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Mensaje del Prelado del Opus Dei

Mensaje del Prelado del Opus Dei

En la semana previa a la Semana Santa, Mons. Fernando Ocáriz nos invita, al contemplar a Cristo en la Cruz, a meditar sobre nuestra personal disponibilidad al querer de Dios

Queridísimos, ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

En el Viernes Santo, ya próximo, contemplaremos ante Cristo crucificado la inmensidad de su amor redentor. Amor que le llevó a la plena disponibilidad y obediencia a la voluntad de Dios Padre.

Nuestro seguimiento de Jesús, nuestra identificación con Él, lleva también, dentro de nuestras personales circunstancias, a una disponibilidad sin límites ante los desafíos y requerimientos de la misión apostólica. En nuestro caminar diario, deseamos descubrir la voz de Cristo que nos llama y nos invita a ampliar nuestro horizonte. Como san Pablo, queremos hacernos «todo para todos» (1 Cor 9, 22).

A propósito de la disponibilidad, pienso que, en estas semanas previas a la beatificación de Guadalupe, nos ayudará considerar precisamente cómo su proyecto de vida quedó engrandecido al situarse dentro del plan divino: Guadalupe se dejó llevar por Dios, con alegría y espontaneidad, de un lugar a otro, de un trabajo a otro. El Señor potenció sus capacidades y talentos, desarrolló su personalidad y multiplicó los frutos de su vida.

Dios hará también un gran bien a muchas personas a través de nosotros, a pesar de nuestros defectos y errores, con nuestra disponibilidad para escuchar, para servir, para ayudar y dejarnos ayudar; en una palabra, para amar lo que Él quiera. Como escribió san Josemaría: «Es el juego divino de la entrega» (Carta 14-II-1974, n. 5). Y, siempre y en todo, con la libertad y la alegría de las hijas y los hijos de Dios.

Con todo cariño os bendice vuestro Padre

Fernando

Roma, 9 de abril de 2019

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Al rey español Felipe IV (1605-1665) le gustaba que le llamasen «el Grande». Tras la pérdida de Portugal, el duque de Medinaceli (1607-1671) comentó:

—A su majestad le pasa como a los hoyos, que cuanta más tierra pierden, más grandes son.

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El filósofo francés Voltaire (1694-1778) tuvo de hablar, contra su voluntad, ante la tumba de una persona por la que nunca había sentido predilección. Comenzó pues su panegírico diciendo:

—Era un gran patriota, un amigo fiel, un esposo abnegado y un padre ejemplar..., suponiendo, claro está, que haya muerto.

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