el género femenino y el verdadero cultivo de la auténtica feminidad (tema tan querido para san Juan Pablo II como otros muchos de los que aquí se mencionan)…

[9] Es Cristo que pasa, n.167; Surco, n.652, n.298, n.769…

[10] Camino, .769.

[11] Forja, n.156.

[12] Es Cristo que pasa, n.167.

[13] Ibid.

[14] Forja, n.492.

[15] Francisco de Osuna, Tercer abecedario espiritual, BAC 333, 1972, pg 196.

[16] J. B.Chautard, El alma de todo apostolado, que tiene un importante capítulo titulado así: «La guarda del corazón» (ed 1927, pgs 227-238).

[17] Sobre el tema de la afectividad en santa Teresa: A. Schlatter, La afectividad femenina en santa Teresa de Jesús, revista Monte Carmelo, próximo volumen año 2017.

[18] Apuntes íntimos, Cuaderno IV, nº 397, 17-XI-1931; el texto es la base de Forja, 412.

[19] Apuntes íntimos, 9-X-1932, día 6º día del retiro de Segovia.

[20] Instrucción, 9-I-1935, n 247; la cursiva es del original.

[21] Carta de San Josemaría Escrivá a Pedro Casciaro, Madrid 19-V-1937.

[22] Amigos de Dios, n.194; Surco, n.851; Forja, nn. 204, 315, 414.

[23] Camino, n.61.

[24] Forja, n.356.

[25] Camino, n.786.

[26] Cfr. Camino, nn. 726, 727; Surco, nn. 166, 174.

[27] Cfr. Forja, nn. 98, 872, 204.

[28] Surco, n.828.

[29] Forja, n. 148; Amigos de Dios, n.183; Es Cristo que pasa, n.36.

[30] Puede leerse con gran provecho su Homilía “Hacia la santidad”, recogida en Amigos de Dios, que san Josemaría consideraba precisamente como la “plantilla” de la vida interior, como el camino bien ordenado y armonizado para no desviarse en el amor a Dios. Señalemos en este terreno que san Josemaría, que recomienda con tanta frecuencia la lectura de los grandes santos y maestros de espiritualidad como santa Teresa, no puede emplear a veces expresiones sacadas de esas espiritualidades, precisamente porque están lógicamente imbuidas de su naturaleza religiosa, tan distinta a la enseñanza secular de san Josemaría y a la naturaleza laical del Opus Dei. Por eso apenas habla de “esponsalidad” al referirse al amor entre el alma y Dios, sin que ello suponga un grado menor de amor y afectos. La expresión como tal formaba parte, como tantas otras, del lenguaje de los “estados de perfección”, del que san Josemaría necesitaba distanciarse para que se pudiera comprender su mensaje secular. Sobre el tema puede leerse “Amor filial y amor esponsal”, E. Burkhart – J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría, vol. II Apéndice, y la bibliografía allí señalada.

[31] Amigos de Dios, n.229.

[32] Conversaciones, n.114.

[33] Amigos de Dios, n.74.

[34] Amigos de Dios, n.30.

[35] Vid. Camino, n.145, donde aparece el relato de la canción de los “corazones partidos”, que tantas veces narraba san Josemaría a modo de ejemplo gráfico.

[36] Es Cristo que pasa, n.142.

[37] Una de las homilías más programáticas, la pronunciada en el Campus de la Universidad de Navarra, titulada (Amar al mundo apasionadamente), la dedica a explicar el mensaje del Opus Dei como una necesaria recuperación de un auténtico “materialismo cristiano” (ese será el título que se le pondrá a la Homilía en un primer momento), que debe separarse de tantos materialismos contrarios al espíritu. En esa homilía el fundador del Opus Dei se refiere sobre todo al mundo del trabajo, que está en el núcleo del mensaje de la Obra. Pero puede aplicarse al mundo de los sentimientos, cuando alguien creyera que amar a alguien o guardar el corazón, supondría “no contaminarse” (expresión suya).

[38] Amigos de Dios, n.75.

[39] S. Th. I, 1, a.8, ad.2.

[40] Es Cristo que pasa, n.166. La expresión “un corazón de carne” de Ezequiel (12,19; 36,26) la empleó muchas veces san Josemaría cuando hablaba del Corazón de Cristo. Por ejemplo Camino 422: “Jesús es tu amigo. −El Amigo. −Con corazón de carne, como el tuyo. −Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro… Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti”. La ha usado también en tiempos recientes Benedicto XVI (6.IV.2007) en la Alocución al final del Via Crucis. De ahí surge también el trato con Dios como un amigo trata a un amigo, o como un enamorado a la persona que ama. Benedicto XVI se refería a esto mismo en un artículo sobre san Josemaría tras su canonización, como un rasgo característico de su modo de tratar a Dios: “La palabra y toda la realidad que llamamos Opus Dei está profundamente ensamblada con la vida interior del Fundador, que aun procurando ser muy discreto en este punto, da a entender que permanecía en diálogo constante, en contacto real con Aquél que nos ha creado y obra por nosotros y con nosotros. De Moisés se dice en el libro del Éxodo (33,11) que Dios hablaba con él cara a cara, como un amigo habla con un amigo. Me parece que, si bien el velo de la discreción esconde algunas pequeñas señales, hay fundamento suficiente para poder aplicar muy bien a Josemaría Escrivá eso de hablar como un amigo habla con un amigo, que abre las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformar todo”. (Card. Ratzinger, Dejar obrar a Dios, Osservatore Romano, suplemento especial 06.10.2002).

[41] Camino, n.769.

[42] Es Cristo que pasa, n.179.

[43] Es Cristo que pasa, n.109.

[44] Amigos de Dios, n.229.

[45] Forja, n.432, n.435, n.495.

[46] Forja, n.31, n.375, n.985.

[47] Camino, n.999.

[48] Forja, n.31.

[49] Amigos de Dios, n.137 y 35.

[50] Surco, nn. 2, 799; Camino, nn. 402, 438, 808, 834, 910, 916; Forja, nn. 12, 57, 210, 825, 879…

[51] Surco, n.736.

[52] Amigos de Dios, nn. 227 y 233.

[53] Amigos de Dios, n.228; Es Cristo que pasa, n.165.

[54] Amigos de Dios, n.183.

[55] «Dios mío, te amo, pero… ¡enséñame a amar!» (Camino, n.423).

[56] Amigos de Dios, n.229.

[57] Amigos de Dios, n. 231. Cfr. ibidem, nn. 266,290,291,108,162; Forja, nn. 863,877; Surco, nn. 803,821,859.

[58] Amigos de Dios, n.183.

[59] «San José debía de ser joven cuando se casó con la Virgen Santísima, una mujer entonces recién salida de la adolescencia. Siendo joven, era puro, limpio, castísimo. Y lo era, justamente, por el amor. Sólo llenando de amor el corazón podemos tener la seguridad de que no se encabritará ni se desviará, sino que permanecerá fiel al amor purísimo de Dios» (De la familia de José, p. 134).

 

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