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Por qué la “Sinodalidad” es el método de discernimiento en la Iglesia

Por qué la “Sinodalidad” es el método de discernimiento en la Iglesia

Por qué la “Sinodalidad” es el método de discernimiento en la Iglesia

El Apóstol Santiago

El Papa ha reflexionado, durante la audiencia general del 23 de octubre, sobre la “naturaleza de la Iglesia”, según lo que se transmite en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Ofrecemos el texto completo de la catequesis del Santo Padre:

“El libro de los Hechos de los Apóstoles narra que San Pablo, tras aquel encuentro transformador con Jesús, es acogido por la Iglesia de Jerusalén gracias a la mediación de Bernabé y empieza a anunciar a Cristo. Pero, a causa de la hostilidad de algunos, es obligado a trasladarse a Tarso, su ciudad natal, donde Bernabé lo recoge para llevarlo por el largo viaje de la Palabra de Dios. El Libro de los Hechos de los Apóstoles, que estamos comentando en estas catequesis, se puede decir que es el libro del largo viaje de la Palabra de Dios: la Palabra de Dios debe ser anunciada, y anunciada por todas partes. Ese viaje comienza como consecuencia de una fuerte persecución (cfr. Hch 11,19); pero esta, en vez de provocar un revés para la evangelización, se convierte en una oportunidad para extender el campo donde esparcir la buena semilla de la Palabra. Los cristianos no se asustan. Deben huir, pero huyen con la Palabra, y esparcen la Palabra por todas partes.

Pablo y Bernabé llegan primero a Antioquía de Siria, donde se quedan un año entero para enseñar y ayudar a la comunidad a echar raíces (cfr. Hch 11,26). Anunciaban a la comunidad hebrea, a los judíos. Antioquía se convierte así en el centro de propulsión misionera, gracias a la predicación con que los dos evangelizadores ─Pablo y Bernabé─ inciden en los corazones de los creyentes, que aquí, en Antioquía, son llamados por primera vez «cristianos» (cfr. Hch 11,26).

Emerge del Libro de los Hechos la naturaleza de la Iglesia, que no es una fortaleza, sino una tienda capaz de ampliar su espacio (cfr. Is 54,2) y de dar acceso a todos. La Iglesia está “en salida” o no es Iglesia, o está en camino ampliando siempre su espacio para que todos puedan entrar, o no es Iglesia. «Una Iglesia con las puertas abiertas» (Evangelii gaudium, 46), siempre con las puertas abiertas. Cuando veo alguna iglesia aquí, en esta ciudad, o cuando la veía en la otra diócesis de donde vengo, con las puertas cerradas, eso es una mala señal. Las iglesias deben tener siempre las puertas abiertas porque ese es el símbolo de lo que es una Iglesia: siempre abierta. La Iglesia está «llamada a ser siempre la casa abierta del Padre. […] De modo que, si alguno quiere seguir una moción del Espíritu y se acerca buscando a Dios, no se encuentre con la frialdad de una puerta cerrada»(ibíd., 47).

¿Y esa novedad de las puertas abiertas a quién? A los paganos, porque los Apóstoles predicaban a los judíos, pero venían también a llamar a la puerta de la Iglesia los paganos; y esa novedad de las puertas abiertas a los paganos desencadena una controversia muy animada. Algunos judíos afirman la necesidad de hacerse judíos mediante la circuncisión para salvarse, y luego recibir el bautismo. Dicen: «Si no os circuncidáis según la costumbre mosaica no podéis salvaros» (Hch 15,1), o sea no podéis recibir el bautismo. Primero el rito judío y luego el bautismo: esa era su posición. Y para dirimir la cuestión, Pablo y Bernabé consultan al consejo de los Apóstoles y de los ancianos en Jerusalén, y tiene lugar el que se considera el primer concilio de la historia de la Iglesia, el concilio o asamblea de Jerusalén, al que hace referencia Pablo en la Carta a los Gálatas (2,1-10).

Se afronta una cuestión teológica, espiritual y disciplinar muy delicada: la relación entre la fe en Cristo y la observancia de la Ley de Moisés. Decisivos en el curso de la asamblea son los discursos de Pedro y Santiago, «columnas» de la Iglesia-madre (cfr. Hch 15,7-21; Gal 2,9). Invitan a no imponer la circuncisión a los paganos, sino a pedirles solo rechazar la idolatría y todas sus expresiones. De la discusión sale el camino común, y dicha decisión, ratificada con la llamada carta apostólica enviada a Antioquía.

La asamblea de Jerusalén nos ofrece una luz importante sobre los modos para afrontar las divergencias y buscar la «verdad en la caridad» (Ef 4,15). Nos recuerda que el método eclesial para la resolución de los conflictos se basa en el diálogo hecho de escucha atenta y paciente y en el discernimiento hecho a la luz del Espíritu. Es el Espíritu, en efecto, quien ayuda a superar la cerrazón y las tensiones y trabaja en los corazones para que lleguen, en la verdad y en el bien, a la unidad. Este texto nos ayuda a comprender la sinodalidad. Es interesante cómo escriben la Carta: comienzan, los Apóstoles, diciendo: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…”. Es precisamente la sinodalidad, la presencia del Espíritu Santo, si no, no es sinodalidad, es parloteo, parlamento, otra cosa…

Pidamos al Señor que refuerce en todos los cristianos, especialmente en los obispos y presbíteros, el deseo y la responsabilidad de la comunión. Que nos ayude a vivir el diálogo, la escucha y el encuentro con los hermanos en la fe y con los alejados, para gustar y manifestar la fecundidad de la Iglesia, llamada a ser en todo tiempo «madre gozosa» de muchos hijos (cfr. Sal 113,9).”

Llamamiento por Chile

Al final de la audiencia, el Santo Padre se refirió a la situación en nuestro país: “Sigo con preocupación cuanto está sucediendo en Chile. Espero que, poniendo fin a las violentas manifestaciones, a través del diálogo se empleen en encontrar soluciones a la crisis y afrontar las dificultades que la han generado, por el bien de toda la población.”

Fuente: vatican.va / romereports.com.

Traducción de Luis Montoya

ALMUDI, 23-10-2019

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El escritor francés Jean Lorrain, célebre en su época, no podía ver al pintor Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Durante una discusión le gritó:

—¿Usted me toma por imbécil?

—En absoluto, pero puedo equivocarme —le respondió Toulouse-Lautrec.

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Alejandro Dumas, padre, contaba con un equipo de escritores fantasmas que le ayudaban a escribir sus novelas. Sólo así pudo publicar tanto en tan poco tiempo. Se cuenta que un día que se encontraron Dumas padre e hijo, el primero preguntó:

—¿Has leído, hijo, mi última novela?

—No, padre. ¿Y tú?

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