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‘El pecado es como una bofetada a Dios’

‘El pecado es como una bofetada a Dios’

Homilía del santo Padre sobre el Evangelio de la Transfiguración

Dos veces se hace referencia, en este pasaje del Evangelio (cfr. Mt 17,1-9), a la belleza de Jesús, de Jesús-Dios, de Jesús luminoso, de Jesús lleno de alegría y de vida. Primero, en la visión: “Y se transfiguró”. Se transfigura ante los discípulos: “su rostro brilló como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. Jesús se transforma, se transfigura. La segunda vez, mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó que no hablasen de esta visión hasta que Él resucitase de la muerte, o sea que en la resurrección Jesús tendrá −había tenido, pero en aquel momento aún no había resucitado− el mismo rostro luminoso, brillante, ¡será así! Pero, ¿qué quería decir? Que entre esta transfiguración, tan bella, y la resurrección, habrá otro rostro de Jesús: tendrá un rostro no tan bello; tendrá un rostro feo, desfigurado, torturado, despreciado, ensangrentado por la corona de espinas… Todo el cuerpo de Jesús será precisamente como algo que descartar.

Dos transfiguraciones y en medio Jesús Crucificado, la cruz. ¡Debemos mirar mucho la cruz! Es Jesús-Dios −“este es mi Hijo”, “¡este es mi Hijo el amado!”−, Jesús, el Hijo de Dios, Dios mismo, en el que el Padre se complace: ¡Él se anonadó para salvarnos! Y por usar una palabra demasiado fuerte, muy fuerte, quizá una de las palabras más fuertes del Nuevo Testamento, una palabra que usa Pablo: se hizo pecado (cfr. 2Cor 5,21). El pecado es lo más feo; el pecado es la ofensa a Dios, la bofetada a Dios, es decir a Dios: “Tú no me importas, yo prefiero esto…”. Y Jesús se hizo pecado, se anonadó, se abajó hasta allí… Y para preparar a los discípulos a no escandalizarse de verlo así, en la cruz, hizo esta transfiguración.

Estamos acostumbrados a hablar de los pecados: cuando nos confesamos −“he cometido este pecado, he hecho este otro…”−; y también en la Confesión, cuando somos perdonados, oímos que somos perdonados porque Él cargó con ese pecado en la Pasión: Él se hizo pecado. Y estamos habituados a hablar de los pecados ajenos. Es algo feo… En vez de hablar de los pecados ajenos, no digo que nos hagamos pecado nosotros, porque no podemos, pero sí mirar nuestros pecados y a Él, que se hizo pecado.

Ese es el camino a la Pascua, a la Resurrección: con la seguridad de esta transfiguración seguir adelante; ver ese rostro tan luminoso, tan bello que será el mismo en la Resurrección y el mismo que encontraremos en el Cielo, y ver también ese otro rostro que se hizo pecado, y pagó así, para todos nosotros. Jesús se hizo pecado, se hizo maldición de Dios por nosotros: el Hijo bendito, en la Pasión se hizo el maldito porque tomó sobre sí nuestros pecados (cfr. Gal 3,10-14). Pensemos en esto. ¡Cuánto amor! ¡Cuánto amor! Y pensemos también en la belleza del rostro transfigurado de Jesús que encontraremos en el Cielo.

Y que esta contemplación de los dos rostros de Jesús −el transfigurado y el hecho pecado, hecho maldición− nos anime a seguir adelante en el camino de la vida, en el camino de la vida cristiana. Que nos anime a pedir perdón por nuestros pecados, a no pecar tanto… Que nos anime sobre todo a tener confianza, porque si Él se hizo pecado es porque cargó sobre sí los nuestros. Y está dispuesto siempre a perdonarnos. Solamente tenemos que pedirlo.”

ALMUDI, 13-03-2017

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Vicente Pérez Rosales cuenta en su libro de relatos personales Recuerdos del pasado (1814-1860) que acudió en 1830 a una oficina de entrega de pasaportes en París, Francia. Él relata que "Chile era tan poco conocido en Europa en 1830, como lo es para los chilenos en el día, la geografía de los compartimientos lunares".

Al llegar, fue consultado por el oficinista:

- ¿De qué país es usted caballero?

- De la república chilena.

- ¿Cómo dice usted?

- De Chile, señor.

- ¿Qué está usted diciendo?… Chile, ¡vaya un nombre!

- Sí, señor. - respondió Pérez- De Chile, república americana. ¿Qué tiene de extraño este nombre?

- ¡Ah, ah!, ¿de l’«Amérique», eh?… Chili… Chile, aguarde usted… Chile. Dígame usted más bien, caballero, ¿De qué pueblo es usted?, porque del tal Chili no hago memoria.

- De la ciudad de Santiago, señor.

- ¡Anda diablo! - exclamo entonces el sabio oficinista- ¡acabará usted de explicarse! – Y volviéndose a su escribiente le dictó estas palabras:

"V. Pérez Rosales, natural de Santiago de México.” Al oír semejante atrocidad, Pérez Rosales exclamó exasperado:

-¡De Chile! Que no de México

-Pues, mándeseme mudar de aquí - respondió el geógrafo - y no me vuelva a entrar en mi oficina antes de averiguar mejor cuál es su patria.

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