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HABLEMOS DE LA FAMILIA

HABLEMOS DE LA FAMILIA

Es necesario que también las familias actuemos con principios éticos, ya que es lo que transmitimos a nuestros hijos, y sobre todo que no dejemos que nos oculten el verdadero sentido de ser familia

La sociedad española está experimentando cambios profundos en los comportamientos personales, que tienen consecuencias económicas, sociales y políticas, y que se han producido especialmente en las decisiones que tienen que ver con la familia. Por señalar algunos, y a partir de datos del INE, se observa: un descenso en el número de matrimonios, que se celebran a edad más elevada y son más inestables; la tasa de natalidad está entre las más bajas del mundo; y el número de nacimientos en mujeres no casadas ha crecido exponencialmente. El matrimonio pierde valor como fórmula de convivencia y es visto como forma de gratificación afectiva, que puede constituirse de cualquier manera y modificarse por el deseo de una sola de las partes.

Pero el INE también ofrece datos que permiten afirmar que la familia es la institución social más solidaria y necesaria. Muestran cómo cada día padres y madres dedican tiempo y recursos materiales al cuidado y educación de sus hijos y de sus propios padres, y lo hacen de manera silenciosa. Esta solidaridad se manifiesta también en los comportamientos de los abuelos que ayudan a hijos y nietos a superar la crisis, compartiendo su tiempo y sus pensiones. Detrás de la mayoría de los hogares hay trabajo, esfuerzo y renuncias, pero también hay esperanza, alegría y generosidad, y de ello nos beneficiamos todos.

La familia es una institución natural (Declaración de Derechos Humanos) que resulta insustituible. Y así entendida, como institución, no está en crisis, no puede estarlo, porque su valor está en su propia naturaleza. Tiene un valor intrínseco, independiente de los comportamientos de sus miembros, no son ellos los que justifican su existencia.

A su vez, la familia tiene mucha fuerza y es un importante motor de cambio social. Este poder le viene porque, además de ser el lugar en el que nacemos, es también el primer y más importante contexto socioeducativo, en el que se transmiten valores personales que son también valores sociales, participando así en la construcción de la cultura.

Es frecuente creer que estos cambios en los comportamientos tienen su origen, exclusivamente, en la crisis económica, y en cuestiones que tienen que ver con su economía.

Pero esta no es la única variable, ni tampoco la más determinante, aunque sí la más urgente de atender. La familia también sufre los efectos de una profunda crisis cultural que está provocando una mayor fragilidad de las relaciones y los vínculos personales. El excesivo individualismo propio de nuestra cultura favorece el debilitamiento del desarrollo y la estabilidad de las relaciones personales, afectando especialmente a los vínculos familiares.

No estamos ante un fenómeno coyuntural que pueda cambiarse a corto plazo y sólo con apoyo económico. Es urgente trabajar para terminar con la crisis económica que tanto sufrimiento está provocando, pero también es una exigencia acabar con esa otra crisis, silenciosa y ausente del debate público y del académico. Quizá esta ausencia tenga su origen en el miedo a ser tachados de “conservadores”, pero no es una cuestión ideológica, es una cuestión económica, social y política. Es una cuestión de Estado.

El Gobierno acaba de aprobar un Plan Integral de Apoyo a la Familia, y pocos lo reconocemos como bueno. Y lo es, no tanto por las medidas que incorpora, ya que algunas son deseos más que realidades, pero se echan en falta otras como la revisión de las excedencias y permisos por maternidad y paternidad, y la reforma de las prestaciones por hijo a cargo, entre otras. A pesar de sus limitaciones es un buen Plan, por diversas razones de especial calado: la primera, porque recoge numerosas medidas, y como las necesidades de las familias son muchas y diversas y no existe una medida mágica capaz de atenderlas a todas a la vez, es seguro que dará respuesta al menos a algunas de ellas.

Así, figuran ayudas fiscales a familias numerosas y monoparentales; considera colectivo prioritario en las políticas de empleo a personas con responsabilidades familiares, y ofrece apoyo a jóvenes embarazadas para que continúen con sus estudios, entre otras medidas.

Pero las bondades del Plan están en medidas que visibilizan el valor personal, social y económico de la familia. Así, por ejemplo, se incorpora una línea de actuaciones dedicadas al apoyo a la maternidad, esencia misma de la familia, y se reconoce su valor social al incrementar las cuantías de las pensiones para mujeres que hayan tenido dos o más hijos, tratando de compensar, a largo plazo, a aquellas que han sufrido una doble discriminación en el mercado laboral: por ser mujer y madre.

Al Plan se le acusa de poco generoso, pero no puede negarse que intenta hacer visible el valor de la primera institución que nos acoge cuando nacemos, en la que crecemos, vivimos y morimos. Su aprobación se puede tachar de electoralista y considerar que no está apoyada en una clara convicción del Gobierno, pero se aprueba un Plan que valora la maternidad y reconoce el valor privado y público de la familia.

La formación de una familia es una decisión privada, de la que derivan consecuencias públicas, que afectan a la organización social y generan efectos sobre la actividad económica y los presupuestos públicos. Estamos ante un asunto a la vez público y privado de gran magnitud: un asunto de Estado. Pero no deberíamos poner nuestra esperanza sólo en los políticos. Es necesario que también las familias actuemos con principios éticos, ya que es lo que transmitimos a nuestros hijos, y sobre todo que no dejemos que nos oculten el verdadero sentido de ser familia. Debemos insistir en la necesidad de incluirla en el debate público, lo que facilitará el desarrollo de una nueva cultura más humana, y que exige también actuaciones públicas más respetuosas con la vida, la persona y su red de apoyo básica, la familia.

María Teresa López, directora de la Cátedra Extraordinaria de Políticas de Familia. Universidad Complutense-Acción Familiar. Presidenta del Comité de Bioética de España

ABC, Madrid, 08-06-2015

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Durante un viaje en avión a Chicago, un amigo del multimillonario Philip Knight Wrigley (1894-1977) le preguntó que por qué seguía publicitando los chicles que fabricaba su empresa si esta ya era la más exitosa en todo el mundo. Wrigley le respondió:

—Por la misma razón que el piloto de este avión deja los motores en marcha cuando ya estamos en el aire.

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—Dadme pie —le dijo Quevedo.

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—En semejante postura / dais a entender, señor, / que yo soy el herrador / y vos la cabalgadura.

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