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La novedad de la Esperanza cristiana

La novedad de la Esperanza cristiana

 

cristianoTexto completo de la catequesis del Papa Francisco sobre la Esperanza

 

Queridos hermanos y hermanas, buenos días. Hemos escuchado la Palabra de Dios en el libro del Apocalipsis, y dice así: «Mira, hago nuevas todas las cosas» (21,5). La esperanza cristiana se basa en la fe en Dios que siempre crea novedad en la vida del hombre, crea novedad en la historia, crea novedad en el cosmos. Nuestro Dios es el Dios que crea novedades, porque es el Dios de las sorpresas.

No es cristiano caminar con la mirada hacia bajo −como hacen los cerdos: siempre van así− sin alzar los ojos al horizonte. Como si todo nuestro camino se acabase aquí, en un palmo de pocos metros de viaje; como si en nuestra vida no hubiese ninguna meta ni ningún puerto, y estuviésemos obligados a un eterno vagar dando vueltas, sin ninguna razón para tantas fatigas. Eso no es cristiano.

Las páginas finales de la Biblia nos muestran el horizonte último del camino del creyente: la Jerusalén del Cielo, la Jerusalén celestial. Viene imaginada ante todo como una inmensa tienda, donde Dios acogerá a todos los hombres para habitar definitivamente con ellos (Ap 21,3). Y esa es nuestra esperanza. ¿Y qué hará Dios, cuando finalmente estemos con Él? Usará una ternura infinita con nosotros, como un padre que recibe a sus hijos que han trabajado y sufrido mucho. Juan, en el Apocalipsis, profetiza: «Esta es la morada de Dios con los hombres. […] Y enjugará toda lágrima de sus ojos; y no habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior ya pasó. […] Mira, hago nuevas todas las cosas» (21,3-5). ¡El Dios de la novedad!

Intentad meditar este texto de la Sagrada Escritura no de manera abstracta, sino después de leer una crónica de nuestros días, después de haber visto el telediario o la portada de los periódicos, donde hay tantas tragedias, donde se reportan noticias tristes a las que todos corremos el riesgo de acostumbrarnos. Y he saludado a algunos de Barcelona: ¡cuántas noticias tristes de allá! He saludado a algunos del Congo, ¡y cuántas noticias tristes de allá! ¡Y tantas otras! Por nombrar solo dos países de los que estáis aquí… Intentad pensar en los rostros de los niños asustados por la guerra, en el llanto de las madres, en los sueños rotos de tantos jóvenes, en los prófugos que afrontan viajes terribles, y son explotados tantas veces… La vida desgraciadamente es también esto. Algunas veces dan ganas de decir que es sobre todo eso. Puede ser. Pero hay un Padre que llora con nosotros; hay un Padre que llora lágrimas de infinita piedad respecto a sus hijos. Tenemos un Padre que sabe llorar, que llora con nosotros. Un Padre que nos espera para consolarnos, porque conoce nuestros sufrimientos y ha preparado para nosotros un futuro diverso. Esta es la gran visión de la esperanza cristiana, que se dilata a todos los días de nuestra existencia, y nos quiere levantar.

Dios no ha querido nuestras vidas por error, obligándose a sí mismo y a nosotros a duras noches de angustia. Por el contrario, nos ha creado porque nos quiere felices. Es nuestro Padre, y si nosotros aquí, ahora, experimentamos una vida que no es la que Él ha querido para nosotros, Jesús nos garantiza que Dios mismo está realizando su rescate. Él trabaja para rescatarnos.

Creemos y sabemos que la muerte y el odio no son las últimas palabras pronunciadas por la parábola de la existencia humana. Ser cristianos implica una nueva perspectiva: una mirada llena de esperanza. Alguno cree que la vida contiene todas sus felicidades en la juventud y en el pasado, y que el vivir sea un lento decaimiento. Otros también consideran que nuestras alegrías sean solo episódicas y pasajeras, y en la vida de los hombres está inscrito el sinsentido. Esos que ante tantas calamidades dicen: “Pero, la vida no tiene sentido. Nuestra senda es el sinsentido”. Pues nosotros cristianos no creemos eso. Creemos en cambio que en el horizonte del hombre hay un sol que ilumina para siempre. Creemos que nuestros días más hermosos están aún por venir. Somos gente más de primavera que de otoño. Me gustaría preguntaros ahora −que cada uno responda en su corazón, en silencio, pero que responda−: “¿Yo soy un hombre, una mujer, un chico, una chica de primavera o de otoño? ¿Mi alma está en primavera o está en otoño?”. Que cada uno se responda. ¡Veamos los brotes de un nuevo mundo en lugar de las hojas amarillentas de las ramas! No nos quedemos en nostalgias, quejas y lamentos: sabemos que Dios nos quiere herederos de una promesa e incansables cultivadores de sueños. No olvidéis la pregunta: “¿Soy una persona de primavera o de otoño?” De primavera, que espera la flor, que espera el fruto, que espera el sol que es Jesús; o de otoño, que está siempre con la cara mirando hacia abajo, amargado y, como a veces he dicho, con cara de pepinillos en vinagre.

El cristiano sabe que el Reino de Dios, su Señorío de amor está creciendo como un gran campo de trigo, aunque en medio esté la cizaña. Siempre hay problemas, chismorreos, guerras, enfermedades… ¡hay problemas! Pero el grano crece, y al final el mal será eliminado. El futuro no nos pertenece, pero sabemos que Jesucristo es la gracia más grande de la vida: es el abrazo de Dios que nos espera al final, pero que ya ahora nos acompaña y nos consuela en el camino. Él nos conduce a la gran “tienda” de Dios con los hombres (cfr. Ap 21,3), con tantos otros hermanos y hermanas, y llevaremos a Dios el recuerdo de los días vividos aquí. Y será bonito descubrir en aquel instante que nada se ha perdido, ninguna sonrisa ni ninguna lágrima. Por muy larga que haya sido nuestra vida, nos parecerá haber vivido en un soplo. Y que la creación no se detuvo el sexto día del Génesis, sino que ha proseguido incansable, porque Dios siempre se ha preocupado por nosotros. Hasta el día en que todo se cumpla, la mañana en que se extingan las lágrimas, el instante mismo en que Dios pronuncie su última palabra de bendición: «Mira −dice el Señor−, yo hago nuevas todas las cosas» (v. 5). Sí, nuestro Padre es el Dios de las novedades y de las sorpresas. Y aquel día seremos felices de verdad, y lloraremos. Sí: pero lloraremos de alegría.

ALMUDI, 23-08-2017

 

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