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El Padrenuestro, una oración breve y audaz

El Padrenuestro, una oración breve y audaz

padrenuestroEl Santo Padre ha continuado con su catequesis sobre el Padrenuestro, indicando el modo cómo un cristiano debe mirar a Dios: como un Padre con el que poder desahogarse

 

Jesús pone en labios de sus discípulos una oración breve, audaz, hecha de siete peticiones −un número que en la Biblia no es casual, indica plenitud. Digo audaz porque, si no la hubiese sugerido Cristo, probablemente ninguno de nosotros −es más, ninguno de los teólogos más famosos– osaría rezar a Dios de esa manera.

Jesús invita a sus discípulos a acercarse a Dios y dirigirle con confianza algunas peticiones: en primer lugar respecto a Él y luego respecto a nosotros. No hay preámbulos en el “Padrenuestro”. Jesús no enseña fórmulas para “congraciarse” con el Señor, es más, invita a rezarle haciendo caer las barreras del temor y el miedo. No dice que nos dirijamos a Dios llamándolo “Omnipotente”, “Altísimo”, “Tú, que estás tan distante a nosotros, yo soy un miserable”: no, no dice eso, sino simplemente «Padre», con toda sencillez, como los niños se dirigen a su padre. Y esta palabra “Padre”, expresa la seguridad y la confianza filial.

La oración del “Padrenuestro” hunde sus raíces en la realidad concreta del hombre. Por ejemplo, nos hace pedir el pan, el pan de cada día: petición sencilla pero esencial, que dice que la fe no es una cuestión “decorativa”, separada de la vida, que interviene cuando se han satisfecho todas las demás necesidades. Si acaso, la oración comienza con la vida misma. La oración −nos enseña Jesús− no inicia en la existencia humana después de que el estómago esté lleno: más bien anida donde hay un hombre, cualquier hombre que tenga hambre, que llore, que luche, que sufra y se pregunte “por qué”. Nuestra primera oración, en cierto sentido, fue el gemido que acompañó al primer aliento. En aquel llanto de recién nacido se anunciaba el destino de toda nuestra vida: nuestra continua hambre, nuestra continua sed, nuestra búsqueda de felicidad.

Jesús, en la oración, no quiere apagar lo humano, no lo quiere anestesiar. No quiere que evitemos las preguntas y las peticiones aprendiendo a soportar todo. En cambio, quiere que todo sufrimiento, toda inquietud, se lance al cielo y se convierte en diálogo. Tener fe, decía una persona, es un hábito al grito.

Deberíamos ser todos como el Bartimeo del Evangelio (cfr. Mc 10,46-52) −recordamos aquel pasaje del Evangelio, Bartimeo, el hijo de Timeo–, un hombre ciego que mendigaba a las puertas de Jericó. En torno a él había mucha buena gente que le intimaba a callar: “¡Cállate! Está pasando el Señor. Estate callado. No molestes. El Maestro tiene mucho que hacer; no lo molestes. Eres molesto con tus gritos. No molestes”. Pero él no escuchaba esos consejos: con santa insistencia, pretendía que su mísera condición pudiese finalmente encontrar a Jesús. ¡Y gritaba más fuerte! Y la gente educada: “¡Pero no, es el Maestro, por favor! ¡Estás quedando fatal!”. Y él gritaba porque quería ver, quería ser curado: «¡Jesús, ten piedad de mí!» (v. 47). Jesús le devuelve la vista, y le dice: «Tu fe te ha salvado» (v. 52), como explicando que lo decisivo para su curación fue aquella oración, aquella invocación gritada con fe, más fuerte que el “sentido común” de tanta gente que quería hacerlo callar. La oración no solo precede la salvación, sino que de algún modo la contiene ya, porque libera de la desesperación de quien no cree en una vía de escape de tantas situaciones insoportables.

Cierto, además, los creyentes sienten también la necesidad de alabar a Dios. Los Evangelios recogen la exclamación de júbilo que prorrumpe del corazón de Jesús, lleno de agradecimiento al Padre (cfr. Mt 11,25-27). Los primeros cristianos incluso sintieron la exigencia de añadir al texto del “Padrenuestro” una doxología: «Porque tuyo es el poder y la gloria por los siglos» (Didaché, 8,2).

Pero ninguno de nosotros está obligado a abrazar la teoría que alguno en el pasado lanzó, es decir, que la oración de petición sea una forma débil de la fe, mientras que la oración más auténtica sería la alabanza pura, la que busca a Dios sin el peso de petición alguna. No, eso no es verdad. La oración de petición es auténtica, es espontánea, es un acto de fe en Dios que es el Padre, que es bueno, que es omnipotente. Es un acto de fe en mí, que soy pequeño, pecador, necesitado. Y por eso la oración, para pedir algo, es muy noble. Dios es el Padre que tiene una inmensa compasión de nosotros, y quiere que sus hijos le hablen sin miedo, directamente llamándolo “Padre”; o en las dificultades diciendo: “Pero Señor, ¿qué me has hecho?”. Por eso le podemos contar todo, hasta las cosas que en nuestra vida son torcidas e incomprensibles. Y nos ha prometido que estará con nosotros siempre, hasta el último día que pasemos en esta tierra. Recemos el Padrenuestro, comenzando así, simplemente: “Padre” o “Papá”. Y Él nos comprende y nos quiere mucho.

Fuente: vatican.va / romereports.com.

Traducción de Luis Montoya.

ALMUDI, 12-12-2018

 

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