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El Papa explica el “arte del acompañamiento” en los primeros cristianos

El Papa explica el “arte del acompañamiento” en los primeros cristianos


La primera curación que narra el libro de los Hechos de los Apóstoles es la de un hombre paralítico de nacimiento que pedía limosna en la puerta del Templo llamada Hermosa.

En los Hechos de los Apóstoles la predicación del Evangelio no se confía solo a las palabras, sino también a acciones concretas que manifiestan la verdad del anuncio. Se trata de «prodigios y señales» (Hch 2,43) que suceden por obra de los Apóstoles, confirmando su palabra y demostrando que actúan en el nombre de Cristo. Sucede así que los Apóstoles interceden y Cristo actúa, obrando «junto a ellos» y confirmando la Palabra con los signos que la acompañan (Mc 16,20). Los muchos signos y milagros que hicieron los Apóstoles eran precisamente una manifestación de la divinidad de Jesús.

Nos encontramos hoy ante el primer relato de curación, ante un milagro, que es el primer relato de curación del Libro de los Hechos. Tiene una clara finalidad misionera, que mira a suscitar la fe. Pedro y Juan van a rezar al Templo, centro de la experiencia de fe de Israel, al que los primeros cristianos aún están fuertemente vinculados. Los primeros cristianos rezaban en el Templo de Jerusalén. Lucas registra la hora: es la hora nona, o sea las tres de la tarde, cuando el sacrificio se ofrecía en holocausto como señal de la comunión del pueblo con su Dios; y también la hora en que Cristo murió ofreciéndose a sí mismo «una vez para siempre» (Hb 9,12; 10,10). Y en la puerta del Templo llamada “Hermosa” −la puerta Hermosa− ven a un mendigo, un hombre paralítico de nacimiento. ¿Por qué estaba en la puerta, ese hombre? Porque la Ley mosaica (cfr. Lv 21,18) impedía ofrecer sacrificios a quien tuviese malformaciones físicas, consideradas consecuencia de alguna culpa. Recordemos que ante a un ciego de nacimiento, el pueblo preguntó a Jesús: «¿Quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?» (Jn 9,2). Según aquella mentalidad, siempre hay una culpa en el origen de una malformación. Y en seguida se les negó hasta el acceso al Templo. El lisiado, paradigma de los muchos excluidos y descartados de la sociedad, está allí pidiendo limosna como cada día. No podía entrar, pero estaba en la puerta. Cuando sucede algo imprevisto: llegan Pedro y Juan y se desencadena un juego de miradas. El lisiado mira a los dos para pedir limosna, los Apóstoles en cambio lo observan, invitándole a mirarles de modo distinto, para recibir otro don. El lisiado los mira y Pedro le dice: «No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: ¡en el nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda!» (Hch 3,6). Los Apóstoles han establecido una relación, porque ese es el modo al que Dios le gusta manifestarse, en la relación, siempre en el diálogo, siempre en las apariciones, siempre con la inspiración del corazón: son relaciones de Dios con nosotros; a través de un encuentro real entre las personas que puede suceder solo en el amor.

El Templo, además de ser el centro religioso, era también un lugar de intercambios económicos y financieros: contra esa reducción se habían lanzado muchas veces los profetas y también Jesús mismo (cfr. Lc 19,45-46). ¡Cuántas veces pienso en esto cuando veo alguna parroquia donde se piensa que es más importante el dinero que los sacramentos! ¡Por favor! Iglesia pobre: pidamos al Señor esto. Aquel mendigo, al encontrar a los Apóstoles, no recibe dinero sino que halla el Nombre que salva al hombre: Jesucristo Nazareno. Pedro invoca el nombre de Jesús, ordena al paralítico que se ponga de pie −en la posición de los vivos: de pie−, y toca al enfermo, es decir, lo toma de la mano y lo levanta, gesto en que San Juan Crisóstomo ve «una imagen de la resurrección» (Homilías sobre los Hechos de los Apóstoles, 8). Y aquí aparece el retrato de la Iglesia, que ve a quien está en dificultad, no cierra los ojos, sabe mirar a la humanidad a la cara para crear relaciones significativas, puentes de amistad y de solidaridad en vez de barreras. Aparece el rostro de «una Iglesia sin fronteras que se siente madre de todos» (Evangelii gaudium, 210), que sane tomar de la mano y acompañar para levantar, no para condenar. Jesús siempre tiende la mano, siempre intenta levantar, hacer que la gente se cure, que sea feliz, que encuentre a Dios. Se trata del «arte del acompañamiento» que se caracteriza por la delicadeza con que nos acercamos a la «tierra sagrada del otro», dando al camino «el ritmo saludable de la proximidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y anime a madurar en la vida cristiana» (ibíd., 169). Y eso hacen estos dos Apóstoles con el lisiado: lo miran, dicen “míranos”, le tienden la mano, lo levantan y lo curan. Así hace Jesús con todos nosotros. Pensemos esto cuando estemos en momentos malos, en momentos de pecado, en momentos de tristeza. Está Jesús que nos dice: “¡Mírame: estoy aquí!”. Tomemos la mano de Jesús y dejémonos alzar.

Pedro y Juan nos enseñan a no confiar en los medios, que también son útiles, sino en la verdadera riqueza que es la relación con el Resucitado. Pues somos −como diría san Pablo− «pobres, pero enriqueciendo a muchos; como quienes nada tienen, aunque poseyéndolo todo» (2Cor 6,10). Nuestro todo es el Evangelio, que manifiesta el poder del nombre de Jesús que realiza prodigios.

Y nosotros −cada uno de nosotros−, ¿qué poseemos? ¿Cuál es nuestra riqueza, cuál es nuestro tesoro? ¿Con qué podemos hacer ricos a los demás? Pidamos al Padre el don de una memoria agradecida al recordar los beneficios de su amor en nuestra vida, para dar a todos el testimonio de la alabanza y del reconocimiento. No lo olvidemos: la mano tendida siempre para ayudar al otro a levantarse; es la mano de Jesús que, a través de nuestra mano, ayuda a los demás a alzarse.

Fuente: vatican.va / romereports.com.

Traducción de Luis Montoya.

ALMUDI, 07-08-2019

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Diagnósticos errados

En 1878, el profesor de la universidad de Oxford Erasmus Wilson (1809-1884) pronosticó:

—En lo que respecta a la luz eléctrica, hay mucho que decir a favor y en contra. Creo poder afirmar que la luz eléctrica morirá con el fin de la Exposición Universal de París. Luego no volveremos a oír hablar de ella.

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En 1864, el rey Guillermo I de Prusia (1797-1888), cuando le comentaron los avances del ferrocarril, afirmó convencido:

—Nadie pagará dinero por ir de Berlín a Potsdam en una hora cuando puede llegar a lomos de su caballo en un día y gratis.

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En 1940 el profesor de Harvard, Chester L. Dawes afirmó:

—La televisión nunca será popular. Hay que mirarla en una habitación semioscura y exige continua atención.

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