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Pentecostés

Pentecostés

Para tener paz necesitamos al Espíritu, no pastillas o soluciones rápidas. El Papa en Pentecostés denuncia la actual forma de vida en la que se buscan soluciones rápidas: “una pastilla detrás de otra para seguir adelante, una emoción detrás de otra para sentirse vivos” y asegura que lo que necesitamos es el Espíritu: “es Él quien pone orden en el frenesí”

Texto de la Homilía del Santo Padre

“Pentecostés llegó, para los discípulos, tras cincuenta días inciertos. Por un lado Jesús había Resucitado, llenos de alegría lo habían visto y escuchado, y hasta habían comido con Él. Por otro lado, aún no habían superado dudas y miedos: estaban con las puertas cerradas (cfr. Jn 20,19.26), con pocas perspectivas, incapaces de anunciar al Viviente. Luego llega el Espíritu Santo y las preocupaciones desaparecen: ahora los Apóstoles no tienen miedo ni siquiera ante a quien les arresta; primero preocupados de salvar la vida, ahora ya no tienen miedo de morir; primero encerrados en el Cenáculo, ahora anuncian a todas las gentes. Hasta la Ascensión de Jesús esperaban un Reino de Dios para ellos (cfr. Hch 1,6), ahora están impacientes de llegar a confines ignotos. Primero casi no habían hablado nunca en público y cuando lo habían hecho a menudo creando problemas, como Pedro negando a Jesús; ahora hablan con parresia a todos. En definitiva, la historia de los discípulos, que parecía acabada, viene renovada por la juventud del Espíritu: aquellos jóvenes, que presa de la incertidumbre se sentían acabados, fueron transformados por una alegría que les hizo renacer. El Espíritu Santo lo hizo. El Espíritu no es, como podría parecer, una cosa abstracta; es la Persona más concreta, más cercana, la que nos cambia la vida. ¿Cómo? Miremos a los Apóstoles. El Espíritu no les puso las cosas más fáciles, no hizo milagros espectaculares, no les quitó problemas y opositores, sino que el Espíritu llevó a las vidas de los discípulos la armonía que les faltaba, la suya, porque Él es armonía.

Armonía dentro del hombre. Dentro, en el corazón, los discípulos necesitaban ser cambiados. Su historia nos dice que incluso ver al Resucitado no basta, si no se acoge en el corazón. No sirve saber que el Resucitado está vivo si no se vive como resucitados. Y es el Espíritu quien hace vivir y revivir a Jesús en nosotros, quien nos resucita por dentro. Por eso Jesús, encontrando a los suyos, repite: «Paz a vosotros» (Jn 20, 19.21) y da el Espíritu. La paz no consiste en arreglar los problemas de fuera −Dios no quita a los suyos tribulaciones y persecuciones− sino en recibir el Espíritu Santo. En eso consiste la paz, la paz dada a los Apóstoles, esa paz que no libra de problemas sino que, en los problemas, se nos da a cada uno. Es una paz que hace el corazón similar al mar profundo, que siempre está tranquilo aunque en la superficie las olas se agiten. Es una armonía tan profunda que puede transformar hasta las persecuciones en bienaventuranzas. Cuántas veces, en cambio, nos quedamos en la superficie. En vez de buscar al Espíritu intentamos mantenernos a flote, pensando que todo irá mejor si pasa el problema, si ya no veo a aquella persona, si mejora esa situación. Pero eso es quedarse en la superficie: pasado un problema llegará otro y la inquietud volverá. No estaremos serenos tomando distancias de quien no piensa como nosotros, no estaremos en paz resolviendo el problema del momento. El punto de inflexión es la paz de Jesús, es la armonía del Espíritu.

Hoy, en la prisa que nuestro tiempo nos impone, parece que la armonía sea marginada: atraídos por mil cosas, corremos el riesgo de explotar, solicitados por un nerviosismo continuo que hace reaccionar mal a todo. Y se busca la solución rápida, una pastilla tras otra para seguir adelante, una emoción tras otra para sentirse vivos. Pero sobre todo necesitamos al Espíritu: es Él quien pone orden en el frenesí. Él es paz en la inquietud, confianza en el desánimo, alegría en la tristeza, juventud en la vejez, valentía en la prueba. Es Él quien, entre las corrientes tempestuosas de la vida, fija el ancla de la esperanza. Es el Espíritu quien, como dice hoy San Pablo, nos impide recaer en el miedo porque nos hace sentirnos hijos amados (cfr. Rm 8,15). Es el Consolador, que nos trasmite la ternura de Dios. Sin el Espíritu la vida cristiana está deshilachada, privada del amor que todo lo une. Sin el Espíritu Jesús se queda en un personaje del pasado, con el Espíritu es persona viva hoy; sin el Espíritu la Escritura es letra muerta, con el Espíritu es Palabra de vida. Un cristianismo sin el Espíritu es un moralismo sin alegría; con el Espíritu es vida.

