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El Papa alerta contra el pecado de hipocresía

El Papa alerta contra el pecado de hipocresía

Durante la audiencia general el Santo Padre ha hablado del pasaje del Nuevo Testamento en el que una mujer pecadora lava los pies de Jesús ante la indignación de los fariseos

Hoy queremos detenemos en un aspecto de la misericordia bien representado en el evangelio de Lucas (Lc 7,37-38.44.47-48): se trata de un hecho sucedido a Jesús cuando era huésped de un fariseo de nombre Simón. Este quiso invitar a Jesús a su casa porque había oído hablar bien de Él como de un gran profeta. Y mientras se hallaban sentados a la mesa, entra una mujer conocida por todos en la ciudad como pecadora. Y, sin decir palabra, se pone a los pies de Jesús y se echa a llorar; sus lágrimas mojan los pies de Jesús, pero ella los seca con sus cabellos y luego los besa y los unge con un perfume que ha traído consigo.

Resalta el contraste entre las dos figuras: la de Simón, el celoso servidor de la ley, y la de aquella anónima mujer pecadora. Mientras el primero juzga a los demás por las apariencias, la segunda con sus gestos expresa con sinceridad su corazón. Simón, a pesar de haber invitado a Jesús, no quiere comprometerse ni implicar su vida con el Maestro; la mujer, al contrario, se fía plenamente de Él con amor y veneración.

El fariseo no concibe que Jesús se deje contaminar −entre comillas− por los pecadores. Así pensaban ellos. Él piensa que si fuera realmente un profeta debería reconocerlos y mantenerlos lejos para no ser manchado, como si fuesen leprosos. Esta actitud es típica de un cierto modo de entender la religión, y está motivada porque Dios y el pecado se oponen radicalmente. Pero la Palabra de Dios nos enseña a distinguir entre el pecado y el pecador: con el pecado no se pueden hacer componendas, mientras que los pecadores −¡o sea, todos nosotros!−somos como enfermos que hay que curar, y para curarlos hace falta que el médico se les acerque, los visite, los toque. Y, naturalmente, el enfermo para ser curado debe reconocer que necesita al médico.

Entre el fariseo y la mujer pecadora, Jesús se inclina por esta última. Jesús, libre de prejuicios que impiden que la misericordia se exprese, el Maestro la deja hacer. Él, el Santo de Dios, se deja tocar por ella sin temor a ser contaminado. Jesús es libre, libre porque está cerca de Dios que es Padre misericordioso. Y esa cercanía a Dios, Padre misericordioso, da a Jesús la libertad. Es más, entrando en relación con la pecadora, Jesús pone fin a esa condición de aislamiento a la que el severo juicio del fariseo y de sus paisanos −que abusaban de ella− la condenaba: «Tus pecados te son perdonados» (v. 48).

La mujer ahora puede irse “en paz”. El Señor ha visto la sinceridad de su fe y de su conversión; por eso, ante todos proclama: «Tu fe te ha salvado» (v. 50). Por una parte, aquella hipocresía de los doctores de la ley; por otra, la sinceridad, la humildad y la fe de la mujer. Todos somos pecadores, pero tantas veces caemos en la tentación de la hipocresía, de creernos mejores que los demás. Pero mira tu pecado…Todos miramos nuestro pecado, nuestras caídas, nuestros errores y miramos al Señor. Esa es la línea de la salvación: la relación entre “yo” pecador y el Señor. Si me siento justo, esa relación de salvación no se da.

En ese momento, un asombro aún más grande llena a todos los comensales: «¿Quién es este que hasta perdona los pecados?» (v. 49). Jesús no da una respuesta explícita, pero la conversión de la pecadora está a los ojos de todos y demuestra que en Él brilla la potencia de la misericordia de Dios, capaz de trasformar los corazones.

La mujer pecadora nos enseña el vínculo entre fe, amor y reconocimiento. Le han sido perdonados sus «muchos pecados» y por eso ama mucho; «en cambio, al que poco se le perdona, ama poco» (v. 47). Hasta el mismo Simón debe admitir que ama más aquel a quien se le ha perdonado más. Dios ha metido a todos en el mismo misterio de misericordia; y de ese amor, que siempre nos precede, todos aprendemos a amar. Como recuerda san Pablo: «en Cristo tenemos la redención por su sangre, el perdón de los pecados, según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar en nosotros» (Ef 1,7-8). En este texto, el término gracia es prácticamente sinónimo de misericordia, y se da abundante, es decir, más allá de cualquier expectativa nuestra, porque realiza el plan salvador de Dios para cada uno de nosotros.

Queridos hermanos, seamos agradecidos por el don de la fe, agradezcamos el Señor su amor tan grande e inmerecido. Dejemos que el amor de Cristo se derrame en nosotros: a ese amor aspira el discípulo y en él se funda; de ese amor cada uno se puede nutrir y alimentar. Así, en el amor agradecido que a nuestra vez derramamos en nuestros hermanos, en nuestras casas, en la familia, en la sociedad, se comunica a todos la misericordia del Señor. Gracias.

Francisco

Fuente: Rome Reports

ALMUDI, 20-04-2016

 

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