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LA PIEZA FUNDAMENTAL DEL PUZZLE

LA PIEZA FUNDAMENTAL DEL PUZZLE

LA PIEZA FUNDAMENTAL DEL PUZZLE

Lillian Calm escribe: “Con verdadero escalofrío busqué en mis archivos una columna que escribí tiempo atrás y que titulé ‘El tío y los sobrinos’.  Ahí aludo a una pieza fundamental del puzzle, elemento clave que ningún periodista ha osado tratar. Me da lo mismo que me tilden de ingenua. O tal vez de arcaica. Pero existe y da lo mismo si se le llama Demonio, Diablo o Satán”.

Fui como cada domingo a la Vera Cruz. Esta vez la misa tuvo que celebrarse en un espacio lateral. Una pequeña mesa hacía de altar, y un velón y linternas de celulares iluminaban las lecturas. A un lado permanecía lo que había sido la iglesia, ahora incendiada por completo. No quedaba sino el cascarón.

La Vera Cruz es la parroquia donde me bautizaron, ahí en ese legendario barrio Lastarria y tiene mucha historia que contar. Pero además de historia, en ella se conservan, o más bien se conservaban, junto a lo más importante que es el Santísimo, reliquias, imágenes, obras artísticas antiquísimas.

Afortunadamente algunas habían alcanzado a ser retiradas a tiempo, previendo otras noches de furia como las que días antes habían azotado el sector. Pero así y todo, vándalos de esos que esconden sus rostros con capuchas incendiaron la iglesia centenaria.

Solo días antes había sido el turno de la Asunción, parroquia situada a la entrada de calle Vicuña Mackenna, cercana a la plaza Italia, y que casualmente comparte párroco con la iglesia de la Vera Cruz.

La Asunción no fue incendiada pero sí saqueada y aún no me repongo de ver, tras la profanación, la fotografía de un Cristo degollado en manos de un Judas. Perdón: de un violentista encapuchado.

Con verdadero escalofrío busqué en mis archivos una columna que escribí tiempo atrás y que titulé “El tío y los sobrinos”.

Ahí aludo a una pieza fundamental del puzzle, elemento clave que ningún periodista ha osado tratar. Me da lo mismo que me tilden de ingenua. O tal vez de arcaica. Pero existe y da lo mismo si se le llama Demonio, Diablo o Satán.

No me cabe la menor duda de que ese personaje infame se ha solazado actuando a través de ciertas personas, encapuchadas o no, conculcando su libertad. Pueden ser muy entendibles algunas aspiraciones nacionales, ¿pero es para ello necesario quemar lo que encuentran a su paso y más encima las iglesias, amparándose entre aquellos que marchan por lo que creen son sus legítimas demandas?

El Demonio no siempre trabaja solo. Es Legión. Y tiene sobrinos que admiran al tío más allá de todo lo imaginable. Esta no es una simple  idea mía. Cualquier aficionado a la buena literatura se ha devorado, y tal vez más de una vez, “Cartas del Diablo a su sobrino”, libro de C. S. Lewis que es una especie de manual para diablillos aprendices. El tío -que por supuesto es el Demonio- le va enseñando en detalle al sobrino, tan demonio como él, a sembrar el mal y a tentar al hombre. Pero pienso que Chile en este momento le quedó grande al sobrino. O a los sobrinos. Veo la mano del tío aprovechándose de la libertad de muchos y demonizándolos con maestría.

Recuerdo haber sentido la misma sensación que experimenté mientras ardía la Vera Cruz, hace ya tres décadas en el parque O’Higgins, durante la misa de Juan Pablo II y al iniciarse la beatificación de la carmelita Teresa de los Andes. Los demonios no pueden ver a las carmelitas.

Entonces fui testigo presencial de cómo una horda comenzó a avanzar desde lejos camino hacia el altar. La divisé con mis propios ojos pero de un momento a otro no pude observar nada más. Yo me encontraba en el sector destinado a los periodistas y sentí como de pronto diversos proyectiles volaban sobre mi cabeza. Profesionales de prensa, radio y televisión nacionales y extranjeros, algunos ensangrentados y con sus equipos hechos trizas, debimos ser evacuados.

Más recientemente, durante la visita del Papa Francisco a nuestro país, se procuró “hacer lío” y no por el bien, como lo pide el Papa, sino por el mal. Los autores de la estrategia violentista tenían todo preparado, pero ello no tuvo mayor trascendencia por más que ciertos medios periodísticos se esforzaran en concederles un sospechoso protagonismo.

Por lo demás esta violencia se ha vivido  en la Iglesia desde tiempos de los primeros cristianos. Solo se trata de leer un poquito de historia. Reitero: cómo se reirán algunos de mí, pero yo a mi vez pienso en lo ingenuos que son quienes no creen en el Demonio.

Sin embargo, a pesar de todo, es hora de levantar el ánimo y cultivar la esperanza, aunque con los ojos bien abiertos. El Catecismo de la Iglesia Católica, en su número 395, nos habla precisamente del poder de Satán, que para tantos es simple invención:

“… el poder de Satán no es infinito. No es más que una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre criatura: no puede impedir la edificación del Reino de Dios. Aunque Satán actúe en el mundo por odio contra Dios y su Reino en Jesucristo, y aunque su acción cause graves daños —de naturaleza espiritual e indirectamente incluso de naturaleza física—en cada hombre y en la sociedad, esta acción es permitida por la divina providencia que con fuerza y dulzura dirige la historia del hombre y del mundo. El que Dios permita la actividad diabólica es un gran misterio, pero ‘nosotros sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman’ (Epístola a los Romanos 8,28)”.

Pero no concluyo aquí porque quiero agregar mi post scriptum, latinazgo que significa “después de lo escrito”:

Post scriptum: Tuve que escribir esta columna dos veces.

Aunque tengo experiencia en “grabar” y “guardar”, y me manejo en el computador, la primera versión -era casi idéntica a ésta-, desapareció completamente de mi software y me temo que sé por qué. Más bien, lo tengo claro. Pero no me importa: la escribí de nuevo.

Lillian Calm

Periodista

TEMAS Y NOTICIAS, 21-11-2019

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Humor

El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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