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Amores de verano

Amores de verano

En verano muchos adolescentes descubren el amor. Esta época del año suele ser cuando Cupido hace de las suyas y asaetea los corazones bisoños e inocentes, pero que están en su más brioso latido. El dios del amor encuentra en los días de verano oportunidades propicias: los adolescentes salen más, se hallan en más situaciones festivas y relajadas que durante el curso escolar, conocen a otros chicos y chicas, y las relaciones reales superan a las virtuales.

Un verano, con piscina, playa, excursiones, salidas, campamentos, deporte, fiestas, visitas… es propicio para tocar la realidad, y nada hay tan real como ese primer enamoramiento o ese amor estival. Por supuesto, el veraneo, es decir, el traslado de la familia a otro lugar durante unos días, genera nuevas situaciones para conocer a otros adolescentes. Aunque sea volver al mismo sitio que el año pasado, tenemos que pensar que para nuestro hijo o hija adolescente o preadolescente puede ser totalmente nuevo, porque su forma de ver el mundo ha cambiado.

De un verano a otro, él o ella ya no son los mismos, ni lo son sus amigos. Ya no son chiquillos que salen a jugar, a hacer castillos en la arena, a ver quién llega más lejos tirándose a la piscina… sino exploradores de las emociones que de buenas a primeras bombea con fuerza su corazón.

Y Cupido está al acecho y dispara sus saetas sin ton ni son. ¡Qué dulce sabe ese pinchazo! De pronto, el/la adolescente enamorado/a se convierte en una nube de azúcar y pasa el verano como flotando en el aire. Seguro que la memoria de su móvil registrará momentos inolvidables; pero será su memoria vital la que guardará para siempre, pase lo que pase, un recuerdo imborrable de ese amor de verano que se queda pegado al alma como el caramelo efímero de la nube de azúcar se pega en los labios.

Pero la pegajosa nube de azúcar es también extremadamente volátil. A pesar de la pomposidad de su volumen, su contenido no es más que el de un pequeño dulce; como una tela de araña, se reduce a poca cosa cuando lo aprietas con los dedos. Por eso, los amores de verano, tan intensos, tan pasionales, tan azucarados… no suelen llegar al otoño.

Para un adolescente, el desamor de verano puede ser muy duro porque es la primera vez que sufre de ese mal que escuece tan adentro, donde el agradable dulzor se convierte en amargura, los cálidos días se tornan frío invernal y el otoño es pura melancolía. Nos corresponde a los padres preparar a nuestros hijos para esos amores de verano que suelen acabar rompiendo el corazón. ¿Cómo?

En primer lugar, hablando mucho con ellos sobre lo que sienten, verbalizarlo y analizarlo. Enseñarles a discernir entre sentimientos positivos y negativos, entre los que les ayudan y los que les limitan…

En segundo lugar, no tomarnos a broma sus sentimientos, pero tampoco hacer un drama. No quitarle importancia, porque para él o ella la tiene, y mucha, pero tampoco magnificar la situación. Hablar del tema cuando lo necesite, pero no volver una y otra vez sobre lo mismo. Dejarle llorar, si tiene que llorar, y que exprese lo que siente.

En tercer lugar, ponernos en su lugar. Le puede resultar muy reconfortante que les contemos que a nosotros nos pasó lo mismo y que les expliquemos nuestra experiencia. Nosotros también tuvimos su edad.

Por último, ante el desamor, darle mucho cariño y comprensión, y transmitirle optimismo: la persona que le quiera de verdad llegará. Reforzar su autoestima y animarle a superar los pensamientos victimistas.

No todos los amores de verano son efímeros; hay excepciones: amores que hacen que sea verano todo el año.

ACEPRENSA

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Doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Durante una recepción en el Palacio del Elíseo, en 1849, el Presidente de la República Francesa, futuro Napoleón III, fijó sus ojos en su benjamina Eugenia, y quedó prendado de ella.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, y le preguntó cómo podría llegar hasta su alcoba. Sin inmutarse, Eugenia de Montijo contestó: -Por la Iglesia.

El 30 de enero de 1853, él ya convertido en Emperador de los franceses, Napoleón III y la bella española se casaron en la catedral de Notre Dame.

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