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El tercer hijo

El tercer hijo

Entre el primer hijo, que habita la casa del Padre, y el menor nos falta el que inmerso en las juergas con sumerios y sumerias, que se niega a reconocer que le falta algo

Probablemente, para describir el mundo contemporáneo, la parábola del hijo pródigo necesitaría un tercer hijo. Entre otras cosas, esto es lo que me induce a pensar que este mundo no es tan importante como se cree, una vez que fue olvidado en la parábola universal.

En efecto, entre el primer hijo que habita la casa del Padre y en buena medida no la valora, y el menor, que tras abandonarla gastó sus bienes en francachelas y luego vuelve arrepentido a la misma casa, nos falta el hijo que inmerso en las juergas con sumerios y sumerias, se niega a reconocer que le falta algo. No quiere volver, antes bien pretende que el Padre acuda a bendecir su juerga y la siga pagando, descubierto el nuevo paraíso en la tierra. Me temo que una parte de la comprensión hacia el mundo que nos circunda, salta el arrepentimiento del hijo pródigo para instaurar la exaltación del que no vuelve sino que pretende subyugar al Padre a su particular y subjetiva forma de ver las cosas.

Por supuesto los grandes escritores apologetas desde Benson a Chesterton observaron a lo largo del siglo XX que este tercer hijo, muy abundante, no era en sí peligroso, probablemente porque le bastaría la vista del Padre y el escándalo de su comportamiento para caer de hinojos y volverse un segundo hijo, ese en el que todos nos reconocemos.

El peligro estaría más bien en un cuarto hijo, muy peligroso. Beneficente, ha convertido la cría de cerdos en un negocio lucrativo, se cree perfecto, dotado de un moralismo puritano que le impide añorar la casa de su padre. Realmente ha llamado a sus hermanos a que se unan a su nueva y constructiva empresa, privada de amor, plena de eficacia, donde la única regla es no añorar al Padre a quien se debe todo.

En su afán por meterse con el primer hijo nuestros clérigos suelen olvidarse del rasgo fundamental del segundo, el arrepentimiento y la añoranza del Padre y parecen abrir el camino hacia el tercer o cuarto hijo. Estos prohíben la pregunta sobre la trascendencia o la transforman en una caricatura de fiesta en tierras lejanas. Por muchos cerdos, cabritos o terneros cebados que repartan su alegría es tan falsa como la que llena de sujetos desesperados este Mundo que parece haber olvidado al Padre.

José Miguel Serrano

ALMUDI

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Durante un viaje en avión a Chicago, un amigo del multimillonario Philip Knight Wrigley (1894-1977) le preguntó que por qué seguía publicitando los chicles que fabricaba su empresa si esta ya era la más exitosa en todo el mundo. Wrigley le respondió:

—Por la misma razón que el piloto de este avión deja los motores en marcha cuando ya estamos en el aire.

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El rey español Felipe IV (1605-1665) le pidió al escritor Francisco de Quevedo (1580-1645) que improvisara una cuarteta.

—Dadme pie —le dijo Quevedo.

El rey, creyendo hacer una gracia, le alargó la pierna. Pero el escritor, que siempre fue de respuesta rápida e ingenio agudo, lejos de darse por vencido, improvisó, como le habían pedido, la siguiente cuarteta:

—En semejante postura / dais a entender, señor, / que yo soy el herrador / y vos la cabalgadura.

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