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El acuerdo

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«Si alcanzamos una nueva Constitución será hecha del modo que el pueblo resuelva, escrita por representantes del pueblo, y ratificada por el pueblo. Quien diga que es tramposa o ilegítima no tendrá audiencia», advierte Jorge Correa Sutil

Ayer, de madrugada, los políticos, los que llevan resistiendo burlas e insultos hace años, los que estaban silenciosos, achunchados o peleando entre ellos desde el estallido social, sintiendo la profundidad de la crisis y el peso del mandato popular en sus hombros, se hicieron responsables y prendieron una luz de esperanza.

No se acabarán las marchas ni subirán las pensiones, pero los políticos recobraron autoridad e hicieron suyo que el único acuerdo bueno es el que se alcanza.

Constitucionalmente pasó bien poco. El Congreso, desde siempre, ha podido escribir una nueva Constitución por acuerdo de 2/3 y ahora es el mismo número. Políticamente cambió mucho. Todos se comprometieron con el país a escribir una nueva Constitución si el pueblo así lo decide y del modo que el pueblo decida. La única condición es que sea la Constitución de todos, o al menos de 2/3. Si no se verifica ese acuerdo, no habrá nueva Constitución. La negociación adentro de la constituyente va a ser dura, ruda. Pero hay un incentivo muy fuerte para alcanzar esos 2/3: los que no sumen serán los responsables de que todo se caiga y deberán responderle al país. Por eso, me parece que la peor cláusula del acuerdo son las inhabilidades de los constituyentes después de su labor. A los constituyentes tiene que írseles su futuro en alcanzar el acuerdo.

Las constituciones son importantes por muchas razones, pero sobre todo, lo son porque establecen quién y cómo se resuelven los desacuerdos, sean estos en pensiones, en salud, en educación, en derechos reproductivos y en tantos otros en que polemizamos. La peor Constitución es aquella que, cuando alguien la invoca y resuelve, el que perdió contesta que lo hizo porque una Constitución ilegítima, impuesta y tramposa se lo permitió. Eso nos estaba pasando. Ya no vale la pena discutir si las críticas eran o no justas.

Si, en cambio, alcanzamos una nueva Constitución —es una esperanza, no una certeza— será hecha del modo que el pueblo resuelva, escrita por representantes del pueblo, en cualquiera de las dos fórmulas y ratificada por el pueblo. Quien diga que es tramposa o ilegítima no tendrá audiencia. Eso le pasará al Partido Comunista si sigue diciendo que el acuerdo es ilegítimo. Si lo es, no deben votar en el plebiscito ni presentar candidatos a la constituyente.

Por eso, tener una Constitución aceptada sería una gran noticia para la democracia. Cuando las diferencias se resuelven por quienes acordamos que debían resolverlas, tirar piedras o siquiera tomarse una calle sin permiso, porque no nos gusta lo resuelto deja de ser un derecho y pasa a ser un atentado contra la igual dignidad de todos, que ya resolvimos el modo de zanjar nuestras diferencias. En democracia, los problemas se resuelven deliberando y luego contando las cabezas. Al que no le gusta el resultado, debe convencer a sus semejantes y esperar las próximas elecciones. Ninguna cabeza vale más que la otra. Cuando la democracia tiene legitimidad social, agarra mucha autoridad. La nuestra estaba flaca.

La flacura es especialmente aguda entre los jóvenes. Han practicado la democracia de asamblea, con voceros rotativos y tomas que consideran un derecho. Ayer, los del Frente Amplio, que tenían votos populares, entendieron su legitimidad y firmaron el acuerdo. Sus bases los pifiarán. Deberán explicar que los que sacan votos tienen autoridad, responsabilidad y derechos, porque representan legítimamente al pueblo. ¿Quién ganará ese debate? Esa contienda cultural es la más importante. Espero, por el bien de la democracia, que lo ganen los que firmaron. Las asambleas de todos son una gran forma de democracia entre grupos pequeños, pero se necesita la representativa cuando son muchas las cabezas.

Partimos una navegación por mares inciertos y crispados. Quien lo niegue, hace propaganda, no análisis. Pero ayer vi un lienzo blanco en la Plaza Baquedano, vi carabineros de a pie y con quepis dirigiendo el tránsito, vi tiendas abiertas hasta más tarde en el centro, ayer el Metro anunció que abrirá nuevas estaciones, el dólar bajó y se anunció la reanudación del campeonato de futbol. Nadie arregla los vidrios en medio del terremoto. Haber dejado el barco inerme, en la orilla, para no enfrentar la tormenta, era arriesgar que encallara. ¿Va a hundirse igual si navega por mar gruesa? Nadie lo sabe, pero hay esperanzas de entendernos con razones y no en el combate de los balines contra las molotov. Hay esperanzas, y, al menos yo, manifiesto mis agradecimientos a los políticos de todos los partidos que ayer prendieron esa luz de esperanza. El país espera de ellos muchos otros acuerdos; descansen que el lunes habrá mucha pega.

Columna de Jorge Correa Sutil. EL MERCURIO, 16-11-2019

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Humor

El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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