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¡Salve, estrella de los mares!

¡Salve, estrella de los mares!

Al cantar ¡Salve! no sólo miramos a María sino a todas las madres, a todas las mujeres

Recuerdo con cariño un hecho de mi servicio militar en la Marina. Todos los marineros llevábamos en la parte interior del lepanto (el gorro marinero) una imagen de la Virgen del Carmen. Hombres jóvenes de muy diferentes capas sociales, pero coincidentes en la devoción a la Estrella de los mares. «Salve, oh fénix de hermosura, Madre del divino Amor». ¡Cuánta emoción contenida en el canto de la Salve marinera!

Celebramos a la Virgen del Carmen, devoción profundamente arraigada en las poblaciones costeras y de tierra adentro de nuestra nación. Nuestra alma de niños busca la protección de la madre, de la mujer. Junto a Ella nos sentimos seguros. Perdidos en medio del océano, rodeados de un mar encrespado, cuánto se agradece la seguridad del puerto, del regazo de la Madre.

Mar revuelto de las ideologías, de la pérdida de lo seguro, de lo familiar. Del papel de la madre, de su ser mujer, y de la ausencia del padre. De lo femenino, por la búsqueda desnortada de una igualdad, con el caro coste de la renuncia a la identidad. Esta tierra bendita de María nos muestra la belleza de la mujer, es el centro, la estrella, el norte. El refugio y el modelo. ¡Qué agradecidos estamos a la Mujer, a la Madre! Estoy convencido por experiencia personal, y eso que he tenido un padre excelente, que la mujer-madre es el mejor invento del Creador. Seguro que lo mismo piensan la mayoría de los lectores. Por eso al cantar ¡Salve, Salve, Salve, Salve! no solo miramos a María sino también a todas las madres, a todas las mujeres.

La extendida devoción a esa mujer que Dios eligió como Madre de su Hijo, a la Virgen María, nos hace mucho bien. Siempre ha sido un referente de nuestro pueblo y lo sigue siendo. Protege muchos de nuestros valores, contiene una profunda pedagogía. Ciertas ideologías combaten el papel de Dios y de la familia. No los ven convenientes para el hombre moderno. Ven en ellos enemigos. Y es todo lo contrario. La experiencia enseña que donde hay fe, donde se es consciente de la gran dignidad que Dios ha dado a los hombres, donde está presente la madre, la familia humana está más protegida, no rige la ley del más fuerte, todos nos sentimos hermanos. Hay armonía y alegría.

Es la mujer del cántico del Magníficat. Preparada, culta, comprometida con inquietudes sociales, deseosa de que se viva la justicia. Mujer con mentalidad abierta, sin prejuicios. Consciente de su papel en la historia de la humanidad. Ella depende únicamente de Dios, no del papel que la sociedad de ese momento le designa. Por eso tanto la mujer moderna, como el varón, reconocen en Ella aquella que conoció la pobreza, el dolor, la huida y el exilio. La lucha contra los poderosos dominantes que quieren atentar contra la vida de su hijo. A la que tiene ingenio y, junto a su esposo encuentra la solución, apoyada en Dios, para sacar adelante su familia, para cumplir su misión. Será después el apoyo de su Hijo, y de la naciente Iglesia. No se puede entender el cristianismo al margen de María.

Respeto a la mujer, a su papel en la sociedad. A su idiosincrasia. Leía recientemente en un dominical una experiencia interesante: «Un programa con bebés robots en las escuelas ha permitido reducir los embarazos entre las adolescentes». En Caldas, municipio cercano a Medellín, los chicos se llevan a su casa un «simulador de bebé». Este muñeco actúa como un recién nacido, llorando para pedir comida, para que le cambien el pañal o cuando se despierta por la noche. Se enseña a los menores lo que supone ser padres. Ha resultado mucho más eficaz que banalizar el sexo.

¡Mira a la estrella, invoca a María! Decía Bernardo de Claraval a los comienzos del segundo milenio. Estrenado el tercero necesitamos su ejemplo y su intercesión. Difícilmente seremos humanos, construiremos un mundo mejor, digno de la criatura humana sin la rica presencia de la Mujer. ¡Salve, estrella de los mares!

Juan Luis Selma, en diariodecadiz.es.

ALMUDI, 16-07-2019

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Humor

El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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