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Nueve consejos de Amoris Laetitia para los que se van a casar

Nueve consejos de Amoris Laetitia para los que se van a casar

La versión alemana de Catholic News Agency entresaca nueve consejos de la exhortación apostólica “Amoris Laetitia” a los novios que se van a casar.

1. No poner en el centro las invitaciones a la boda, los trajes y el festejo. El Papa pide a los novios no centrarse en detalles que consumen el dinero y las energías. De este modo llegan agotados a la ceremonia, en lugar de emplear sus mejores fuerzas para prepararse como pareja para este gran paso. “Esta mentalidad se refleja también en algunas uniones de hecho que nunca llegan al casamiento porque piensan en festejos demasiado costosos, en lugar de dar prioridad al amor mutuo y a su formalización ante los demás” (n. 212).

2. Optar por una celebración simple y sencilla. El Papa se dirige a los novios directamente, y les pide: “Tened la valentía de ser diferentes, no os dejéis devorar por la sociedad del consumo y de la apariencia”. Así, “lo que importa es el amor que os une, fortalecido y santificado por la gracia”. También sugiere que opten “por un festejo austero y sencillo, para colocar el amor por encima de todo” (n. 212).

3. Lo más importante es el sacramento y el compromiso matrimonial. Concentrarse en esto, para vivir “con mucha hondura la celebración litúrgica” y comprender “el peso teológico y espiritual del consentimiento” en el momento del matrimonio. Las palabras que se pronuncian no se limitan a ese momento presente. Contienen más bien “una totalidad que incluye el futuro: hasta que la muerte los separe” (n. 214).

4. Conferir a la promesa mutua valor y peso. El Papa recuerda que el sentido preciso del compromiso matrimonial demuestra que la “libertad y la fidelidad” no se oponen, “más bien se sostienen mutuamente”. No cumplir la promesa dada causa un grave daño. “El honor de la palabra dada, la fidelidad a la promesa, no se pueden comprar ni vender. No se pueden imponer con la fuerza, pero tampoco custodiar sin sacrificio” (n. 214).

5. El matrimonio siempre debe estar abierto a la vida. Los cónyuges deben tener en cuenta que “un compromiso tan grande como el que expresa el consentimiento matrimonial, y la unión de los cuerpos que consuma el matrimonio, cuando se trata de dos bautizados, solo pueden interpretarse como signos del amor del Hijo de Dios hecho carne y unido con su Iglesia en alianza de amor” (n. 213). Así, “el significado procreativo de la sexualidad, el lenguaje del cuerpo, y los gestos de amor vividos en la historia de un matrimonio, se convierten en una ininterrumpida continuidad del lenguaje litúrgico y la vida conyugal viene a ser, en algún sentido, liturgia” (n. 215).

6. El matrimonio no se limita a un día: se extiende a toda la vida. Es importante tener en cuenta que la recepción del sacramento del matrimonio “no es solo un momento que luego pasa a formar parte del pasado y de los recuerdos, porque ejerce su influencia sobre toda la vida matrimonial, de manera permanente” (n. 215).

7. Rezar antes de la boda. El Papa recomienda a los novios rezar juntos antes de la boda, “el uno por el otro, pidiendo ayuda a Dios para ser fieles y generosos, preguntándole juntos a Dios qué es lo que él espera de ellos” (n. 216).

8. La boda es también una oportunidad para anunciar el Evangelio. Jesús hizo su primer milagro en la celebración de una boda en Caná. “El vino bueno del milagro del Señor, que anima el nacimiento de una nueva familia, es el vino nuevo de la Alianza de Cristo con los hombres y mujeres de todos los tiempos”. Por esto, la boda es “una ocasión preciosa para anunciar el Evangelio de Cristo” (n. 216).

9. Consagrar el matrimonio a la Virgen. Otra de las propuestas del Papa a los novios es consagrar su amor conyugal “ante una imagen de María” (n. 216)

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Doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Durante una recepción en el Palacio del Elíseo, en 1849, el Presidente de la República Francesa, futuro Napoleón III, fijó sus ojos en su benjamina Eugenia, y quedó prendado de ella.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, y le preguntó cómo podría llegar hasta su alcoba. Sin inmutarse, Eugenia de Montijo contestó: -Por la Iglesia.

El 30 de enero de 1853, él ya convertido en Emperador de los franceses, Napoleón III y la bella española se casaron en la catedral de Notre Dame.

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