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Educar en la esperanza

Educar en la esperanza

Educar en la esperanza

 

 

Durante la catequesis de este miércoles, el Papa ha dado varios consejos sobre cómo cultivar la esperanza “imaginando conversar con un joven o con cualquier persona dispuesta a aprender”

 

Queridos hermanos y hermanas, buenos días. La catequesis de hoy tiene por tema: “educar en la esperanza”. Por eso la dirigiré directamente, con el “tú”, imaginando hablar como educador, como padre a un joven o a cualquier persona abierta a aprender.

Piensa, ahí donde Dios te ha plantado: ¡espera! Espera siempre. No te rindas a la noche: recuerda que el primer enemigo a someter no está fuera de ti: está dentro. Por tanto, no dejes sitio a los pensamientos amargos, oscuros. Este mundo es el primer milagro que hizo Dios, y Dios ha puesto en nuestras manos la gracia de nuevos prodigios. Fe y esperanza caminan juntas. Cree en la existencia de las verdades más altas y más hermosas. Confía en Dios Creador, en el Espíritu Santo que mueve todo hacia el bien, en el abrazo de Cristo que espera a cada hombre al final de su existencia; cree: ¡Él te espera! El mundo camina gracias a la mirada de tantos hombres que han abierto brecha, que han construido puentes, que han soñado y creído; incluso cuando a su alrededor escuchaban palabras de burla.

Nunca pienses que la lucha que llevas a cabo es inútil. Al final de la existencia no nos espera el naufragio: en nosotros late una semilla de absoluto. Dios no defrauda: si ha puesto una esperanza en nuestros corazones, no la quiere eliminar con continuas frustraciones. Todo nace para florecer en una eterna primavera. También Dios nos ha hecho para florecer. Recuerdo aquel diálogo, cuando el roble le pidió al almendro: “Háblame de Dios”. ¡Y el almendro floreció!

¡Donde quiera que estés, construye! ¡Si has caído, levántate! Nunca te quedes ahí tirado, levántate, déjate ayudar para estar de pie. ¡Si estás sentado, ponte en camino! ¡Si el aburrimiento te paraliza, échalo con tus buenas obras! Si te sientes vacío o desmoralizado, pide que el Espíritu Santo te llene de nuevo.

Haz la paz entre los hombres, y no escuches la voz de quien siembra odio y divisiones. No oigas esas voces. Los seres humanos, aunque sean distintos los unos de los otros, han sido creados para vivir juntos. En las diferencias, paciencia: un día descubrirás que cada uno es depositario de un fragmento de verdad.

Ama a las personas. Ámalas una a una. Respeta el camino de todos, por recto o torcido que sea, porque cada uno tiene su historia que contar. También cada uno de nosotros tiene su propia historia que contar. Cada niño que nace es la promesa de una vida que una vez más se demuestra más fuerte que la muerte. Todo amor que surge es una potencia de transformación que anhela la felicidad.

Jesús nos ha entregado una luz que brilla en las tinieblas: defiéndela, protégela. Esa única luz es la riqueza más grande confiada a tu vida.

Y, sobre todo, ¡sueña! No tengas miedo de soñar. ¡Sueña! Suena con un mundo que todavía no se ve, pero que con toda certeza llegará. La esperanza nos lleva a creer en la existencia de una creación que se extiende hasta su cumplimiento definitivo, cuando Dios sea todo en todos (1Cor 15,28). Los hombres capaces de imaginación han regalado al hombre descubrimientos científicos y tecnológicos. Han surcado océanos, han pisado tierras que nadie había pisado jamás. Los hombres que han cultivado esperanzas son también los que vencieron la esclavitud, y trajeron mejores condiciones de vida a esta tierra. Piensa en esos hombres.

Sé responsable de este mundo y de la vida de cada hombre. Piensa que toda injusticia contra un pobre es una herida abierta, y disminuye tu misma dignidad. La vida no se acaba con tu existencia, y a este mundo vendrán otras generaciones que sucederán a la nuestra, y muchas más. Y cada día pide a Dios el don de la valentía. Acuérdate de que Jesús venció por nosotros el miedo. ¡Él venció el miedo! Nuestra enemiga más infiel no puede nada contra la fe. Y cuando te encuentres temeroso ante cualquier dificultad de la vida, acuérdate de que no vives solo por ti mismo. En el Bautismo tu vida ya quedó inmersa en el misterio de la Trinidad y perteneces a Jesús. Y si un día te sorprende algún susto, o crees que el mal es demasiado grande como para desafiarlo, piensa simplemente que Jesús vive en ti. Y es Él quien, a través de ti, con su mansedumbre quiere someter a todos los enemigos del hombre: el pecado, el odio, el crimen, la violencia; todos nuestros enemigos.

Ten siempre el valor de la verdad, pero acuérdate: no eres superior a nadie. Acuérdate de esto: no eres superior a nadie. Aunque tú fueses el último en creer en la verdad, no rechaces por eso la compañía de los hombres. Aunque vivieses en el silencio de una ermita, lleva en el corazón los sufrimientos de toda criatura. Eres cristiano, y en la oración recondúcelo todo a Dios.

Y cultiva ideales. Vive por algo que supera al hombre. Y si un día esos ideales te pidiesen cuentas difíciles de pagar, nunca dejes de llevarlos en tu corazón. La fidelidad lo obtiene todo.

Si fallas, levántate: nada es más humano que cometer errores. Y esos mismos errores no deben ser para ti una prisión. No estés enjaulado en tus errores. El Hijo de Dios vino no para los sanos, sino para los enfermos: así que vino también por ti. Y si fallas en el futuro, no temas, ¡vuelve a levantarte! ¿Sabes por qué? Porque Dios es tu amigo.

Si te ataca la amargura, cree firmemente en todas las personas que todavía trabajan por el bien: en su humildad está la semilla de un mundo nuevo. Frecuenta las personas que han conservado el corazón como el de un niño. Aprende de la maravilla, cultiva el asombro.

Vive, ama, sueña, cree. Y, con la gracia de Dios, nunca desesperes.

¡Dios no defrauda! Ha puesto una esperanza en nuestros corazones para hacerla prosperar, no para mortificarnos con continuas desilusiones. Renovemos nuestra adhesión y nuestra confianza en Jesús que vive en nuestros corazones para superar nuestras debilidades y atravesar nuestras pruebas. ¡Dios os bendiga!

Francisco

ALMUDI, 20-09-2017

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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