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El bautismo: puerta de la esperanza

El bautismo: puerta de la esperanza

bautismoEl Santo Padre, tras la pausa del mes de julio, continuó con el ciclo de catequesis sobre la esperanza y habló en esta ocasión sobre el Bautismo

 

Queridos hermanos y hermanas, buenos días. Hubo un tiempo en que las iglesias estaban orientadas al este. Se entraba en el edificio sagrado por una puerta abierta al occidente y, caminando por la nave, se dirigía uno al oriente. Era un símbolo importante para el hombre antiguo, una alegoría que en el curso de la historia ha ido decayendo progresivamente. Nosotros, hombres de la época moderna, mucho menos habituados a advertir los grandes signos del cosmos, casi nunca nos damos cuenta de un detalle de ese tipo. El occidente es el punto cardinal del ocaso, donde muere la luz. El oriente, en cambio, es el lugar donde las tinieblas son vencidas por la primera luz de la aurora y nos recuerda a Cristo, Sol nacido desde lo alto al horizonte del mundo (cfr. Lc 1,78).

Los antiguos ritos del Bautismo preveían que los catecúmenos emitiesen la primera parte de su profesión de fe con la mirada dirigida a occidente. Y en esa postura eran interrogados: “¿Renunciáis a Satanás, a su servicio y a sus obras?”. Y los futuros cristianos repetían a coro: “¡Renuncio!”. Luego se volvían hacia el ábside, en dirección a oriente, donde nace la luz, y los candidatos al Bautismo eran de nuevo interrogados: “¿Creéis en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo?”. Y esta vez respondían: “¡Creo!”

En los tiempos modernos se ha perdido parcialmente el encanto de ese rito: hemos perdido la sensibilidad al lenguaje del cosmos. Nos ha quedado naturalmente la profesión de fe, hecha según la interrogación bautismal, que es propia de la celebración de algunos sacramentos. En todo caso, permanece intacta en su significado. ¿Qué quiere decir ser cristianos? Quiere decir mirar a la luz, continuar haciendo la profesión de fe en la luz, incluso cuando el mundo está envuelto en la noche y las tinieblas.

Los cristianos no están exentos de las tinieblas, externas y también internas. No viven fuera del mundo, pero, por la gracia de Cristo recibida en el Bautismo, son hombres y mujeres “orientados”: no creen en la oscuridad, sino en el fulgor del día; no sucumben a la noche, sino que esperan la aurora; no son derrotados por la muerte, sino que anhelan resurgir; no están doblegados por el mal, porque confían siempre en las infinitas posibilidades del bien. Y esa es nuestra esperanza cristiana. La luz de Jesús, la salvación que nos lleva a Jesús con su luz que nos salva de las tinieblas.

Nosotros somos los que creen que Dios es Padre: ¡esa es la luz! No somos huérfanos, tenemos un Padre y nuestro Padre es Dios. Creemos que Jesús bajó hasta nosotros, caminó en nuestra misma vida, haciéndose compañero sobre todo de los más pobres y frágiles: ¡esa es la luz! Creemos que el Espíritu Santo actúa sin pausa por el bien de la humanidad y del mundo, y hasta los dolores más grandes de la historia serán superados: ¡esa es la esperanza que nos despierta cada mañana! Creemos que todo afecto, toda amistad, todo buen deseo, todo amor, hasta los más pequeños y olvidados, un día hallarán su cumplimiento en Dios: ¡esa es la fuerza que nos empuja a abrazar con entusiasmo nuestra vida de todos los días! Y esa es nuestra esperanza: vivir en la esperanza y vivir en la luz, en la luz de Dios Padre, en la luz de Jesús Salvador, en la luz del Espíritu Santo que nos empuja a ir adelante en la vida.

Hay además otro signo muy bonito de la liturgia bautismal que nos recuerda la importancia de la luz. Al término del rito, a los padres −si es niño− o al mismo bautizado −si es adulto− se les entrega una vela, cuya llama se enciende del cirio pascual. Se trata del grande cirio que en la noche de Pascua entra en la iglesia completamente oscura, para manifestar el misterio de la Resurrección de Jesús; de ese cirio todos encienden su propia vela y trasmiten la llama a los vecinos: en ese signo está la lenta propagación de la Resurrección de Jesús en las vidas de todos los cristianos. La vida de la Iglesia −diré una palabra un poco fuerte− es contaminación de luz. Cuanta más luz de Jesús tengamos los cristianos, cuanta más luz de Jesús haya en la vida de la Iglesia, más viva está. La vida de la Iglesia es contaminación de luz.

La exhortación más bonita que podemos dirigirnos mutuamente es la de acordarnos siempre de nuestro Bautismo. Yo querría preguntaros: ¿cuántos de vosotros se acuerdan de la fecha de su Bautismo? ¡No respondáis porque alguno sentirá vergüenza! Pensad y si no la recordáis, hoy tenéis deberes para hacer en casa: ve a tu madre, a tu padre, a tu tía, a tu tío, a tu abuela o abuelo y pregúntales: “¿Cuál es la fecha de mi Bautismo?” ¡Y no olvidarla más! ¿Está claro? ¿Lo haréis? El encargo de hoy es aprender o recordar la fecha del Bautismo, que es la fecha del renacimiento, es la fecha de la luz, es la fecha en la que −me permito una palabra− fuimos contaminados por la luz de Cristo. Nosotros hemos nacido dos veces: la primera a la vida natural, la segunda, gracias al encuentro con Cristo, en la pila bautismal. Allí morimos a la muerte, para vivir como hijos de Dios en este mundo. Allí nos volvimos humanos como nunca lo habríamos imaginado. Por eso todos debemos difundir el perfume del Crisma, con el que fuimos signados el día de nuestro Bautismo. En nosotros vive y actúa el Espíritu de Jesús, primogénito de muchos hermanos, de todos los que se oponen a la inevitabilidad de las tinieblas y de la muerte.

¡Qué gracia cuando un cristiano se hace verdaderamente un “cristo-foro”, es decir “portador de Jesús” en el mundo! Sobre todo, para los que están atravesando situaciones de luto, de desesperación, de tinieblas y de odio. Y eso se nota en tantos detalles pequeños: por la luz que un cristiano tiene en sus ojos, por el trasfondo de serenidad que no se ve afectado ni en los días más complicados, por las ganas de recomenzar a amar incluso cuando se han experimentado muchas desilusiones. En el futuro, cuando se escriba la historia de nuestros días, ¿qué se dirá de nosotros? ¿Que hemos sido capaces de esperanza, o que hemos puesto nuestra luz bajo el celemín? Si somos fieles a nuestro Bautismo, difundiremos la luz de la esperanza. El Bautismo es el inicio de la esperanza, la esperanza de Dios, y podremos trasmitir a las generaciones futuras razones de vida.

Francisco

Fuente: romereports.com / vatican.va.

Traducción de Luis Montoya.

ALMUDI, 02-08-2017

 

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La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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