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Leer al papa en la era de la posverdad

Leer al papa en la era de la posverdad

Para la historiadora Lucetta Scaraffia, miembro del Comité italiano de Bioética y consultora del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización, la posverdad es una variante más insidiosa del relativismo.

 

Si con este “al menos estaba clara la contraposición entre quien creía en la verdad y quien negaba la posibilidad” de conocerla, explica en L’Osservatore Romano, hoy los propagadores de la posverdad aspiran a presentar sus hechos como los verdaderos.

Así ocurre cuando algunos medios se limitan a difundir únicamente las palabras del Papa que, a su juicio, refuerzan la imagen que de él tratan de construir. “Silencian todo aquello que podría revelar un pensamiento coherente con la tradición cristiana y, en cambio, exageran las afirmaciones –quizá sacadas de contexto– que encajan en la imagen del pontífice progresista que tienen en mente y que quieren acreditar a toda costa, incluso forzando la realidad”.

Para resolver este problema, opina Scaraffia, bastaría con leer directamente “las palabras originales del Papa”. Pero “muy pocos lo hacen, porque la mayoría prefiere fiarse ciegamente de los medios y, sobre todo, de titulares chillones”.

Otro mecanismo típico de la posverdad es la difusión de bulos. Scaraffia previene contra los falsos discursos atribuidos a Francisco que circulan por las redes sociales, “a menudo en español”. Son otro intento de “construir la imagen de un Papa progresista y permisivo”, mediante la difusión de palabras que supuestamente habrían escapado a la censura de la Curia… pero que en realidad no ha dicho.

En la era de la posverdad “solo cuenta la personalidad del líder y, por eso, todo lo que contribuya a definirla, es eficaz, aunque no sea verdad”. De nuevo aquí el mejor antídoto es leer al Papa sin intermediaros, empezando por sus textos más representativos.

Lucetta Scaraffia

Fuente: L’Osservatore Romano/ ACEPRENSA

 

 

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Doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Durante una recepción en el Palacio del Elíseo, en 1849, el Presidente de la República Francesa, futuro Napoleón III, fijó sus ojos en su benjamina Eugenia, y quedó prendado de ella.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, y le preguntó cómo podría llegar hasta su alcoba. Sin inmutarse, Eugenia de Montijo contestó: -Por la Iglesia.

El 30 de enero de 1853, él ya convertido en Emperador de los franceses, Napoleón III y la bella española se casaron en la catedral de Notre Dame.

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