Jueves 9 de agosto del 2012

CELULARES: EN LAS ANTÍPODAS DEL MANUAL DE CARREÑO

lillianEscribe Lillian Calm: “¿Y, además, por qué todos tenemos que enterarnos de conversaciones personalísimas? Si en una oportunidad hasta oí en una aeropuerto cómo un pasajero se despedía de su ‘Chanchita’”.

Leí en la prensa, en uno de esos artículos sobre tecnología que tanta aceptación concitan hoy en día, que tener conciencia del otro (es decir, del tú, del usted, del prójimo) también se aplica al uso del celular. Y no pude dejar de entretenerme imaginando qué habría escrito Carreño (el del manual de etiqueta y protocolo) si hubiera estado en la mesa —ya fuere en un almuerzo o una comida—, en un bautizo, un matrimonio, un funeral, una obra de teatro, una misa, en clases, una reunión académica o una trasmisión del mando, y hubiera sonado un celular.

Claro que el venezolano Manuel Antonio Carreño publicó su Manual de Urbanidad y Buenas Maneras en un país tradicionalmente culto (salvo excepciones mayúsculas), ya en el lejano 1853, veintidós años antes de que Alexander Graham Bell patentara el teléfono.

A mí, afortunadamente, nunca me ha sonado el celular en público cual verdadero atentado al prójimo, pero la verdad es que cuando no estoy sola, suelo tenerlo apagado. Y así me espanta —salvo casos de fuerza mayor— comprobar que personas incluso consideradas bien educadas se desbocan al oír el infaltable llamado.

Recuerdo que muy al principio de la era del celular, en una oportunidad quise probar y lo dejé abierto, y chilló justo cuando yo iba conduciendo alrededor de una rotonda. Por suerte luego apareció una berma, porque fue tanto lo que ese sonido me importunó, que me conminó a estacionarme para poder contestarlo. No fui capaz de seguir de largo con ese llamado insistente. Hay quienes no se estacionan y, de sobra, conocemos las consecuencias.

“¿Por qué nunca enciendes tu celular?”, me preguntan con demasiada frecuencia. Ya contesto con evasivas, porque cómo voy a responder una y otra vez que privilegio el anti-stress, el buen humor y el buen cutis, y en síntesis la paz del alma, a vivir dominada por una alerta inoportuna.

Me sentí muy interpretada al leer un artículo sobre el tema escrito por un español, con ese desparpajo y ese decir las cosas claras que se da con tanta gracia en los habitantes de la Madre Patria (y escribo Madre Patria sin complejo alguno, con mayúsculas, orgullo y gran cariño).

Miguel Aranguren, bajo el sugerente título de “El regalo vil”, se refería en Fluvium (página web que edita don Luis de Moya, sacerdote tetrapléjico), al celular más avanzado y lo definía como “maldito regalo envenenado con el que algunos jefes encadenan a sus subordinados”.

Esos encadenamientos no se dan sólo en España sino también en Chile (me consta) y, me imagino, que universalmente, pero los derechos humanos nada de nada dicen al respecto.

Él se refería a “esos teléfonos galácticos” que hasta sirven para recibir “informes, presentaciones…”, y que de paso “ofrecen cierta distinción” a quien lo porta.

El autor, con gran realismo, anotaba que “las empresas saben que el dichoso presente —muy caro, muy moderno, muy singular— favorece un control férreo sobre la libertad del empleado una vez que éste se marcha a casa…”, y llegaba a calificar a sus poseedores como “modernos condenados a galeras” que debían encontrarse localizables las 24 horas del día.

Desgraciadamente ahora esa híper dependencia no se da sólo en el terreno del trabajo y cada cual (¡si hay más celulares que habitantes en Chile!) muestra con un tinte de cierto esnobismo las últimas gracias que hace su modelo traído de Timbuktu.

¿Y, además, por qué todos tenemos que enterarnos de conversaciones personalísimas? Si en una oportunidad hasta oí en una aeropuerto cómo un pasajero se despedía de su “Chanchita”.

Urbanidad del siglo XXI, desilusionante urbanidad. Es fácil comprobar que cuando a un interlocutor le suena el celular se interrumpe siempre la conversación cara a cara. Sólo importa entonces quien ha irrumpido desde no sé dónde —el marido, la mujer, el hijo, el abuelo, la nuera, el sobrino (sin enumerar las relaciones extra familiares)— y cualquier diálogo, por muy trascendental que haya sido, queda postergado… para a lo mejor no poder retomarse por nunca jamás.▄▀

Lillian Calm

Temas.cl

09 08 2012