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Imprimir carácter

Imprimir carácter

Se podría decir que la tarea de educar consiste en imprimir carácter.

Carácter” significa en griego “marca”, por eso el carácter se imprime. El temperamento, en cambio, se tiene, se nace con él; en muchos casos, se hereda. Este nos da una temperatura personal determinada, una disposición blanda o dura a recibir la marca. Por eso, el carácter no se graba en todas las personas de la misma manera: la forma de quedar marcados depende de nosotros mismos, de lo que hagamos con nuestro temperamento, de la educación que recibamos, de los hábitos que adquiramos, del estilo con que nos acostumbremos a responder a los estímulos, de la forma que tengamos de superar los obstáculos que van apareciendo en el camino…

El temperamento no determina el carácter, aunque sí lo impulsa, le proporciona, podríamos decir, temperatura. Al contrario, es el carácter, esas marcas que se van grabando en nuestra forma de ser, las que le dan un estilo determinado. Estilo viene de stilus, nombre que daban los antiguos romanos a los punzones con que escribían en las tablas enceradas. Cada uno tenía su estilo, su punzón, y marcaba la tabla a su manera.

Así, dos personas con un fuerte temperamento, o dicho de otra forma, con una temperatura bastante elevada, que se enfrentan al mismo obstáculo, por ejemplo, un fracaso –vale que nos hayan roto un juguete, un suspenso en matemáticas, una bronca del jefe o una mala inversión–, sienten ambas lo mismo: un calor inmenso que les impulsa a reaccionar de manera impetuosa.

Una de ellas sí que lo hace así: se enfada con el compañero, con el profesor, con el jefe o consigo misma, dice lo que no tiene que decir y hace lo que no debe hacer. Después, probablemente, se arrepiente y tiene que volver sobre sus propios pasos y arreglar lo que había roto en un acceso de mal humor. Eso le ha ocurrido muchas veces, porque no se ha acostumbrado a doblegar su temperamento, sino que se ha dejado llevar por él, y ha convertido en carácter ese mal carácter.

La otra, sin embargo, conoce bien su temperatura, y por eso, se ha habituado a enfriarla antes de actuar. Sabe que si se deja llevar por ese fuego repentino, después tendrá que ir apagando los pequeños o grandes incendios que haya causado. Así que encauza el calor a través de las marcas o surcos que ha ido imprimiendo a lo largo del tiempo, de modo que no dice ni hace lo que no quería decir ni hacer, sino que concentra su energía, que es mucha, en buscar soluciones.

El mismo temperamento conforma dos caracteres distintos, dos “yoes” marcados por diferentes estilos. Las dos personas han inventado formas personales de enfrentarse a los mismos obstáculos, se han habituado a responder de una determinada manera. Podríamos decir que cada cual utiliza la temperatura a su manera.

La tarea de educar consiste en conocer el temperamento de nuestros hijos para imprimir su mejor carácter.

Pilar Guembe y Carlos Goñi. ACEPRENSA, 13-06-2016

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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