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Yo mando

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En muchas familias, hoy por hoy, la preocupación por el uso de la tecnología es una realidad, al menos allí donde hay suficiente responsabilidad por la educación de los hijos y por el aprovechamiento del tiempo entre pequeños y mayores

Parece evidente que esos medios tecnológicos crean una adición que puede ser perversa para las costumbres de unos y otros.

Cómo afrontar estos elementos nuevos en la educación y las costumbres familiares es algo complejo. Hay muchas teorías, a veces muy distintas, casi opuestas. Ante la consideración indiscutible de que esos medios son ya imprescindibles para la comunicación, para las relaciones interpersonales, organización de grupos, cuestiones laborales, etc., el peligro es dejar, sin más, que el tiempo pase. Si no se toman medidas concretas hay dos peligros evidentes, tratados ya por psicólogos y psiquiatras: la mala influencia en la educación de los jóvenes y el modo en que pueden influir en las relaciones familiares e incluso laborales.

Janell Burley Hofmann es una experta en educación y madre de familia numerosa. Tiene experiencia de su propio hogar, pero además ha estudiado el problema en contacto con otros muchos expertos. La clave de su actuación en la educación de los hijos se manifiesta nítida en el mismo título del libro que ha escrito sobre el tema: Rules.

En este caso se está refiriendo a los hijos menores de edad. ¿Cómo se empieza a dominar esta situación entre los pequeños? Parece que esto es fundamental porque, con una formación bien dirigida, se conseguirá, seguramente, que el niño crezca sabiendo a qué atenerse. La idea clave es tener la sartén por el mango, hay que dominar la situación. Por eso ella ha confeccionado un contrato que especifica claramente cómo se harán las cosas.

Y el primer punto del contrato es: el móvil es mío, yo lo he comprado y te lo dejo… con todas las consecuencias. Y, lógicamente, el segundo punto: yo siempre debo saber la contraseña. A partir de ahí se van concretando los siguientes puntos, lógicos, sugerentes: el móvil no se lleva al colegio, si estás con gente apágalo o siléncialo, etc.

A lo largo del libro va desarrollando los 18 puntos del contrato, con detalles, con anécdotas y sucedidos y la experiencia de otras madres y otros padres. A estos les dice: “Si no sabes cómo funciona el aparato que tu hijo está utilizando (…) reserva un tiempo para aprender”. No queda otra. Esto llevará a los padres a entrar, con toda naturalidad en las redes sociales donde está el hijo. A los hijos no les importa que entres, pero no les gustaría que te hicieras presente interviniendo. Hay que estar, pero con discreción.

El teléfono se entrega a los padres por la noche. Es un modo de proteger el descanso. Esas limitaciones en el uso del móvil son, sin duda, un incordio para los padres, que tienen que preocuparse constantemente, pero es la única forma de tener paz en la familia. El adolescente puede no entenderlo, pero es parte del contrato. Por lo tanto, cuidado con tener el despertador en el móvil, supondría estar atado a ese medio y sufrir las posibles interrupciones nocturnas. A pesar de todo, para muchas personas es una obsesión tener siempre el móvil encendido y cerca, “no sea que me pierda algo”.

Merece la pena leer las observaciones, fruto de su experiencia como madre y profesora, que va desarrollando en torno a los 18 puntos del contrato. Viene bien reflexionar sobre un aspecto tan crucial hoy en día en la educación de los hijos, y de los adultos…

Ángel Cabrero Ugarte, en religion.elconfidencialdigital.com.

ALMUDI, 24-11-2018

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Humor

Durante un viaje en avión a Chicago, un amigo del multimillonario Philip Knight Wrigley (1894-1977) le preguntó que por qué seguía publicitando los chicles que fabricaba su empresa si esta ya era la más exitosa en todo el mundo. Wrigley le respondió:

—Por la misma razón que el piloto de este avión deja los motores en marcha cuando ya estamos en el aire.

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El rey español Felipe IV (1605-1665) le pidió al escritor Francisco de Quevedo (1580-1645) que improvisara una cuarteta.

—Dadme pie —le dijo Quevedo.

El rey, creyendo hacer una gracia, le alargó la pierna. Pero el escritor, que siempre fue de respuesta rápida e ingenio agudo, lejos de darse por vencido, improvisó, como le habían pedido, la siguiente cuarteta:

—En semejante postura / dais a entender, señor, / que yo soy el herrador / y vos la cabalgadura.

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