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Chile, la elección

Chile, la elección

Chile, la elección

Reproducimos el artículo  del columnista del diario Excelsior, de México, Raúl Contreras Bustamente. Nos pareció interesante ver cómo analizan  desde afuera la situación del país.

Otra página que demuestra el fracaso del Neoliberalismo es, sin duda, la crisis política y social que está viviendo Chile, nuestro país hermano. Desde que tomó el poder Pinochet se implementó un modelo económico –diseñado por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial–que privilegia a plenitud el libre funcionamiento del mercado y fomenta la poca participación del Estado.

El modelo chileno se desarrolló con un éxito aparente y, hasta hace poco, estaba cerca de ser considerado como un país desarrollado –las cifras parecían indicar que era sólo cuestión de tiempo– y se ponía como ejemplo a seguir en la región.

Los indicadores varían, pero el que proporciona las cifras menos alentadoras señala que en 2018 Chile tuvo un crecimiento económico del 4 por ciento y un ingreso per cápita de casi 16 mil dorales, en comparación con los 9 mil dólares que en promedio obtuvo América Latina y el Caribe para el mismo periodo de tiempo.

En materia de reducción de la pobreza –entre el año 2000 y 2017– se lograron avances espectaculares: del 31 por ciento al 6.4 por ciento, con lo que se hacía pensar al mundo que el milagro chileno podría ser una realidad. 

Sin embargo, una chispa hizo explotar las cifras macroeconómicas y mostrar la verdadera cara de la situación. El gobierno chileno dio a conocer la noticia de un alza en el precio del pasaje del metro, que de inmediato generó la protesta de estudiantes que se volcaron a las calles y que degeneró en violencia, anarquía, saqueos y destrucción grave de las instalaciones de ese transporte público ejemplar.

Las tumultuosas protestas provocaron tal caos que el gobierno declaró estado de emergencia, movilizando a policías y militares a fin de controlar a los manifestantes. Esto incitó aún más la furia de la ciudadanía y se manifestó en la marcha más grande en la historia de ese país que reunió a más de un millón de personas en las calles de Santiago.

El gobierno de Sebastián Piñera anunció una serie de medidas sociales, subsidios, reconsideración al alza de tarifas y demás promesas, que al parecer no serán suficientes y amenazan con propiciar la caída de su régimen.

Al igual que el resto de América Latina, Chile es un país de marcados contrastes económicos. Según datos ofrecidos por el informe Panorama Social de América Latina, elaborado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, el 1 por ciento de la población concentra el 26 por ciento del capital nacional, mientras que el 50 por ciento de los hogares tiene acceso a sólo el 2 por ciento de la riqueza neta del país.

En materia de salud los precios de los medicamentos son elevados y dado que su sistema no cubre muchas enfermedades, más del 20 por ciento de la población usa la medicina privada.

En el tema educativo, si bien se ofrece un programa que subsidia a los más pobres, lo cierto es que la gran mayoría de los estudiantes paga por inscribirse y matricularse en las universidades y se ven obligados a adquirir créditos que, con el tiempo, se vuelven deudas onerosas.

La lección que Chile nos deja es que los indicadores macroeconómicos no son suficientes para considerar el verdadero desarrollo de una nación. La excesiva concentración de la riqueza, la pobreza extrema, los malos servicios de salud, las pensiones injustas y otros aspectos más, son un caldo de cultivo que puede generar que una sociedad aletargada y pasiva pueda despertar en un instante.

Como Corolario, las palabras del poeta inglés Lord Byron: Apenas son suficientes mil años para formar un Estado; pero puede bastar una hora para reducirlo a polvo.

 Columna de Raúl Contreras Bustamante.

EXCELSIOR, México, 02-11-2019

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El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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