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La frustración tiene ventajas

La frustración tiene ventajas

Con alguna frecuencia vemos hoy en día por todas partes niños (y también adultos) vociferando a gritos cuando las cosas no les funcionan como quisieran, no porque tengan más problemas que nunca sino porque tienen muy poca tolerancia a la frustración.

Parece que, atemorizados por toda la información sobre las consecuencias que cualquier experiencia negativa puede tener sobre nuestros hijos, los padres nos hemos dedicado a solucionarles cuanto problema, tristeza o dificultad enfrentan para que “no sufran”. Y por esta razón estamos criando unos niños que no toleran nada, a la vez que exigen todo lo que quieren así no lo merezcan… y lo más rápido posible.

Como la niñez es la escuela de entrenamiento para la edad adulta, nuestra función como padres no es solucionarles todo en la vida a los hijos sino prepararlos para que ellos se las arreglen ante las circunstancias difíciles que tendrán que enfrentar en su trayecto por este mundo. Saber lidiar con la frustración es una de ellas porque en la adultez se les presentarán muchas, y si no las han sufrido cuando son pequeños no sabrán cómo manejarlas cuando sean grandes.

Además, la frustración no es una desdicha sino una experiencia fundamental para la formación del carácter de los hijos. Es gracias a ella que los niños aprenden a ser flexibles y a adaptarse a lo imprevisible, que desarrollan la creatividad para encontrar nuevas opciones cuando otras no les funcionan, que perseveran sin darse por vencidos cuando las cosas no resultan como lo desean y que desarrollan la paciencia necesaria para lidiar con una realidad en la que los hechos suceden a un ritmo y en una forma distinta a la que esperaban.

Si por temor a que los hijos sufran con sus frustraciones, los padres hacemos hasta lo imposible por evitárselas, los estamos alistando para vivir frustrados… porque no tendrán la ecuanimidad ni aprenderán a sobrellevar los desafíos y reveses que irremediablemente serán parte de su historia. Las frustraciones no son malas, pero no tener la capacidad de superarlas ¡sí que lo es!

Ángela Marulanda. LaFamilia.com

 

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Doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Durante una recepción en el Palacio del Elíseo, en 1849, el Presidente de la República Francesa, futuro Napoleón III, fijó sus ojos en su benjamina Eugenia, y quedó prendado de ella.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, y le preguntó cómo podría llegar hasta su alcoba. Sin inmutarse, Eugenia de Montijo contestó: -Por la Iglesia.

El 30 de enero de 1853, él ya convertido en Emperador de los franceses, Napoleón III y la bella española se casaron en la catedral de Notre Dame.

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