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El Papa propone examinar la conciencia para eliminar la arrogancia

El Papa propone examinar la conciencia para eliminar la arrogancia

El Papa propone examinar la conciencia para eliminar la arrogancia

En la audiencia general el Papa ha explicado cómo invocar la misericordia de Dios

Queridos hermanas y hermanos:

El miércoles pasado escuchamos la parábola del juez y de la viuda, sobre la necesidad de rezar con perseverancia. Hoy, con otra parábola, Jesús quiere enseñarnos cuál es la actitud correcta para rezar e invocar la misericordia del Padre; cómo se debe rezar; el modo bueno para rezar. Es la parábola del fariseo y del publicano (cfr. Lc 18,9-14).

Ambos protagonistas suben al templo a rezar, pero actúan de modo muy diferente, obteniendo resultados opuestos. El fariseo reza «puesto en pie» (v. 11), y emplea muchas palabras. La suya es, sí una oración de agradecimiento dirigida a Dios, pero en realidad es un desahogo de sus propios méritos, con sentido de superioridad hacia los «demás hombres», calificados como «ladrones, injustos, adúlteros», como, por ejemplo, −y señala al otro que estaba allí− «ese publicano» (v. 11). Pero precisamente ahí está el problema: ese fariseo reza a Dios, pero en realidad se mira a sí mismo. ¡Reza a sí mismo! En vez de tener ante los ojos al Señor, tiene un espejo. Aun estando en el templo, no siente la necesidad de postrarse ante la majestad de Dios; se queda de pie, se siente seguro, ¡como si fuera el dueño del templo! Y enumera las buenas obras realizadas: es irreprensible, observante de la Ley más de lo debido, ayuna «dos veces por semana» y paga el diezmo de todo lo que posee. En definitiva, más que rezar, el fariseo se complace en su propia observancia de los preceptos. Pero su actitud y sus palabras están lejos del modo de obrar y de hablar de Dios, quien ama a todos los hombres y no desprecia a los pecadores. Este desprecia a los pecadores, incluso cuando señala al otro que está ahí. O sea, ese fariseo, que se considera justo, descuida el mandamiento más importante: el amor a Dios y al prójimo.

No basta pues preguntarse cuánto rezamos, también debemos preguntarnos cómo rezamos, o mejor, cómo está nuestro corazón: es importante examinarlo para valorar los pensamientos, los sentimientos, y extirpar la arrogancia y la hipocresía. Yo pregunto: ¿se puede rezar con arrogancia? No. ¿Se puede rezar con hipocresía? No. Solo debemos rezar delante de Dios como somos. Y este rezaba con arrogancia e hipocresía. Todos somos presa del frenesí del ritmo diario, a menudo a merced de las sensaciones, aturdidos, confusos. Es necesario aprender a encontrar el camino hacia nuestro corazón, recuperar el valor de la intimidad y del silencio, porque es ahí donde Dios nos encuentra y nos habla. Solo a partir de ahí podemos a nuestra vez encontrar a los demás y hablar con ellos. El fariseo se encaminó hacia el templo, está seguro de sí, no se da cuenta de que ha errado el camino de su corazón.

El publicano en cambio −el otro− se presenta en el templo con ánimo humilde y arrepentido: «quedándose lejos, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se daba golpes de pecho» (v. 13). Su oración es brevísima, no es tan larga como la del fariseo: «Oh Dios, ten piedad de mí, pecador». Nada más. Oh Dios, ten piedad de mí, pecador. Bonita oración, ¿verdad?¿Podemos decirla tres veces todos juntos? Digámosla: Oh Dios, ten piedad de mí, pecador. Oh Dios, ten piedad de mí, pecador. Oh Dios, ten piedad de mí, pecador. Porque los recaudadores de impuestos –llamados precisamente publicanos− eran considerados personas impuras, sometidas a los dominadores extranjeros, eran mal vistos por la gente y en general asociados a los pecadores.

La parábola enseña que se es justo o pecador no por la pertenencia social, sino por el modo de comportarse con Dios y por el modo de comportarse con los hermanos. Los gestos de penitencia y las pocas y sencillas palabras del publicano manifiestan la conciencia de su mísera condición. Su oración va a lo esencial. Actúa humildemente, seguro solo de ser un pecador necesitado de piedad. Si el fariseo no pedía nada porque ya tenía de todo, el publicano solo puede mendigar la misericordia de Dios. Y eso es bonito, ¿verdad? ¡Mendigar la misericordia de Dios! Presentándose “con las manos vacías”, con el corazón desnudo y reconociéndose pecador, el publicano nos muestra a todos la condición necesaria para recibir el perdón del Señor. Al final es él, tan despreciado, quien se convierte en icono del verdadero creyente.

Jesús concluye la parábola con una sentencia: «Os digo que este −el publicano, a diferencia del otro−, volvió a su casa justificado, porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido» (v. 14). De estos dos, ¿quién es el corrupto? El fariseo. El fariseo es justo la imagen del corrupto que finge rezar, pero solo logra pavonearse de sí mismo ante un espejo. Es un corrupto pero finge rezar.

Así, en la vida quien se cree justo y juzga a los demás y les desprecia, es un corrupto y un hipócrita. La soberbia compromete toda acción buena, vacía la oración, aleja de Dios y de los demás. Si Dios premia la humildad no es para envilecernos: la humildad es más bien condición necesaria para ser levantados por Él, y experimentar la misericordia que viene a colmar nuestros vacíos. Si la oración del soberbio no llega al corazón de Dios, la humildad del mísero lo abre de par en par. Dios tiene una debilidad: la debilidad por los humildes. Ante un corazón humilde, Dios abre su corazón totalmente. Es esa humildad la que la Virgen María expresa en el cántico del Magnificat: «Ha mirado la humildad de su esclava. […] y su misericordia es de generación en generación para los que le temen» (Lc 1,48.50). Que Ella, nuestra Madre, nos ayude a rezar con corazón humilde. Y nosotros, repitamos tres veces más, esa bonita oración: Oh Dios, ten piedad de mí, pecador. Tres veces: Oh Dios, ten piedad de mí, pecador. Oh Dios, ten piedad de mí, pecador. Oh Dios, ten piedad de mí, pecador. Gracias.

ALMUDI

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