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La esperanza de los cristianos se basa en la certeza de ser hijos de Dios

La esperanza de los cristianos se basa en la certeza de ser hijos de Dios

hijosNinguno de nosotros puede vivir sin amor. Y una fea esclavitud en la que podemos caer es la de considerar que el amor hay que merecerlo. Quizá buena parte de la angustia del hombre contemporáneo deriva de esto: creer que, si no somos fuertes, atractivos y guapos, entonces nadie se ocupará de nosotros.

Tantas personas hoy buscan una visibilidad solo para colmar un vacío interior: como si fuésemos personas eternamente necesitadas de aprobación. Pero, ¿os imagináis un mundo donde todos mendiguen motivos para suscitar la atención ajena, y nadie en cambio esté dispuesto a querer gratuitamente a otra persona? ¡Imaginad un mundo así: un mundo sin la gratuidad del amor! Parece un mundo humano, pero en realidad es un infierno. Tantos narcisismos del hombre nacen de un sentimiento de soledad y orfandad. Detrás de muchos comportamientos aparentemente inexplicables se esconde una pregunta: ¿Es posible que yo no merezca ser llamado por mi nombre, es decir, de ser amado? Porque el amor siempre llama por el nombre…

Cuando el que no es o no se siente amado es un adolescente, entonces puede nacer la violencia. Detrás de tantas formas de odio social y de vandalismo suele haber un corazón que no ha sido reconocido. No hay niños malos, como no hay adolescentes malvados del todo, sino que existen personas infelices. ¿Y qué puede hacernos felices si no la experiencia del amor dado y recibido? La vida del ser humano es un intercambio de miradas: alguien que mirándonos nos arranca la primera sonrisa, y nosotros que gratuitamente sonreímos a quien está encerrado en la tristeza, y así le abrimos una vía de escape. Intercambio de miradas: mirar a los ojos y se abren las puertas del corazón.

El primer paso que Dios da hacia nosotros es el de un amor anticipante e incondicionado. Dios ama primero. Dios no nos quiere porque en nosotros haya alguna razón que suscite amor. Dios nos quiere porque Él mismo es amor, y el amor tiende por naturaleza a difundirse, a entregarse. Dios tampoco vincula su benevolencia a nuestra conversión: en todo caso, ésta es una consecuencia del amor de Dios. San Pablo lo dice de manera perfecta: «Dios demuestra su amor hacia nosotros porque, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8). Siendo aún pecadores. Un amor incondicionado. Estábamos “lejos”, como el hijo pródigo de la parábola: «Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio, tuvo compasión…» (Lc 15,20). Por amor nuestro Dios realizó un éxodo de sí mismo, para venir a encontrarnos a este lugar por donde era insensato que él transitase. Dios nos amó incluso cuando estábamos equivocados.

¿Quién de nosotros ama de esa manera, si no quien es padre o madre? Una madre sigue queriendo a su hijo, aunque ese hijo esté en la cárcel. Recuerdo a tantas madres, que hacían cola para entrar en la cárcel, en mi anterior diócesis. Y no se avergonzaban. El hijo estaba en la cárcel, pero era su hijo. Y sufrían tantas humillaciones en los registros, antes de entrar, pero: “¡Es mi hijo!”. “¡Pero, señora, su hijo es un delincuente!” −“¡Es mi hijo!”. Solo ese amor de madre y de padre nos hace comprender cómo es el amor de Dios. Una madre no pide la cancelación de la justicia humana, porque todo error exige una redención, pero una madre nunca deja de sufrir por su propio hijo. Lo quiere aunque sea pecador.

Dios hace lo mismo con nosotros: ¡somos sus hijos amados! ¿Pero puede ser que Dios tenga algunos hijos a los que no quiera? No. Todos somos hijos amados de Dios. No hay ninguna maldición en nuestra vida, sino solo una benévola palabra de Dios, que sacó nuestra existencia de la nada. La verdad de todo es esa relación de amor que une al Padre con el Hijo mediante el Espíritu Santo, relación en la que somos acogidos por gracia. En Él, en Cristo Jesús, hemos sido queridos, amados, deseados. Hay Alguien que imprimió en nosotros una belleza primordial, que ningún pecado, ninguna decisión errónea podrá jamás borrar del todo. Siempre somos, a los ojos de Dios, pequeñas fuentes hechas para manar agua buena. Lo dijo Jesús a la mujer samaritana: «El agua que yo [te] daré se hará en [ti] una fuente de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,14).

Para cambiar el corazón de una persona infeliz, ¿cuál es la medicina? ¿Cuál es la medicina para cambiar el corazón de una persona que no es feliz? [responden: el amor] ¡Más fuerte! [gritan: ¡el amor!] ¡Bien! ¡Muy bien todos! ¿Y cómo se hace sentir a la persona que uno la ama? Hace falta, ante todo, abrazarla. Hacerle sentir que es deseada, que es importante, y dejará de estar triste. Amor llama a amor, de modo más fuerte que el odio llama a la muerte. Jesús no murió y resucitó para sí mismo, sino para nosotros, para que nuestros pecados sean perdonados. Es pues tiempo de resurrección para todos: tiempo de levantar a los pobres del desánimo, sobre todo a los que yacen en el sepulcro desde hace más tiempo que tres días. Sopla aquí, en nuestros rostros, un viento de liberación. Germina aquí el don de la esperanza. Y la esperanza es la de Dios Padre que nos ama como somos: nos ama siempre y a todos. Gracias.

FRANCISCO

ALMUDI, 14-06-2017

 

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