El Espíritu Santo no trae solo armonía dentro, sino también fuera, entre los hombres. Nos hace Iglesia, compone partes diversas en un único edificio armónico. Lo explica bien San Pablo que, hablando de la Iglesia, repite a menudo una palabra, “diversos”: «diversos carismas, diversas actividades, diversos ministerios» (1Cor12,4-6). Somos diversos, en la variedad de las cualidades y dones. El Espíritu los distribuye con fantasía, sin aplanar, sin homologar. Y, a partir de esas diversidades, construye la unidad. Lo hace así desde la creación, porque es especialista en transformar el caos en cosmos, en poner armonía. Es especialista en crear las diversidades, las riquezas; cada uno la suya, diversa. Él es el creador de esa diversidad y, al mismo tiempo, es el que armoniza, da armonía y unidad a la diversidad. Solo Él puede hacer esas dos cosas.

Hoy en el mundo las desarmonías se han vuelto auténticas divisiones: hay quien tiene mucho y hay quien nada, hay quien intenta vivir cien años y quien no puede venir a la luz. En la era de los ordenadores se está a distancia: más “redes” pero menos sociales. Necesitamos del Espíritu de unidad, que nos regenere como Iglesia, como Pueblo de Dios, y como humanidad entera. Que nos regenere. Siempre está la tentación de construir “nidos”: reunirse en torno al propio grupo, a las propias preferencias, el semejante con el semejante, alérgicos a toda contaminación. Y del nido a la secta el paso es breve, incluso dentro de la Iglesia. ¡Cuántas veces se define la propia identidad contra alguien o contra algo! El Espíritu Santo, en cambio, conjuga a los distantes, une a los alejados, reconduce a los dispersos. Funde tonalidades diversas en una única armonía, porque ve primero el bien, mira al hombre antes que a sus errores, a las personas antes que a sus acciones. El Espíritu plasma la Iglesia, plasma el mundo como lugares de hijos y de hermanos. Hijos y hermanos: sustantivos que vienen antes que cualquier otro adjetivo. Está de moda adjetivar, desgraciadamente incluso insultar. Podemos decir que vivimos una cultura del adjetivo que olvida el sustantivo de las cosas; y también en una cultura del insulto, que es la primera respuesta a una opinión que yo no comparto. Luego nos damos cuenta que hace daño, a quien es insultado y también a quien insulta. Devolviendo mal por mal, pasando de víctimas a verdugos, no se vive bien. Quien vive según el Espíritu, en cambio, lleva paz donde hay discordia, concordia donde hay conflicto. Los hombres espirituales devuelven bien por mal, responden a la arrogancia con mansedumbre, a la maldad con bondad, al estruendo con el silencio, al chismorreo con la oración, al derrotismo con una sonrisa.

Para ser espirituales, para saborear la armonía del Espíritu, hay que poner su mirada ante la nuestra. Entonces las cosas cambian: con el Espíritu la Iglesia es el Pueblo santo de Dios, la misión el valor de la alegría, no el proselitismo, los demás hermanos y hermanas amados por el mismo Padre. Pero sin el Espíritu la Iglesia es una organización, la misión propaganda, la comunión un esfuerzo. Y tantas Iglesias hacen acciones programáticas en ese sentido de planes pastorales, de discusiones sobre todas las cosas. Parece que sea esa senda la que nos una, pero esa no es la senda del Espíritu, es la senda de la división. El Espíritu es la necesidad primera y última de la Iglesia (cfr. San Pablo VI, Audiencia general, 29-XI-1972). Él «viene donde es amado, donde es invitado, donde es esperado» (San Buenaventura, Sermón para el IV Domingo de Pascua). Hermanos y hermanas, recémosle cada día. Espíritu Santo, armonía de Dios, Tú que transformas el miedo en confianza y el cierre en don, ven a nosotros. Danos la alegría de la resurrección, la perenne juventud del corazón. Espíritu Santo, armonía nuestra, Tú que haces de nosotros un solo cuerpo, infunde tu paz en la Iglesia y en el mundo. Espíritu Santo, haznos artesanos de concordia, sembradores de bien, apóstoles de esperanza.

FRANCISCO

Fuente: vatican.va.

Traducción de Luis Montoya.

ALMUDI, 09-06-2019

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El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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