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Las promesas de amor y fidelidad entre marido y mujer

Las promesas de amor y fidelidad entre marido y mujer

El Papa dedicó su catequesis de este miércoles a reflexionar sobre uno de los fundamentos desde los que se construye la familia

Queridos hermanos y hermanas, en la pasada meditación reflexionamos sobre las importantes promesas que los padres hacen a los niños desde que son pensados en el amor y concebidos en el seno. Podemos añadir que, bien visto, toda la realidad familiar se funda en la promesa −pensad esto bien: la identidad familiar se funda en la promesa−: se puede decir que la familia vive de la promesa de amor y de fidelidad que el hombre y la mujer se hacen el uno a la otra.

Y comporta el compromiso de acoger y educar a los hijos; pero se realiza también al cuidar a los padres ancianos, al proteger y atender a los miembros más débiles de la familia, al ayudarse mutuamente para desarrollar sus cualidades y aceptar sus limitaciones. Y la promesa conyugal se extiende a compartir los gozos y sufrimientos de todos los padres, madres e hijos, con generosa apertura a la convivencia humana y al bien común. Una familia que se encierra en sí misma es como una contradicción, una mortificación de la promesa que la hizo nacer y la hace vivir. No lo olvidéis nunca: la identidad de la familia es siempre una promesa que se extiende, y se extiende a toda la familia e incluso a toda la humanidad.

En nuestros días, el honor de la fidelidad a la promesa de la vida familiar parece muy debilitado. Por una parte, porque un malentendido derecho a buscar la satisfacción propia, a toda costa y en cualquier relación, se exalta como un principio no negociable de libertad. Por otra parte, porque se fían exclusivamente a la obligación de la ley los vínculos de la vida de relación y del compromiso por el bien común. Pero, en realidad, nadie quiere ser amado solo por sus bienes o por obligación. El amor, igual que la amistad, deben su fuerza y su belleza precisamente a este hecho: que generan un vínculo sin quitar la libertad. El amor es libre, la promesa de la familia es libre, y esa es la belleza. Sin libertad no hay amistad, sin libertad no hay amor, sin libertad no hay matrimonio.

Así pues, libertad y fidelidad no se oponen una a la otra, es más, se apoyan mutuamente, tanto en las relaciones interpersonales como en las sociales. Pensemos, por ejemplo, en los daños que producen, en esta civilización de la comunicación global, la inflación de promesas no cumplidas, en tantos campos, y la indulgencia por la infidelidad a la palabra dada y a los compromisos adquiridos.

Sí, queridos hermanos y hermanas, la fidelidad es una promesa de compromiso que se cumple creciendo en la libre obediencia a la palabra dada. La fidelidad es una confianza que “quiere” ser realmente compartida, y una esperanza que “quiere” ser cultivada juntos. Y hablando de fidelidad, me viene a la cabeza lo que nuestros ancianos, nuestros abuelos contaban: “En aquellos tiempos, cuando se hacía un acuerdo, un estrechón de manos era suficiente, porque estaba la fidelidad a las promesas”. Y eso, que es un hecho social, también tiene origen en la familia, en el estrechón de manos del hombre y la mujer para ir adelante juntos, toda la vida.

¡La fidelidad a las promesas es una auténtica obra de arte de la humanidad! Si miramos su audaz belleza, nos da miedo, pero si despreciamos su valiente tenacidad, estamos perdidos. Ninguna relación de amor −ninguna amistad, ninguna forma de querer, ninguna felicidad del bien común− llega a la altura de nuestro deseo y de nuestra esperanza, si no llega a vivir ese milagro del alma. Y digo “milagro”, porque la fuerza y la persuasión de la fidelidad, a pesar de todo, no acaban de encantarnos y de asombrarnos. El honor a la palabra dada, la fidelidad a la promesa, no se pueden comprar ni vender. No se pueden obligar por la fuerza, ni tampoco proteger sin sacrificio.

Ninguna otra escuela puede enseñar la verdad del amor, si la familia no lo hace. Ninguna ley puede imponer la belleza y la herencia de este tesoro de la dignidad humana, si el vínculo personal entre amor y generación no la escribe en nuestra carne.

Hermanos y hermanas, es necesario devolver el honor social a la fidelidad del amor: ¡devolver el honor social a la fidelidad del amor! Es necesario sacar de la clandestinidad el diario milagro de millones de hombres y mujeres que regeneran su fundamento familiar, del que toda sociedad vive, sin ser capaz de garantizarlo de ningún otro modo. No es casualidad que este principio de la fidelidad a la promesa del amor y de la generación esté escrito en la creación de Dios como una bendición perenne, a la que se confía el mundo.

Si san Pablo puede afirmar que en el vínculo familiar está misteriosamente revelada una verdad decisiva también para el vínculo del Señor y de la Iglesia, quiere decir que la Iglesia misma encuentra aquí una bendición que debe proteger y de la que aprender siempre, mucho antes de enseñarla y aplicarla. Nuestra fidelidad a la promesa está, en todo caso, siempre confiada a la gracia y a la misericordia de Dios. El amor por la familia humana, en la buena y en la mala suerte, es un punto de honor para la Iglesia. Que Dios nos conceda estar a la altura de esta promesa. Y pidamos también por los Padres del Sínodo: que el Señor bendiga su trabajo, hecho con fidelidad creativa, con la confianza de que Él, el Señor −¡Él el primero!−, es fiel a sus promesas. Gracias.

ALMUDI

 

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