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Abuelos al borde de un ataque de nietos

Abuelos al borde de un ataque de nietos

abuelosSi de pequeño alguien le hubiese dicho que pasaría de ser hijo único a tener una familia de 75 personas, no se lo hubiese creído

 

Leopoldo Abadía narra cómo es su vida teniendo una familia más que numerosa, pasando por la idea de convertirse en bisabuelo y afirmando que, a sus 84 años, se siente preocupantemente bien.

Si de pequeño alguien le hubiese dicho que pasaría de ser hijo único a tener una familia de 75 personas, no se lo hubiese creído. Leopoldo Abadía (Zaragoza, 1933) fue profesor del Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE) durante 31 años; ahora, ejerce una función muy diferente: es padre de doce hijos y abuelo de cuarenta y ocho nietos.

“Entre mi generación y la de mis nietos hay al menos otras diez”, confiesa, cuando acaba de presentar Abuelos al borde de un ataque de nietos. En una entrevista concedida a ABC, Abadía revela cómo es ser el “patriarca” de una familia más que numerosa y por qué asegura que nunca ha disfrutado de sus nietos.

¿Cree que a los abuelos, por lo general, se les sobrecarga con el cuidado de los nietos?

Por lo que veo por ahí, parece que sí. Digo parece porque los abuelos hacen mucho de canguros. Con demasiada frecuencia, los padres están trabajando y son los abuelos los que se encargan de los niños. Tal y como están las cosas, echan hasta una mano económica. No es experiencia propia pero, por lo que veo por ahí, la contestación es sí.

¿Protegen los abuelos más de la cuenta a los nietos?

No lo sé, parece que sí porque tengo amigos que dicen “esta tarde voy a disfrutar de mi nieto”. Nunca he disfrutado de los míos. Me lo paso muy bien con ellos y los quiero mucho, pero no he disfrutado. En casa, mi último hijo era pequeño cuando nació el primer nieto. Por tanto, no tuvimos ese deseo de que viniese un niño pequeño, porque ya lo teníamos.

¿Se considera un abuelo atípico?

No. Me considero un abuelo, y ya. Me lo paso bien con ellos, sí. Ahora viven dos nietos con nosotros y bien, pero no los veo tanto como nietos, sino como personas con las que se puede hablar de cualquier tema. No es que esté disfrutando de mis nietos, sino que lo hago de unos amigos que tienen 25 años y tienen ilusiones por las que yo también pasé.

El mayor de ellos tiene 27 años y el pequeño acaba de nacer…

Eso es. Siempre digo que en un mismo año he casado al mayor y he bautizado al pequeño.

Y en la boda, ¿disfrutó?

Si te digo la verdad, hubo un momento que dije “Leopoldo, ¿qué haces aquí?” Por supuesto que bailé y disfruté pero había momentos que pensaba eso. En las otras bodas, era el padre del novio pero ahora era el abuelo; eso no pegaba ya.

¿Qué diferencias nota entre esos veintisiete años que hay entre el mayor y el pequeño?

Muchas. Solo por poner un ejemplo, la aparición de las redes sociales ha supuesto una revolución para mí y para todos. Cuando explican asuntos de negocios nuevos, pienso: “No entiendo nada”. Del primero al último las cosas han cambiado terriblemente. Incluso me atrevería a decir que hasta el mayor ya se puede considerar que ha nacido en esta era. Con lo cual, aunque le cueste un poco, se defiende mejor que yo. Han cambiado sobre todo mentalmente. Yo todavía sigo yendo al listín de teléfonos cuando quiero llamar a alguien, pero eso ya no existe para casi nadie.

Ante todo lo nuevo los abuelos debemos hacer un esfuerzo y decir: “¡Vamos a enterarnos!” La forma de entenderlo todo ha cambiado mucho pero me parece algo buenísimo.

En cuanto a educación de una generación a otra, ¿qué similitudes hay?

Lo que me interesaba para la educación de los hijos es que fueran majos. Es decir, nobles, sinceros, que se les pueda mirar a la cara. Eso me importaba para mis hijos y, por supuesto, es lo que quiero para mis nietos. Creo que la educación tiene que venir por ahí, en todos los sentidos.

Lo que estudié en el colegio o en la facultad se me ha olvidado. Pero lo de ser majo nunca se olvida y se enseña fundamentalmente en casa.

¿Está preparado para ser bisabuelo?

Ahora digo que sí y cuando lo sea diré: “Qué horror” (risas). Tengo la sensación de que fue más duro convertirme en abuelo, que pasar a ser bisabuelo.

Recuerdo que estaba en una tertulia en un colegio mayor y de repente me dijeron: “Don Leopoldo, ha sido usted abuelo”, y una gran ovación sonó. Fui a la clínica a ver a mi nieto, pero cuando nazca el bisnieto me lo pensaré. Llegas allí y dices que es muy mono, pero en realidad es muy feo. Entonces ahora mismo te diría que sí estoy preparado pero a lo mejor mañana te digo no.

¿Qué tal es la relación entre ellos?

Estupenda, lo cual es muy bueno porque ya no solo hay una buena relación entre mis hijos, sino entre los cuñados y cuñadas y eso es maravilloso. Se quieren muchísimo y a mí esas cosas me hacen muchísima ilusión. Con los nietos está pasando lo mismo, aunque cada uno tenga sus amigos, se puede ver cómo entre ellos son felices y lo considero como un triunfo mío.

¿Ha pensado en silencio alguna vez al ver a su familia: “¡Qué afortunado soy!”?

Lo pienso continuamente y más en mi caso que era hijo único. Ahora, el núcleo familiar lo formamos 75 personas. Mi mujer tenía nueve hermanos, por lo que ella ha estado más acostumbrada. Muchas veces la miro y le digo: “La que hemos organizado, eh!” Me hace mucha ilusión ver que en una cena de Navidad somos 56 y sentir que a esos 19 que faltan se les echa de menos. Ahí presumo para mis adentros. Pero cuando digo en la calle que tengo 12 hijos y 48 nietos, presumo para mis afueras.

Y su mujer, ¿expresa más esa emoción?

Mucho más que yo. Sabe lo que es crecer rodeada de gente y lo domina. Lo que más ilusión me hace es que cuando llaman por teléfono y lo cojo yo, lo primero que me dicen es: “Hola abuelo, ¿está la abuela?” Y yo parece que no cuento. Le piden consejo para todo y estoy seguro que si me los pidieran a mí, no sabría qué hacer.

Dice en su libro que ha apuntado el nombre de todos los nietos sin ninguna ayuda. ¿Con los cumpleaños pasa lo mismo?

Tengo una agenda muy bien preparada, que repito cada año y quedo de maravilla ante mi familia y mis amigos (risas). Pero siempre me defiendo con una cosa: lo importante no es que los felicite, sino que los quiero.

¿Aumentará la familia?

Seguro. Tengo hijos todavía jóvenes, los nietos empiezan a casarse… De los 75 que somos ahora pasaremos a 80 cualquier día. No sé si los 100 los conoceré, pero los 80 seguro.

¿Cuál es el secreto para tener esa vitalidad con 84 años?

No tengo ni idea, aunque es cierto que tengo buena salud. Me canso muchísimo pero no lo digo. ¿Para qué? Nunca digo que estoy cansado cuando me preguntan, siempre digo que estoy preocupantemente bien.

Entrevista de Alejandra González, en abc.es.

ALMUDI, 10-10-2017

 

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