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LA VOCACIÓN NATURAL DE LA FAMILIA ES LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS

LA VOCACIÓN NATURAL DE LA FAMILIA ES LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS

Durante la audiencia general el Santo Padre habló de la dimensión educativa de la familia, incluido en casos complejos como el de padres separados

Queridos hermanos y hermanas,

Hoy deseo reflexionar sobre la educación de los hijos como vocación natural de la familia. La alianza educativa está en crisis en nuestros días. Está rota. Los síntomas son muchos: por una parte hay tensiones y desconfianza entre padres y educadores; por otra parte, cada vez son más los “expertos” que pretenden ocupar el papel de los padres los cuales quedan relegados a un segundo lugar. Es necesario favorecer la armonía, el diálogo y la colaboración entre los diversos agentes de la educación. El papel de los padres es insustituible, solo ellos pueden compensar algunos errores. Sin embargo, a veces se encuentran paralizados por miedo a equivocarse, ante la complejidad de la vida actual y las nuevas exigencias de sus hijos.

La Iglesia está llamada a acompañar la misión educativa de los padres, sobre todo con la luz de la Palabra de Dios, que funda la familia sobre el amor. El mismo Jesús recibió una educación familiar, que le ayudó a crecer en edad, sabiduría y gracia. Si la educación familiar recobra su protagonismo, muchas cosas cambiarán para bien. Es hora de que los padres y las madres regresen de su exilio, se han autoexiliado de la educación de los hijos, y se impliquen plenamente en la educación de sus hijos.

Saludo a los peregrinos de lengua española, (el Papa saluda al cardenal Rubén Salazar, recientemente elegido Presidente del Celam). Saludo en particular a los fieles de la Archidiócesis de Toledo, acompañados por su Pastor, Mons. Braulio Rodríguez Plaza, así como a los grupos venidos de España, México, Argentina, Panamá, Chile y otros países latinoamericanos. Pidamos al Señor que dé a los padres la confianza, la libertad y el valor necesarios para cumplir fielmente su misión educativa. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Texto completo de la catequesis del Papa traducida al español

Hoy, queridos hermanos y hermanas, quiero daros la bienvenida porque he visto entre vosotras a tantas familias: ¡buenos días a todas las familias!

Continuamos reflexionando sobre la familia. Hoy nos detendremos a reflexionar sobre una característica esencial de la familia: su natural vocación a educar a los hijos para que crezcan en responsabilidad personal y con los demás. Lo que hemos escuchado del Apóstol Pablo, al comienzo, es tan bonito: Vosotros hijos, obedeced a vuestros padres en todo; eso agrada al Señor. Vosotros padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desanimen (Col 3,20-21). Es una regla sabia: el hijo educado en escuchar y obedecer a sus padres, los cuales no deben mandar de manera fea, para no desanimar a sus hijos.

Los hijos deben crecer sin desanimarse, paso a paso. Si los padres decís a los hijos: Subamos por esa escalera, y los cogéis de la mano, y paso a paso los hacéis subir, las cosas irán bien. Pero si decís: ¡Venga, sube! −Pero, no puedo −¡Venga!, eso se llama exasperar a los hijos, pedirles cosas que no son capaces de hacer. Por eso, el trato entre padres e hijos debe ser de una prudencia, de un equilibrio tan grande. Hijos, obedeced a vuestros padres, eso agrada a Dios. Y vosotros padres, no exasperéis a los hijos, pidiéndoles cosas que no puedan hacer. Esto hay que hacerlo para que los hijos crezcan en responsabilidad.

Parecería una constatación obvia, pero tampoco en nuestros tiempos faltan las dificultades. Es difícil educar para los padres que ven a los hijos solo por la noche, cuando vuelven a casa cansados por el trabajo. ¡Los que tienen la suerte de tener trabajo! Es aún más difícil para los padres separados, que están agobiados por su condición: pobrecillos, han tenido dificultades, se han separado y muchas veces los hijos se toman como rehenes, y el padre le habla mal de la madre y la madre le habla mal del padre, ¡y se hace tanto daño!

Pues yo digo a los padres separados: ¡nunca, jamás toméis a los hijos como rehenes! Os habéis separados por tantas dificultades y motivos, la vida os ha dado esa prueba, pero que los hijos no sean los que carguen con el peso de esa separación, que no se usen como rehenes contra el otro cónyuge, que crezcan sintiendo que mamá habla bien de papá, aunque no estén juntos, y que papá habla bien de mamá. Para los padres separados esto es muy importante y muy difícil, pero lo pueden hacer.

Pero, la pregunta fundamental: ¿Cómo educar? ¿Qué tradición tenemos hoy para trasmitir a nuestros hijos? Intelectuales críticos de todo género han acallado a los padres de mil modos, para defender a las jóvenes generaciones de los daños −verdaderos o presuntos− de la educación familiar. La familia ha sido acusada, entre otras cosas, de autoritarismo, de favoritismo, de conformismo, de represión afectiva que genera conflictos.

De hecho, se ha abierto una fractura entre familia y sociedad, entre familia y escuela, el pacto educativo se ha roto; y así, la alianza educativa de la sociedad con la familia ha entrado en crisis porque ha sido minada la confianza recíproca. Los síntomas son muchos. Por ejemplo, en la escuela se han visto afectadas las relaciones entre padres y profesores. A veces hay tensiones y desconfianza mutua; y las consecuencias naturalmente recaen en los hijos.

