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Los Profetas y la misericordia de Dios

Los Profetas y la misericordia de Dios

profetasEl mensaje religioso es constante: la relación de Dios con su pueblo no es jamás algo exterior o jurídico 

Dios se dirige a su pueblo con la misma pasión que un hombre enamorado a su amada, deseoso de que responda a su amor con el mismo ardor.

En el Nuevo Testamento Cristo está representado muchas veces como el Esposo, y la era mesiánica como el tiempo de los desposorios. Todo cristiano está llamado a vivir su relación personal con Dios a la luz de esta dinámica esponsal de fidelidad-infidelidad.

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En nuestro acercamiento a Nuestro Señor Jesucristo como misericordia encarnada del Padre, continuamos examinando la imagen nupcial o esponsal, a la que han recurrido todos los grandes profetas de Israel para explicar la relación por la que Dios ha querido unirse con su pueblo.

El profeta Oseas lo hace, como decíamos en el artículo anterior, con un gran realismo: compara el pecado de idolatría de Israel con un adulterio, pero muestra también que Dios no permanece en la indignación ni se empecina en el odio sino que, llevado de su misericordia, ofrece un nuevo pacto nupcial.

Un lenguaje fuerte: “prostitución”

Después de Oseas, vuelve a retomar el tema Isaías. Al comienzo de su libro se dirige a la ciudad santa de Jerusalén, que representa al conjunto del pueblo, para denunciar todos los pecados que son cometidos, y todas las injusticias. El tipo de lenguaje utilizado es de nuevo el de la “prostitución”: de hecho, Isaías, sorprendido y consternado por todo este mal, se lamenta y exclama: “¡Cómo se ha prostituido la villa fiel!” (Is 1, 21). Con esta imagen se corresponde –en un tono positivo esta vez– el vocabulario del segundo Isaías, que anuncia la restauración mesiánica utilizando términos que expresan la reconciliación de Dios con la esposa infiel: “Como a mujer abandonada y abatida te llama el Señor […]. Por un instante te abandoné, pero con gran cariño te reuniré” (Is 54, 6-7).

El esplendor de Jerusalén, descrito al final del libro precisamente con la imagen de las nupcias, es objeto de textos absolutamente incomparables en toda la literatura bíblica: “A ti te llamarán ‘Mi predilecta’, y a tu tierra ‘Desposada’, porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá un esposo. Como un joven se desposa con una doncella, así te desposan tus constructores. Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo” (Is 62, 4-5). Este texto posee una significación espiritual tan profunda y apropiada para la oración, que la encontramos como Cántico del Antiguo Testamento, en la Liturgia de las Horas, en las Laudes del miércoles de la cuarta semana.

Jeremías y Ezequiel

De una manera análoga, Jeremías y Ezequiel han recurrido al lenguaje conyugal para expresar la relación de Dios con el pueblo amado. Estos dos profetas lanzan su llamamiento a la conversión utilizando preferentemente el tema de la fidelidad-infidelidad. En particular, Ezequiel desarrolla este tema por medio de las dos grandes alegrías de los capítulos 16 y 23, en los cuales, a veces con expresiones audaces y conmovedoras, presenta a Dios como un marido celoso e indignado que, a causa de su gran amor, reacciona violentamente ante la esposa adúltera: “Por eso, prostituta, escucha la palabra del Señor […]. Te aplicaré la sentencia de las adúlteras y de los homicidas, te entregaré a la sangre, al furor y a la rabia. Te entregaré en sus manos […], te despojarán de tus vestidos, te arrancarán tus espléndidas joyas y te dejarán desnuda y llena de ignominia” (Ez 16, 35.38-39). La descripción de esta historia simbólica de Israel se alcanza por el perdón gratuito por parte del esposo, que establece una nueva Alianza. Una vez más, son así anunciadas las nupcias mesiánicas: “Yo estableceré mi alianza contigo y reconocerás que yo soy el Señor, […] cuando yo te perdone todo lo que hiciste” (Ez 16, 62-63).

Como se puede ver en los ejemplos que hemos citado, cada uno de los profetas desarrolla el tema con matices diferentes, pero siempre con gran realismo, marcado por una fuerza espiritual y emocional considerable; el mensaje religioso es constante: la relación de Dios con su pueblo no es jamás algo exterior o jurídico; no se reduce en absoluto al cumplimiento o la violación de un código normativo. Dios se dirige a sus fieles con la misma pasión que un hombre enamorado a su amada, deseoso de que el pueblo responda a su amor con el mismo ardor.

Dios busca el amor y la reciprocidad

Una advertencia resuena numerosas veces en los profetas, como un lamento: “Quiero misericordia y no sacrificio” (Os 6, 6). Jesús mismo recordará esta expresión y la citará literalmente en el curso de sus famosas discusiones con los fariseos (Mt 12, 7). Estamos aquí en las antípodas de una religiosidad concebida y vivida como un sistema de gestos vacíos, de ritos que se contentan con el mínimo indispensable. Precisamente porque está enamorado, Dios busca el amor y la reciprocidad: no los de las palabras, sino los del corazón. “Este pueblo me honra con los labios, mientras su corazón está lejos de mi” (Is 29, 13 = Mc 7, 6).

Fuera de este contexto profético, volvemos a encontrar el tema esponsal en el salmo 45, que canta las nupcias reales –sin duda las de Salomón–, pero que la tradición judía y cristiana han interpretado luego siempre como imagen de las bodas del Rey-Mesías con Israel, que es a su vez figura de la Iglesia. Debido a su importante valor espiritual, encontramos este salmo en las Vísperas del lunes de la segunda semana, y en el Oficio de la Hora Intermedia del sábado de la cuarta semana.

Sin embargo, es en el Cantar de los Cantares donde encontramos la expresión más elevada del simbolismo nupcial. La mística judía y la cristiana están de acuerdo en considerar este libro como un texto eminente, que permite comprender mejor el amor de Dios hacia el hombre, y el amor del hombre hacia Dios.

Nuevo Testamento

En fin, el valor eterno de este simbolismo esponsal está confirmado en el Nuevo Testamento. Allí Cristo está representado muchas veces como el Esposo, y la era mesiánica como el tiempo de los desposorios. Cristo muestra que la Alianza nupcial de Dios con su pueblo se realiza plenamente en su propia persona. San Pablo considera a Cristo, nuevo Adán, como el Esposo; y a la Iglesia, nueva Eva, como la Esposa. La célebre afirmación: “Es este un gran misterio; y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia” (Ef 5, 32) muestra, una vez más, que nos encontramos ante un tema fundamental de la Escritura y de la Tradición de la Iglesia universal. Eso significa que todo cristiano está llamado a confrontarse con estos contenidos profundos y existenciales, para vivir su relación personal con Dios a la luz de esta dinámica esponsal de fidelidad-infidelidad.

Los capítulos finales del Apocalipsis, con la descripción de las bodas del Cordero y de la Esposa que desciende del cielo, confieren a nuestro tema una dimensión escatológica suplementaria. La Escritura no ha encontrado mejor medio para hablar de la unión eterna con Dios que la imagen nupcial, porque Aquel al que el Espíritu y la Esposa dicen “¡Ven!” (cfr. Ap 22, 17) no es otro que Aquel que nos ha amado con una misericordia infinita y nos ha liberado de nuestro pecados con su sangre (cfr. Ap1, 5).

Cardenal Robert Sarah

Prefecto de la Congregación para el Culto Divino

Fuente: Revista PALABRA.

 

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