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DE VIAJE, PERO ESTOY CONTIGO

DE VIAJE, PERO ESTOY CONTIGO

A pesar de la distancia, los padres son protagonistas en la misión de conservar y fortalecer la unión y la estabilidad de la familia.

Esta preocupación representa uno de los signos que identifican los tiempos que vivimos. El fenómeno del aumento en las cifras que dan cuenta de los fracasos matrimoniales –vertiginosos en varios lugares–, se explica en buena parte porque son muchos los padres que, ante las exigencias de un mundo laboral cada vez más competitivo, se ven forzados a dedicar todo su esfuerzo al trabajo fuera de casa.

La vida familiar queda entonces reducida a una especie de segundo plano, en el que se hace “lo que se puede”. En el mejor de los casos, se delega ingenuamente el peso de la educación de los hijos al otro cónyuge o, incluso, son los dos (papá y mamá) quienes esperan que eso a lo que llaman “educación” provenga exclusivamente del colegio al que llevan a sus hijos.

Y casi invariablemente son esos mismos padres los que, con el paso del tiempo, descubren con dolor que algo falló; que sus hijos no son ni podrán ser como ellos soñaron que fueran y que ellos mismos ya son un poco –cuando no del todo– extraños el uno para el otro.

Cuando los dos cónyuges se saben protagonistas insustituibles –los dos y cada uno– de la vida familiar, se proponen objetivos concretos que desean conseguir:

1- Identifican y examinan las dificultades que prevén en el camino.

2- Escogen los (re)medios que les parecen más adecuados para vencerlas.

3- Se empeñan con todas las fuerzas en aplicarlos.

4- Y, como buenos navegantes, comprueban con frecuencia si están logrando dirigir la nave al puerto deseado, corrigiendo con paciencia una y otra vez el rumbo, tantas veces como sea necesario, hasta lograrlo.

¿De verdad se puede “vivir así”?

Pensemos en ello juntos: la primera consideración que propongo es que la vida familiar es como un organismo vivo que vive en continua tensión. La tensión de la que hablo no es mala, antes al contrario, es la prueba de que el organismo está vivo: si no hay tensión no hay vida. Es una tensión que compromete a la persona con todas sus facultades: la inteligencia, la voluntad, la memoria y el corazón y que se manifiesta en cuatro ámbitos o dinamismos distintos y concurrentes, como círculos concéntricos: personal, conyugal, paternal y social.

1. Comienzo por el último: el ámbito social – Hoy, ya es común una ‘plaga’, una suerte de pesimismo antropológico sobre muchos aspectos de la vida humana, que para la vida familiar, se manifiesta sobre todo en dos ideas erróneas. La primera: es imposible vivir enamorado toda la vida de la misma persona –y por tanto ser feliz– porque tarde o temprano inevitablemente el amor se acaba. Y la segunda: tal y como está el mundo, tener un hijo, a lo sumo dos, es lo máximo a lo que un matrimonio “razonable y moderno” puede aspirar.

Si cada día nos esforzamos categóricamente por (re)generar el amor y ADMITIMOS que los hijos son fruto del amor, entenderemos que un matrimonio que “de entrada” se deja imponer por la sociedad un límite “razonable” al número de hijos, obstaculiza y acaba “envenenando” el mismo amor que los unió, quizás sin saberlo ni quererlo así.

2. La tensión en la dimensión conyugal consiste, entonces, en el esfuerzo por poner siempre primero a la esposa o al marido que a los hijos, en empeñarse en hacer mejor al propio cónyuge cada día, esmerándose con imaginación por echar en el fuego del amor los leños del cariño, del olvido de uno mismo, el detalle pequeño y grande, la escucha, la comprensión, la paciencia, el perdón, la rectificación y el agradecimiento. Una vida matrimonial verdadera es el único antídoto realmente eficaz para alejar la enfermedad de la rutina, que está en la raíz de todos los desamores.

3. Sigue el ámbito de la tensión paternal – Esta frase de Michael Levine es impactante: “Tener hijos no lo convierte a uno en padre, lo mismo que comprarse un piano no lo convierte a uno en pianista”.

Porque ser padre o madre exige mucho esfuerzo: para dedicar tiempo a los hijos; para conocer a cada hijo de verdad y a fondo (su carácter, gustos, limitaciones, virtudes y defectos; sus talentos, progresos, sueños, y también para que ellos nos conozcan y que seamos para ellos un modelo bueno, el mejor posible para que quieran ser como uno o incluso mejor que uno. Esfuerzo por no contentarse con aportar el sustento material que necesita el hogar familiar –que siendo mucho es a la vez muy poco–, sino también el sustento afectivo e intelectual que ellos necesitan para crecer como personas enteras y de buen criterio.

4. Y la tensión personal – Es la que tú debes vivir dentro de ti para lograr ser ese modelo bueno que exige esfuerzo por adquirir la formación humana, cultural, profesional y espiritual que te permita abrir camino a los demás, como el rompehielos que penetra con potencia y eficacia donde los demás aparentemente no pueden llegar.

En cuanto tenemos claro y nos proponemos firmemente esforzarnos por tensionar nuestra vida “para arriba” en los ámbitos descritos, el factor “distancia” comienza a perder rápidamente su aparente dificultad.

Siempre que piense y busque modos y formas de “estar en casa” cuando esté fuera de ella, encontrará muchas “maneras nuevas” de hacerlo; con seguridad con mayor eficacia que muchos padres que no tienen que viajar tanto pero que de todos modos se contentan con “ir tirando”.

Quien sale de casa y lleva en su inteligencia, memoria y corazón los pormenores de cada uno –esposa o marido y cada uno de los hijos en particular– y se esfuerza con voluntad en “superar la distancia”, lo tiene todo ganado.

La mayor satisfacción al pensar y proceder así está en que no regresará a casa un extraño sino ese ser querido que todos esperan con ilusión. Porque si queremos, podemos convertir la distancia en una dimensión de alguna manera irrelevante y aprovechar la misma separación física para crecer juntos y crear y mantener una dinámica verdaderamente familiar. Solo basta con proponérselo.

Artículo editado para LaFamilia.info. Tomado de Apuntes de Familia, edición 23-01/14. Autor: Luis Carreras del Rincón, conferencista y orientador familiar.

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