Por otra parte, se han multiplicados los llamados expertos, que han ocupado el papel de los padres incluso en los aspectos más íntimos de la educación. En la vida afectiva, en la personalidad y el desarrollo, en los derechos y deberes, los expertos lo saben todo: objetivos, motivaciones, técnicas. Y los padres sólo pueden escuchar, aprender y adecuarse. Privados de su papel, se vuelven excesivamente aprensivos y posesivos con sus hijos, hasta no corregirles nunca: No puedes corregir a tus hijos. Tienden a confiarlos cada vez más a los expertos, hasta para los aspectos más delicados y personales de su vida, quedándose solos en un rincón; y así los padres de hoy corren el riesgo de autoexcluirse de la vida de sus hijos. ¡Y eso es gravísimo! Hoy hay casos de este tipo. No digo que pase siempre, pero los hay.

La maestra en la escuela regaña al niño y hace una nota a los padres. Recuerdo una anécdota personal. Una vez, cuando estaba en cuarto de primaria, dije una palabrita a la maestra y ella, una buena mujer, llamó a mi madre. Vino al día siguiente, hablaron entre ellas, y luego me llamaron a mí. Y mi madre, delante de la maestra, me explicó que lo que hice era algo feo, y no había que hacerlo. ¡Mi madre lo hizo con tanta dulzura! Y luego me dijo que pidiera perdón delante de ella a la maestra. Yo lo hice y después me quedé contento porque dije: acabó bien la historia.

¡Pero aquello fue el primer capítulo! Cuando volví a casa, comenzó el segundo capítulo… Imaginaos hoy si la maestra hace algo de ese tipo, al día siguiente se encuentra a los dos padres o a uno de los dos para regañarla, porque los expertos dicen que no se debe regañar a los niños. ¡Han cambiado las cosas! Por tanto, los padres no deben autoexcluirse de la educación de los hijos. Es evidente que esa actitud no es buena: no es armónica, no es dialógica, y en vez de favorecer la colaboración entre la familia y las demás agencias educativas, las escuelas, los institutos…, los contrapone.

¿Cómo hemos llegado a este punto? No cabe duda de que los padres, o mejor, ciertos modelos educativos del pasado, tenían sus límites, no hay duda. Pero también es verdad que hay errores que solo los padres están autorizados a cometer, porque pueden compensarlos de un modo que es imposible a cualquier otro. Además, lo sabemos bien, la vida se ha vuelto avara de tiempo para hablar, reflexionar, charlar.

Muchos padres son secuestrados por el trabajo −padre y madre tienen que trabajar− y por otras preocupaciones, avergonzados por las nuevas exigencias de los hijos y por la complejidad de la vida actual −que es así, y hay que aceptarla como es− y se encuentran como paralizados por el temor a equivocarse. El problema, sin embargo, no es solo hablar. Es más, un dialogismo superficial no lleva a un verdadero encuentro de la mente y del corazón. Preguntémonos más bien: ¿Procuramos entender dónde están verdaderamente los hijos en su camino? ¿Dónde está realmente su alma? ¿Lo sabemos? Y, sobre todo: ¿Lo queremos saber? ¿Estamos convencidos de que, en realidad, no esperan otra cosa?

Las comunidades cristianas están llamadas a ofrecer apoyo a la misión educativa de las familias, y lo hacen sobre todo con la luz de la Palabra de Dios. El Apóstol Pablo recuerda la reciprocidad de los deberes entre padres e hijos: Vosotros hijos, obedeced a vuestros padres en todo; eso agrada al Señor. Vosotros padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desanimen (Col 3,20-21). En la base de todo está el amor, el que Dios nos da, que no falta el respeto, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor… Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (1Cor 13,5-6). Hasta en las mejores familias hay que soportarse, ¡y hace falta mucha paciencia para soportarse! ¡Pero la vida es así! La vida no se hace en un laboratorio, se hace en la realidad.

El mismo Jesús pasó por la educación familiar. Y también en ese caso, la gracia del amor de Cristo lleva a cumplimiento lo que está inscrito en la naturaleza humana. ¡Cuántos ejemplos estupendos tenemos de padres cristianos llenos de prudencia humana! Nos muestran que la buena educación familiar es la columna vertebral del humanismo. Su irradiación social es el recurso que permite compensar las lagunas, las heridas, los vacíos de paternidad y maternidad que afectan a los hijos menos afortunados. Esa irradiación puede hacer auténticos milagros. ¡Y en la Iglesia suceden cada día esos milagros!

Espero que el Señor conceda a las familias cristianas la fe, la libertad y la valentía necesarias para su misión. Si la educación familiar vuelve a encontrar al orgullo de su protagonismo, muchas cosas cambiarían para mejor, para los padres inciertos y para los hijos desilusionados. Es hora de que los padres y las madres vuelvan de su exilio −porque se han autoexiliado de la educación de sus hijos−, y reasuman plenamente su papel educativo. Esperemos que el Señor conceda a los padres esta gracia: la de no autoexiliarse en la educación de los hijos. Y eso solo lo puede hacer el amor, la ternura y la paciencia.

Fuente: vatican.va. ALMUDI

(Traducción de Luis Montoya).

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