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El Papa explica el significado de la invocación “líbranos del mal”

El Papa explica el significado de la invocación “líbranos del mal”

Durante la Audiencia general del 15 de mayo, el Papa ha reflexionado sobre la última petición del Padrenuestro

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy reflexionamos sobre la última invocación del Padrenuestro que dice: «Líbranos del mal». No basta pedir a Dios que no nos deje caer en la tentación, sino que debemos ser liberados de un mal que intenta devorarnos. La oración cristiana es consciente de la realidad que le rodea y pone al centro la súplica a Dios, especialmente en los momentos en el que la amenaza del mal se hace más presente. Así la oración filial del Padrenuestro se hace oración para los pecadores y los perseguidos, para los desesperados y los moribundos.

El hombre se presenta como el que, a pesar de soñar con el amor y el bien, expone continuamente al mal su propia persona y la de sus semejantes. Un mal que encontramos en la historia, en la naturaleza y en los pliegues de nuestro corazón, y que probó también Jesús.

Antes de iniciar su pasión, suplicó a Dios que alejase de él ese cáliz, pero puso su voluntad en las manos de su Padre. En esa obediencia, experimentó no solo la soledad y la animosidad, sino el desprecio y la crueldad; no solo la muerte, sino una muerte de cruz. Sin embargo, Jesús nos da ejemplo de cómo se vence este mal: pidió a Pedro  envainar la espada, aseguró al ladrón arrepentido el paraíso y suplicó al Padre el perdón para los que lo condenaban. De ese perdón que vence al mal, nace nuestra esperanza.

Finalmente llegamos a la séptima petición del “Padrenuestro”: «Y líbranos del mal» (Mt 6,13b). Con esta expresión, quien reza no solo pide que no nos deje caer en el momento de la tentación, sino que suplica también ser librado del mal. El verbo griego original es muy fuerte: evoca la presencia del maligno que tiende a aferrarnos y mordernos (cfr. 1Pt 5,8) y del que se pide a Dios la liberación. El apóstol Pedro dice incluso que el maligno, el diablo, está rodeándonos como un león furioso, para devorarnos, y nosotros pedimos a Dios que nos libere.

Con esta doble súplica: “no nos dejes caer” y “líbranos”, surge una característica esencial de la oración cristiana. Jesús enseña a sus amigos a poner la invocación al Padre ante todo, también y especialmente en los momentos en que el maligno deja sentir su presencia amenazante. Pues la oración cristiana no cierra los ojos a la vida. Es una oración filial y no una oración infantil. No está tan enamorada de la paternidad de Dios que olvida que el camino del hombre está lleno de dificultades. Si no estuviesen los últimos versículos del “Padrenuestro”, ¿cómo podrían rezar los pecadores, los perseguidos, los desesperados, los moribundos? La última petición es precisamente la petición nuestra cuando estemos en el límite, siempre.

Hay un mal en nuestra vida, que es una presencia incontestable. Los libros de historia son el desolador catálogo de que nuestra existencia en este mundo ha sido una aventura a menudo fracasada. Hay un mal misterioso, que ciertamente no es obra de Dios sino que penetra silencioso en los pliegues de la historia. Silencioso como la serpiente que lleva el veneno silenciosamente. En algún momento parece hacerse con el mando: en ciertos días su presencia parece incluso más nítida que la de la misericordia de Dios.

El orante no está ciego, y ve límpido ante sus ojos ese mal tan incómodo, y tan en contradicción con el misterio mismo de Dios. Lo ve en la naturaleza, en la historia, incluso en su corazón. Porque no hay nadie de nosotros que pueda decirse exento del mal, o de no ser al menos tentado. Todos sabemos qué es el mal; todos sabemos qué es la tentación; todos hemos experimentado en nuestra carne la tentación, de cualquier pecado. Pero es el tentador quien nos mueve y nos empuja al mal, diciéndonos: “haz eso, piensa esto, ve por ese camino”.

El último grito del “Padrenuestro” es lanzado contra ese mal “de ala ancha”, que tiene las experiencias más diversas bajo su paraguas: los lutos del hombre, el dolor inocente, la esclavitud, la instrumentalización del otro, el llanto de los niños inocentes. Todos esos hechos protestan en el corazón del hombre y se vuelven voz en la última palabra de la oración de Jesús.

Es precisamente en los relatos de la Pasión donde algunas expresiones del “Padrenuestro” encuentran su eco más impresionante. Dice Jesús: «¡Abbá, Padre! Todo te es posible, aparta de mí este cáliz; pero que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mc 14,36). Jesús experimenta por completo la herida del mal. No solo la muerte, sino la muerte de cruz. No solo la soledad, sino también el desprecio, la humillación. No solo la malicia, sino también la crueldad, la furia contra Él. Eso es el hombre: un ser dedicado a la vida, que sueña el amor y el bien, pero que luego expone continuamente al mal a sí mismo y a sus semejantes, hasta el punto de que podemos ser tentados de desesperar del hombre.

Queridos hermanos y hermanas, así el “Padrenuestro” se parece a una sinfonía que requiere cumplirse en cada uno de nosotros. El cristiano sabe lo subyugante que es el poder del mal, y al mismo tiempo experimenta cómo Jesús, que nunca cedió a sus halagos, está de nuestra parte y viene en nuestra ayuda.

Así la oración de Jesús nos deja la más preciosa de las herencias: la presencia del Hijo de Dios que nos libró del mal, luchando para convertirlo. En la hora del combate final, a Pedro le dijo que metiera la espada en su funda, al ladrón arrepentido le aseguró el paraíso, a todos los hombres que le rodeaban, desconociendo la tragedia que estaba ocurriendo, les da una palabra de paz: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

Del perdón de Jesús en la cruz brota la paz, la verdadera paz viene de la cruz: es don del Resucitado, un don que nos da Jesús. Pensad que el primer saludo de Jesús resucitado es “paz a vosotros”, paz a vuestras almas, a vuestros corazones, a vuestras vidas. El Señor nos da la paz, nos da el perdón pero nosotros debemos pedir: “líbranos del mal”, para no caer en el mal. Esa es nuestra esperanza, la fuerza que nos da Jesús resucitado, que está aquí, en medio de nosotros: está aquí. Está aquí con esa fuerza que nos da para seguir adelante, y nos promete librarnos del mal.

ALMUDI, 15-05-2019

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Humor

En 1809, el famoso novelista escocés Walter Scott (1771-1832) escribía lo siguiente:

—Alumbrar las poblaciones con gas es una quimera y una ilusión que hace reír.

Años después, en su vejez, paradójicamente, fue presidente de una compañía de alumbrado con gas.

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En 1878, el profesor de la universidad de Oxford Erasmus Wilson (1809-1884) pronosticó que:

—En lo que respecta a la luz eléctrica, hay mucho que decir a favor y en contra. Creo poder afirmar que la luz eléctrica morirá con el fin de la Exposición Universal de París. Luego no volveremos a oír hablar de ella.

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En 1940 repitió diagnóstico el profesor de Harvard, Chester L. Dawes:

—La televisión nunca será popular. Hay que mirarla en una habitación semioscura y exige continua atención.

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