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Tres cuentos de Guy de Maupassant

Tres cuentos de Guy de Maupassant

Tres cuentos de Guy de Maupassant
octubre 31

La reunión en el volumen titulado El placer de tres cuentos de Guy de Maupassant (1850-1893) –La máscara, La casa Tellier y La modelo- es, sin duda, una deuda y un homenaje al cineasta francés Max Ophüls, quien los agrupó por ese orden en Le plaisir, su gran película de episodios de 1952, una de las mejores de su sobresaliente filmografía.

Como era costumbre en la época, el naturalista Maupassant, amigo y discípulo de Flaubert y Zola, publicó primero separadamente esos tres cuentos –que ahora edita Periférica, con traducción de Manuel Arranz– en periódicos y revistas y, más tarde, los reunió en sendas colecciones de cuentos: La maison Tellier (1881), Le Rosier de Madame Husson (1888, La modelo) y L’Inutil Beauté (1890, La máscara). Maupassant publicó diecisiete libros de relatos, alcanzando como cuentista una influencia duradera y un inextinguible prestigio como maestro del género, perdurando su narrativa breve por encima de sus seis novelas, alguna ya tan canonizada como Bel-Ami (1885).

En España, como suele suceder en otros países y con otros autores, los cuentos de Maupassant nos han ido llegando antologados por temas o en razón de la importancia concedida por los editores, es decir, generalmente al margen de su agrupamiento original.

Es preciso citar aquí una obra magna como es la edición de Cuentos completos (2011) de Páginas de Espuma, dos volúmenes que contienen los trescientos cuentos del autor y alrededor de tres mil páginas en total. Mauro Armiño tradujo para la ocasión los cuentos y editó esta obra excepcional, elaborando igualmente un amplio estudio introductorio, una detallada cronología biobibliográfica del autor y, entre otros textos, una completísima relación de sus innumerables adaptaciones al teatro y al cine.

En esta extraordinaria obra, Armiño hace una clasificación de toda la narrativa breve de Maupassant por campos temáticos, estableciendo alrededor de cincuenta apartados. En consecuencia con la frenética vida sentimental y sexual del escritor francés –fallecido por sífilis y con sus facultades mentales muy alteradas a los 43 años-, no es de extrañar que la clasificación de Armiño acoja epígrafes argumentales como el adulterio, el amor, los celos, el divorcio, la familia, los hijos, la impotencia, el incesto, el libertinaje, el matrimonio, la prostitución o, entre otros, la violación, bien entendido que las mujeres no sólo merecen capítulo propio, sino que son ingrediente troncal de las categorías mencionadas y también de muchas otras.

En esa clasificación, inevitablemente abierta a la transversalidad, Armiño sitúa La máscara en el apartado del “Hombre viejo”; La casa Tellier, en la “Prostitución”, y La modelo, en el “Matrimonio”. Los personajes femeninos son nucleares en los tres cuentos –notoriamente, sólo sea atendiendo a la cantidad, en el segundo- y el amor y sus terribles infortunios son cruciales en el primero y en el tercero, cuento este último en el que, por boca de un personaje -¿representa literalmente al autor?- se vierte un virulento, misógino, descalificador y generalizador juicio sobre el comportamiento de las mujeres, mientras la historia se asoma al género del horror.

La máscara (no desvelaré la trama) contempla el sufrimiento y el sometimiento de una anciana enamorada, que ha aceptado las infidelidades de su pareja y sufre con la patética resistencia de él ante el inexorable envejecimiento. En La modelo se observa con crueldad la quiebra de la desigual relación entre un pintor y su joven musa inspiradora, que da lugar a una situación extrema y trágica.

La casa Tellier -uno de los más populares cuentos de Maupassant junto a Bola de sebo (1880), que le hizo célebre- obedece a otro registro. Una madame y sus cinco prostitutas interrumpen la actividad de su negocio para acudir a celebrar la primera comunión de una sobrinita de la dueña en un pequeño pueblo normando, donde todos quedan prendados de la inocencia y devoción de las chicas. Tanto la vida del prostíbulo –con todas las fuerzas vivas del lugar como asidua clientela- como la jornada campestre de la comunión parecen estar vistas con exaltante complacencia y alegre idealismo, pero habrá que estar atento a las corrientes subterráneas que la historia contiene.

Como saben los lectores de Maupassant, su adscripción al naturalismo no se compadece –aunque depende de qué imaginario suscite en el lector el concepto de naturalismo- con la fluidez, la desenvoltura, el humor y la agudeza del escritor, muy capaz también, eso sí, de adentrarse en lo sombrío y lo siniestro, gran retratista –y siempre crítico- tanto de las pompas burguesas como de las miserias de los pobres y parias, siempre directo, mordaz, descarado y audaz en sus expresiones y juicios y en su atormentada y pesimista visión de la sociedad y de la vida.

Superdotado retratista de escenas, ambientes y personajes, por fuera y por dentro, en La casa Tellier Maupassant se explaya, casi con técnicas y colores de pintor impresionista, a la hora de describir el paisaje y el paisanaje pueblerino y la jornada de la primera comunión. Pero leamos cómo fija el retrato físico y psicológico de Rosa la Rosse, una de las cinco prostitutas, con destacado papel en el relato: “Rosa la Rosse, una pequeña bola de carne toda barriga, con unas piernas minúsculas, se pasaba el día cantando, con una voz cascada, coplas entre picantes y sentimentales; contaba historias interminables y pueriles, sólo paraba de hablar para comer, y de comer para hablar, siempre moviéndose de un lado a otro, ágil como una ardilla a pesar de su tamaño y sus piececitos; y su risa, una cascada de grititos agudos, estallaba continuamente acá o allá, en una habitación, en el desván, en el café, en todas partes y a propósito de nada”.

Este párrafo contiene en esencia, apretadamente, algo que, más allá de la certera descripción que permite visualizar al personaje a la perfección, concierne al punto de vista general de Maupassant, a la ambivalencia de su visión moral, que parece contener la ternura y la compasión y, al mismo tiempo, un instinto oscuro y despiadado. 

Manuel Hidalgo. EL CULTURAL, España, 24-10-2019

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El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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