Jueves 24 de mayo del 2012

MONARQUÍAS DE CERA

lillianEscribe Lillian Calm: “Dejemos el Peñón de lado. Las monarquías europeas están en su mayoría emparentadas. Prácticamente todas descienden de la longeva reina Victoria”.

Me ha dejado pensando la nueva estatua de cera de Isabel II, inaugurada en el museo londinense Madame Tussauds. No es la primera sino la número veintitrés, porque ahora que ha cumplido nada menos que sesenta años de reinado (le faltan todavía unos cuatro para emular a su antepasada Victoria), ella sin duda no es la misma que la que accedió al trono en 1952. Su Majestad siempre ha guardado la compostura y se ha mantenido “queenly”, como solía graficar formalmente la reina María, su abuela, pero alrededor suyo —hablo del descalabro de su familia— la cosa no ha tenido nada de “queenly”.

Es por eso que me encontré preguntándome de pronto: ¿no habría preferido ella ser una reina solamente de cera, situada eso sí en una ubicación preferencial del Madame Tussauds? Es decir, ¿no sufrir las vicisitudes de una persona de carne y hueso y, al mismo tiempo, no tener que representar una función tan decisiva en una monarquía parlamentaria?

Sí. Cuántos reyes no quisieran ser de cera y evitarse que sus vidas y las de sus descendientes aparezcan día a día desplegadas en las páginas de las revistas del corazón, en los dimes y diretes de programas televisivos y en los comidillos de sus propios súbditos.

Y no puedo dejar de pensar, asimismo, hoy día en una reina consorte que también ha sabido mantener la compostura desde que fue elegida por un joven príncipe para que lo acompañara durante toda la vida, y que le ha sido imprescindible no sólo durante su reinado sino más aún para recuperar el trono: Sofía de Grecia.

Tras el affaire “elefante” del rey Juan Carlos I de España (que no sólo implicó al pobre elefante, del cual no es necesario explicar más ya que no hay quien no domine el tema), la Reina, siempre tan cercana, ahora se ha vuelto distante. Si bien una vez más ha compartido la agenda oficial junto al Rey, aparecen como autómatas él y ella, pues algo se quebró desde el momento en que sus vidas dejaron de ser tratadas con respeto, por mucho que desde antes se empezara a hablar de lo que se mantenía “sotto voce”. Sin embargo ahora adquirió ribetes de escándalo no sólo dentro de la Península, sino también afuera. Con ello pareció resquebrajarse el débil pegamento que mantiene unidas las autonomías en una sola nación, papel que en España la monarquía había cumplido casi a perfección.

Pero un diferendo bilateral, y a la vez político, vino a sumarse a esta circunstancia. La noticia trasmitida por las agencias era escueta: el Palacio de la Zarzuela anunciaba la cancelación del viaje de la reina Sofía a Londres, el 18 de mayo, para celebrar los 60 años del acceso al trono de Isabel II. Se explicitaba que a éste en un principio iba a acudir sola, pues el Rey “continúa su recuperación tras la operación de cadera”. Asimismo se informó que el Gobierno había considerado “poco adecuado que en las circunstancias actuales” doña Sofía viajara a celebrar el jubileo real británico.

¿Cuáles eran esas circunstancias actuales? Nada que ver con el elefante, sino la visita del hijo de Isabel II, el príncipe Eduardo, a Gibraltar, y la ruptura de las negociaciones entre pescadores de la Bahía de Algeciras con el Ejecutivo del Peñón.

Dejemos el Peñón de lado. Las monarquías europeas están en su mayoría emparentadas. Prácticamente todas descienden de la longeva reina Victoria. El consorte de Isabel II, Felipe de Edimburgo, es un príncipe nacido en Grecia, al igual que Sofía, y el hermano de Sofía, Constantino, el expatriado rey de Grecia, vive en Londres al amparo de la corona británica. ¿Para qué seguir? Quizás sea verdad que se interpuso el Peñón, pero sin duda además Sofía no tenía cara para enfrentar a solas y personalmente a ese club privadísimo y exclusivo compuesto por todos sus parientes reales, reunido en Londres para celebrar el jubileo de la Reina de Inglaterra. Si ni siquiera las vicisitudes —esta vez me parece que el elefante— permitieron que ella y Juan Carlos pudieran celebrar otro jubileo: sus Bodas de Oro, el 14 de mayo.

Por eso pienso que Isabel II, Sofía y el rey Juan Carlos, más la cadera de éste, y otros muchos más, tal vez hubieran preferido ser sólo estatuas de cera. Ajenos a toda intriga, a toda preocupación, a todo sentimiento. Y ojalá que hasta el elefante hubiera sido simplemente de cera.▄▀

Lillian Calm

Temas.cl

24 05 2012