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Gato por liebre

Gato por liebre

Gato por liebre

Nada es como iba a ser. Nada es como tendría que haber sido, nada es como nos dijeron que sería. Ha transcurrido un año desde el inicio del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, y las políticas públicas implementadas, hasta el momento, hablan por sí mismas: el país es distinto, sí, pero no necesariamente mejor.

Nada, en los hechos, ha mejorado: la economía no crece al ritmo galopante que fue prometido, los delincuentes no están entregando sus armas, las inversiones no llegan a carretadas reconociendo la autoridad moral de la administración en funciones. La transparencia no ha aumentado, el Estado de derecho no se ha fortalecido, la democracia participativa se ha convertido en una herramienta al servicio del poder. El respeto a México en el exterior no es mayor ahora y —antes bien— se han confirmado las sospechas de quienes acusaban vínculos entre la administración actual y los regímenes de izquierda autoritaria de la región.

Nada es como iba a ser y, a pesar de todo, el Presidente llega al final de su primer año con el apoyo irrestricto de una población que está dispuesta a seguirle concediendo el voto de confianza. Es entendible, a final de cuentas: sin importar las críticas de sus detractores —sus adversarios—, la economía de las familias ha mejorado gracias a los apoyos directos que se otorgan en efectivo, y el discurso de polarización que repite, cada mañana, el Presidente que —al menos se levanta temprano para ponerse a trabajar— y que ha logrado implantar —en la opinión popular— la imagen de un candidato que cumple con sus promesas.

Un candidato que, no hay que olvidarlo, ya ganó la Presidencia, y no tiene sino que implementar el modelo de país que concibió a lo largo de los 18 años en los que trató de llegar al poder. Un candidato que ya es Presidente: este no es el momento de pelear, sino de probar que las políticas públicas que pergeñó —tras el sesudo análisis de los errores de sus predecesores— son las mejores para la nación entera. Andrés Manuel ya no es el candidato que tiene que poner en evidencia las fallas de sus adversarios, sino el Presidente de la República que tiene que gobernar para todos, sacar a la nación adelante y establecer las bases para la construcción de un país sólido, desarrollado —próspero—, con oportunidades para todos.

Un país viable, al menos. Un país cuyas expectativas de progreso fueran más allá de la popularidad de su gobernante, de la viralidad de sus memes, de las preguntas de un absurdo señor de moñito. Un país para cuyos habitantes la perspectiva, a mediano y largo plazos, fuera más allá de la esperanza de solucionar problemas inmediatos —recibiendo dinero en una tarjeta que depende de la aprobación del Presidente— y que se pudiera traducir en un empleo sustentable, que no dependiera de preferencias políticas o de la tonalidad de la piel. Un país que pudiera superar los motivos que lo dividieron en el pasado y enfrentar —en conjunto— la causa común, legitimada por más de 30 millones de votos.

Un país que, aprovechando el bono democrático del 53% —y más aún, después del primer año de gobierno con mayoría absoluta— hubiera podido dejar atrás las razones que lo dividieron, y que podría estar sentando las bases de lo que sería un futuro mejor —una verdadera transformación— para las generaciones venideras. Un país unido, un país que mirara de cara al futuro con convicción. Un país en el que la comunidad internacional creyera, un país que pudiera aprovechar las circunstancias que la coyuntura le presenta, sin tener que responder a los intereses del Foro de Sao Paulo. Un país que mira al futuro.

Un país que, tristemente, no es tal. Compramos gato por liebre, y lo que pensamos que sería un país que crecería, con instituciones más sólidas, transparencia y una sociedad más justa, no se ha convertido sino en la lucha por validar la opinión de un hombre que se hizo anciano siendo candidato y que no ha sabido ser Presidente. Un hombre cuya única finalidad es consolidar su poder, a través de cambios que resultarán en una nueva Constitución, que le permita pasar a los libros de historia. Un hombre que, por lo visto, nos sigue vendiendo gato por liebre. Y faltan cinco años.

Columna de Víctor Beltri. EXCELSIOR, México, 25-11-2019

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Humor

El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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